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Inmigrantes van a trabajar y son víctimas de la injusticia

Por Padre Charles Lienert, Especial para El Centinela, Portland, Oregon. | 30 de Julio de 2007 a las 00:00
Debido a la redada de las autoridades migratorias en la empresa Del Monte, a mediados del mes de junio, nosotros hemos echado de menos a un gran número de feligreses en la misa en español de los domingos. Ellos no fueron detenidos en la redada que ha sido noticia, pero tienen mucho miedo de dejar sus casas. Algunos llamaron para preguntar, si era seguro asistir a la iglesia. Hubo rumores de que las autoridades estaban requisando a la gente en los buses de servicio público y que delegados del ICE podrían parar a la gente que llegara a nuestra parroquia de San Andrés. Las personas arrestadas y sus familias están devastadas. Nosotros visitamos una mujer que fue detenida en las redadas y dejada en libertad porque tiene una hija pequeña. Ella ahora lleva una tobillera electrónica y no se le permite dejar su casa después de las 6 p.m. A ella se le ha prohibido trabajar y no tiene ahorros para cubrir sus gastos pues producía sólo lo suficiente para vivir cada día. Ella necesitaba comida para su hija y para cubrir las otras necesidades básicas de la vida diaria. Cuando la visitamos ella estaba muy preocupada por el pago de sus cuentas, especialmente la parte de la renta del apartamento que comparte con otro familiar. Las autoridades migratorias le dijeron que debe esperar visitas inesperadas por parte de ellos, y esto la tiene asustada y preocupada, pues si alguien la visita en su apartamento y no tiene papeles, estaría en peligro al visitarla si las autoridades migratorias aparecen. Ella no tiene dinero para contratar un abogado, y no se le dará uno, pues no tiene derecho a uno en la corte por su caso relacionado con las leyes migratorias. Su situación es similar a la de muchos otros que fueron liberados por "razones humanitarias". Alguien dejó un mensaje telefónico esta semana condenando a la parroquia por apoyar a "criminales y transgresores de la ley". Muchas personas sinceramente piensan de esa manera. Yo me he preguntado cuántas personas indocumentadas ellos conocen y cuántas de sus historias han escuchado. Yo encuentro difícil de creer que ellos entiendan lo difícil que es venir a este país legalmente, y las causas subyacentes que obligan a tantas personas a asumir el riesgo de cruzar nuestras fronteras sin documentos. Es extremadamente difícil para los extranjeros el obtener sus documentos legales, incluso cuando ellos califican. Esto es particularmente cierto, desde el 11 de septiembre y la guerra contra el terrorismo. Una mujer de nuestra parroquia nacida en los Estados Unidos se casó con un hombre mexicano hace dos años. A ellos se les aseguró que sólo les llevaría seis meses para que sus papeles estuvieran claros frente a las normas migratorias. Él todavía sigue en México y no puede obtener ninguna información con respecto al tiempo que su proceso de legalización tomará. Otra persona que conozco ha venido esperando por casi diez años para que su aplicación sea procesada. Sus padres y todos sus hermanos son residentes legales. Yo hablé recientemente con un hombre de Guatemala. Sus padres habían dejado su país debido al miedo de perder sus vidas durante una de las agitaciones políticas. Ellos lo dejaron a él y a su hermana pequeña con sus abuelos porque eran muy jóvenes para llevarlos a su lado. Cuando él tenía 15 años, junto con su hermana pequeña viajaron a través de México y a lo largo de la frontera de los Estados Unidos para reunirse con sus padres. Aun cuando sus padres son residentes legales, ha venido esperando por años para que su aplicación sea aprobada. La mayoría de las personas vienen a este país por la misma razón, que los inmigrantes voluntarios siempre han venido a los Estados Unidos: para tener una vida mejor y ayudar a sus familias. Algunos vienen escapando de la opresión política, la mayoría por la pobreza. Parece claro que para muchas de las personas en los países pobres, las políticas económicas internacionales han incrementado la dificultad de lograr el sustento en sus propios países. Si usted conoce personas detenidas en la redada de Del Monte, usted no verá criminales, sino personas pobres y trabajadoras tratando de sobrevivir.

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