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Esperanza perdida en la frontera

Por Lorena Baires, diario La Opinión, de Los Angeles, California. | 29 de Julio de 2007 a las 00:00
Víctor González se sienta en la sala de su casa e inevitablemente sus ojos se llenan de lágrimas y su delgado cuerpo se encoge. Llegó deportado de Estados Unidos el 28 de junio, sin saber a ciencia cierta la suerte que corrieron su esposa y dos sobrinas que le acompañaban en la travesía. Se trataba de un viaje planificado a principios de 2007, cuando Víctor regresó a El Salvador después de tres años de ausencia, únicamente para llevarse a su esposa Ángela Bermúdez. En ese momento y con mucho dolor, la pareja decidió que su hijo Ariel se quedaría en el país. La familia vive en el cantón La Galera, Departamento de San Vicente, a 58 kilómetros (36 millas) de la capital. Es un pueblo pequeño, donde la mayoría de los jóvenes y adolescentes han migrado en busca de la reunificación familiar. La noticia de ese viaje llegó a oídos de Leticia González, la hermana de Víctor que reside desde hace varios años en Houston, Texas. A través de una llamada telefónica, le pidió a los esposos que le llevaran a sus hijas: Blanca Lilian, de 10 años; Luz Karina, de 12, y Karla Patricia, de 14. A la hija mayor, la idea del viaje le pareció descabellada y prefirió irse a vivir con su novio y mudarse a un cantón cercano a La Galera. Esta decisión "loca", como la califican sus familiares, la salvó de la tragedia que ahora invade a su familia. Con la decisión tomada, los esposos González contactaron al coyote Francisco Arriaza, quien se había hecho de una buena fama por la rapidez y seguridad con que había llevado a otros en La Galera a cumplir el sueño americano. Unos días antes del viaje, Arriaza recibió 12,500 dólares como anticipo de los 24,500 que habían acordado por llevar a los cuatro. Parte del trato era que las niñas y los esposos nunca se separaría en el trayecto y que sería el coyote quien los guiaría hasta Houston. Todo estaba claro, tanto para el coyote como para los migrantes. Pusieron como fecha de partida el 10 de marzo a las 3:00 p.m. Ese día el Barcelona se enfrentaba contra el Real Madrid en el Camp Nou. "Ya no pude ver el partido, porque cuando iba a empezar llegó el coyote a decirnos que ya nos íbamos. Las niñas llevaban unas maletas pequeñas y mi esposa y yo otras más grandes", dice Víctor sentado en la misma sala donde acordó con su esposa viajar. La fama del pollero empezó a desmoronarse horas más tarde de que los González abandonaran la vivienda que habían construido con las remesas que enviaba Víctor desde hacía tres años. Con muy pocas cosas y un sentimiento de miedo, las niñas y sus tíos se subieron a un vehículo de Arriaza que los llevaría del cantón La Galera hacia un centro comercial en el municipio de Antiguo Cuscatlán, al occidente de la capital. Fue en ese momento que la palabra del coyote empezó a perder validez porque las mujeres salieron ese mismo día rumbo a Guatemala, por un punto ciego de la frontera de San Cristóbal. Llegaron a Arenales, un pueblo chapín que lleva hacia el Departamento de Petén. Mientras ellas pasaban la noche en otro país, Víctor seguía en El Salvador. Tuvo que pernoctar en un hotel cercano a la terminal de autobuses que conducen al occidente del país. "A mí me pareció extraño que nos separaran, porque ya lo habíamos hablado. Pero el coyote me dijo que me tranquilizara, que las encontraríamos más adelante", relata Víctor. Efectivamente así fue, al día siguiente se reunió con su mujer y sus sobrinas. La confianza parecía recuperarse, pero de nuevo todo se volvió extraño cuando los González tuvieron que abordar un autobús hacia el municipio de Santa Elena, en Petén. El coyote no les había hablado de viajar en autobús, sino en carro; pero como en un sube y baja, pronto se subieron a un automóvil que los trasladó hacia El Naranjo, un pueblo cerca de la frontera con México. Pasaron la noche en un hotel pequeño. La comida no faltaba y las niñas estaban bien. Aún no se habían comunicado, ni con los familiares en El Salvador ni con los que vivían en Houston. El 12 de marzo la pasaron en un vivienda grande, donde les acompañaban más viajeros. Hasta ahí las cosas estaban bien, con algunas irregularidades, pero bien. La preocupación les invadió cuando pasaron ocho días y el coyote no los sacaba de El Naranjo. Inevitablemente, Víctor se angustiaba. "Cuando viajé la primera vez me tardé sólo ocho días, fue todo bien rápido y sin problemas. Esta vez, las cosas no salían como yo lo espera ni como el coyote nos había dicho". Según Víctor, el problema era que Arriaza no llegaba a un acuerdo monetario con sus contactos en México, porque no les quería pagar lo que en ese país le pedían. Y para variar, tuvieron que regresarse de El Naranjo a Santa Elena y de Santa Elena a otro pueblo fronterizo llamado Bethel, donde el coyote contactaría con otros colegas mexicanos. Las cosas ya se habían complicado demasiado y, a pesar de que seguían juntos, no avanzaban tal como les habían prometido. A cinco días de haber llegado a Beth-el, se subieron a un autobús que llevó a El Corozal, otro sitio en la frontera con México, y de allí al municipio de Palenque, en el estado de Tabasco. Víctor admite que los cuatro ya estaban desesperándose y las menores preguntaban dónde estaban y cuándo verían a su madre, que era el motivo por el que viajaban. Pero estando en Palenque, los coyotes informaron a