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La migración merece cauces legales

Por Mauricio Farah Gebara, agencia Notimex. Desde Ciudad de México. | 5 de Agosto de 2007 a las 00:00
Por mucho que se necesitara de empleo, nadie iría a Estados Unidos en busca de trabajo si se supiera que los que se fueron antes no lo obtuvieron. Y los empleadores, es evidente, no contratan a los inmigrantes por un acto generoso, sino porque los necesitan. La migración, pues, es un satisfactor de dos necesidades complementarias: la del que busca trabajo y la del que requiere trabajadores. Cuando se escribe esto, hay una sensación de estar diciendo lo obvio. Pero hay que insistir en ello porque lo obvio parece no serlo. Más de una década de medidas antiinmigrantes, de contención creciente, de persecución y de arbitrariedades, pone en evidencia que Estados Unidos no reconoce, o no quiere reconocerlo públicamente, que los migrantes subsanan una notoria carencia de mano de obra, especialmente en trabajos que sus nacionales no quieren realizar. Si no tienen a los trabajadores que necesitan, sería natural que impulsaran las reformas adecuadas para que los nacionales de otros países pudieran inmigrar legalmente a fin de cubrir esas fuentes de empleo. Pero no lo hacen, a pesar de la abundante difusión con la que anuncian que emprenderán una reforma migratoria. Hasta ahora, todos los intentos han sido suspendidos. Y lo único que prevalece son las medidas para aumentar la vigilancia en la frontera. Si bien los proyectos de reforma han incluido al menos tres vertientes: contención, regularización y programa de trabajadores temporales, sólo se avanza en las acciones de contención. Lo demás queda para después, para algún día. Para nunca, dirán los más radicales. Recientemente se aprobaron 3 mil millones de dólares para la construcción de más muros fronterizos. Es un muro para contener a los que necesitan. Si los necesitan, no se requiere de muros, sino de puentes. Puentes legales que hagan que los trabajadores y los empleadores se encuentren a la luz de la ley, sin temores ni riesgos, y con la salvaguarda de sus respectivos derechos. Pero Estados Unidos ha resuelto hasta ahora que la combinación de necesidad de empleo y de necesidad de trabajadores sea llevada al terreno de lo clandestino. Si un mexicano quiere empleo en Estados Unidos, o si un empleador estadounidense requiere a un trabajador mexicano, que ambos se encuentren en las sombras. Ni tú dices, ni yo digo. Tal es el acuerdo, el cual, aunque parece equitativo en la penumbra, en realidad siempre pondrá al trabajador en desventaja, puesto que es el más interesado en que prevalezca el secreto. Esta situación lo conduce a la dependencia, al miedo e incluso a la gratitud hacia un empleador que le paga menos de lo justo, pero que tiene la gentileza de no reportarlo a las autoridades. Los muros no detendrán a los migrantes, y no lo harán porque las dos necesidades que cubre la migración persisten. Para saber lo que sucederá no es preciso recurrir a la imaginación ni a la especulación, porque lo que ocurrirá puede verse en el pasado y en el presente: los migrantes buscarán zonas más solitarias, de mayor riesgo, y muchos de ellos perderán la vida o padecerán para siempre las secuelas de la aventura después de beber agua contaminada o de no recuperarse jamás de los estragos de la deshidratación, la insolación o la hipotermia. A través del secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales, el gobierno mexicano ha señalado la posibilidad de que México recurra a la Corte Internacional de Justicia de la Haya para impedir la edificación del muro, debido a los riesgos que éste implica para la fauna de la región, así como la construcción de un canal impermeabilizado que impediría el escurrimiento y filtración de alrededor de 72 millones de metros cúbicos de agua hacia México. Es innegable la necesidad de alertar sobre las consecuencias ecológicas de las construcciones fronterizas de Estados Unidos, como lo es la conveniencia de prepararse para una eventual presentación del caso en La Haya, pero es imposible no extrañarse de que al gobierno mexicano le importe tanto la fauna y no haya ningún señalamiento respecto de la muerte de alrededor de 500 mexicanos cada año en la frontera. Tratándose de recursos naturales, parece fácil entender que la medida soberana de Estados Unidos de construir un muro tendrá consecuencias regionales y no sólo locales, por lo que México asume su derecho a inconformarse. Curiosamente, tratándose de seres humanos, el gobierno no parece tan lúcido y prefiere optar por el silencio. El muro es un tema, pero el tema es el fenómeno migratorio y cómo resolverlo mediante el orden, la legalidad, la transparencia. Y cómo extraerlo de la clandestinidad y el sufrimiento.

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