los González que no podían avanzar más porque habían matado a unos agentes federales. La policía estaba dispersa por el pueblo y en busca de culpables. La cacería se extendió a los hoteles del pueblo y estaban dispuestos a encontrar a los asesinos. Los coyotes decidieron volver a Bethel para evitar riesgos. Todo iba de mal en peor, y en lugar de avanzar, retrocedían. De Bethel, donde pasaron seis días, regresaron a Santa Elena. Era la primera semana de abril y llevaban 24 días de viaje de regreso. El 4 de abril fue la última vez que las niñas hablaron con su madre. "Recuerdo que mi hermana les preguntó si estaban comiendo bien. La verdad es que la comida nunca faltaba, aunque sólo eran papas con otras cosas, pero nunca dejamos de comer", recuerda el salvadoreño. De Santa Elena viajaron a El Ceibo, otro pueblo fronterizo con Tenosique, México. Esa noche, en un pequeño hotel, fue la última vez que Víctor vio con vida a su esposa y sus sobrinas. No se despidió, no dijo nada, simplemente las abrazó. La separación se dio con la llegada de dos mexicanos, quienes serían los que llevarían a las mujeres hasta Veracruz. Aunque Víctor protestó, la ley de los traficantes se impuso. La orden fue deshacerse de todo tipo de documentos, pero Víctor los desoyó y envió los papeles de regreso a El Salvador. Sólo acomodó los certificados de nacimiento de las niñas en la suela de los zapatos de cada una. A las mujeres se les unió otra salvadoreña, María P., quien viajaría con ellas hasta el final. Antes de separarse, la mujer le dio dos números telefónicos a Víctor: uno en El Salvador y otro del lugar en Estados Unidos a donde llegaría. Mientras ellas avanzaron supuestamente en una camioneta hacia Veracruz, Víctor permaneció en El Ceibo por varios días. En uno de tantos, logró hablar con su mujer. Ella le contó que estaban en un lugar llamado Acayucan. Sería la última vez que hablarían. Entrada la Semana Santa, el lunes, el salvadoreño fue trasladado a Tenosique. El martes fue obligado a abordar el tren, como lo hacen miles de inmigrantes que no cuentan con recursos para viajar más cómodos. No era lo que le habían prometido, la rabia lo invadía; pero aun así se subió un miércoles. Al tercer día llegó al mismo pueblo donde supuestamente había estado su esposa Ángela: Acayucan. Víctor esperaba el reencuentro. Sin embargo, tres días antes de que llegara, las mujeres habrían sido movidas a Tampico, en el estado de Tamaulipas. El salvadoreño se comunicó con el coyote que llevaba a sus parientes. La respuesta, después de un fuerte reclamo por la separación, fue que ellas ya iban de camino a Reynosa, en Nuevo León, para pasarlas a Estados Unidos. Unos días después, Víctor tomaría la misma ruta que habrían llevado a Ángela y las niñas, hacia Reynosa. El coyote tenía aspecto de una persona mayor y, según las averiguaciones personales de Víctor, sería quien pasó a sus parientes. Pero cuando se lo preguntó, el hombre lo negó y le dijo que eran tantos los guías que cualquiera las habría pasado. Víctor logró cruzar la frontera y llegó a Laredo. Luego de una extenuante caminata de 16 horas y 70 kilómetros (43 millas) se internaron en un pueblo estadounidense llamado Rivera. Caminaban por la carretera que une a Laredo con San Antonio, Texas, y se guiaban por los postes del tendido eléctrico, que conducen hacia el norte. A pocos metros para entrar a Houston, Víctor despertó del "sueño americano" cuando unos hombres intentaron secuestrarlos. Asegura que una camioneta les cortó el paso y aunque el guía quiso evadirlos, los delincuentes los cercaron con una ráfaga. Una de las balas rozó su pantalón. Era el 17 de abril por la mañana y lo único que este salvadoreño pudo hacer para salvar su vida fue meterse en un tienda comercial. La encargada llamó a la policía y Víctor fue detenido por los agentes de inmigración. Pronto lo llevaron a un centro de detención para migrantes. Allí se enteró que su esposa y sobrinas no habían llegado. Dos meses después era deportado hacia El Salvador. "Fue una suerte que cuando busqué en mi pantalón encontré el número de teléfono de la salvadoreña que viajaba con mi esposa y le llamé. No podía creer lo que me dijo". Según el relato de la mujer, las González también tuvieron que caminar por horas en el desierto; pero no soportaron la travesía. Le aseguró que las tres habrían muerto deshidratadas en medio de la arena. Nadie pudo asistirlas. María P. dijo a Víctor que era la primera persona a la que le había confesado la tragedia, porque los coyotes la habían amenazado. Muchas personas mueren en el desierto y los traficantes de personas no detienen su marcha por ellos. Ahora y desde El Salvador, este hombre no sabe cómo responder a su hermana por el paradero de las menores. No tiene idea si lo que dice María P. es cierto o si aún se encuentran perdidas. Si fueron violadas o están siendo explotadas sexualmente. Miles de especulaciones caben su mente. La madre de Leticia, Francisca Ayala, está triste. En la humilde vivienda a la orilla de la carretera que lleva a San Miguel, esta mujer se sienta a pensar dónde podrán estar sus nietas. ¿Por qué el coyote falló con ellos en llevarlos, si tenía tan buena "fama" y muchos daban fe de eso? Las esperanzas se desvanecen cada día y sólo alberga la posibilidad de que las autoridades mexicanas puedan encontrar los restos de las tres mujeres que soñaban con una vida mejor en tierras estadounidenses.

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