Escúchenos en línea

Un pueblo de Florida se cierra a los ilegales

None | 24 de Julio de 2006 a las 00:00
En una temporada normal de cosecha de naranjas, este apacible pueblo del centro de la Florida debe recibir alrededor de 7,000 jornaleros mexicanos. Sin embargo, cuando la próxima cosecha comience en noviembre, puede que no vaya ni uno. Todo esto porque el alcalde de la ciudad, Tom Macklin, quiere prohibir que en su comarca se dé trabajo o se alquile una habitación a inmigrantes ilegales, y lo ha incluido en una controversial ordenanza que obliga, además, a usar únicamente el inglés en la alcaldía y en toda la documentación relacionada con la vida institucional de Avon Park. Macklin, cuya propuesta fue aprobada en primera lectura por votación de 3-2 el 24 de junio pasado, afirma que decidió presentar la ordenanza tras escuchar un programa de radio donde, aparentemente, recibió inspiración casi divina. ''Estaba escuchando al alcalde Lou Barletta [de la ciudad de Hazleton, en Pennsylvania] hablar de los problemas que los ilegales causan en su ciudad. Fue como si hubiera estado escuchando a Dios; me di cuenta de que en Avon Park tenemos el mismo problema y debemos enfrentarlo así'', dijo esta semana Macklin a El Nuevo Herald, en el parqueo de la alcaldía de la ciudad, impecablemente vestido con un traje blanco que contrastaba con la negritud del asfalto. Barletta logró que se aprobara esta semana una ordenanza que prohíbe también la contratación, el alquiler de apartamentos e, incluso, la prestación de servicios médicos a los inmigrantes ilegales. Avon Park cuenta con 8,800 habitantes, la mayoría de ellos retirados que viven de la agricultura y los servicios. En sus tiempos de gloria fue sede de uno de los mayores recintos de entrenamiento de la fuerza aérea y sede de las prácticas de invierno de los New York Yankees. Pero ahora, todo eso es cosa del pasado y el pueblo se ha convertido en un punto de concentración de un gran número de jornaleros mexicanos así como otros inmigrantes ilegales de Haití y Jamaica, lo cual, en opinión de Macklin, ha contribuido a la destrucción de las calles y los barrios y amenaza la seguridad de la región. En este aspecto, la filosofía fundamental del alcalde y sus seguidores es que el gobierno federal se ha vuelto profundamente incapaz para lidiar con la inmigración ilegal y ahora le cabe a los gobiernos locales, a las comunidades, tomar la justicia en sus manos, aprobando ordenanzas y leyes como la que Macklin busca. ''Este país sufre una invasión diaria de miles de mexicanos que vienen aquí a ocupar nuestras tierras, nuestros trabajos y a meterse con nosotros. No creo que sea un gran problema que yo quiera cuidar a mi comunidad'', dijo John Koch, un vendedor en una tienda de antigüedades en el downtown de Avon Park. Para el alcalde, los inmigrantes ilegales son sencillamente una fuente de problemas y, por ende, deben desaparecer. ''Esta gente es un peligro para esta comunidad. Se incrementa el crimen, no pagan impuestos, no se integran a la sociedad, viven todos juntos. A veces son 20 o 30 en una misma casa, y nosotros aquí tenemos ordenanzas de zonificación muy estrictas'', señaló el mandatario locas. Con relación al idioma, Macklin cree que hace falta ''armonizar'' las relaciones entre las personas. ''El inglés es nuestro idioma, es el idioma del gobierno y no quiero a nadie hablando otro idioma que no sea el inglés en mi alcaldía'', explicó. Tanto la aprobación en primera lectura de la ordenanza, llamada Acta de Reducción de la Inmigración Ilegal, como los intercambios de palabras que han tenido lugar en los diversos niveles de gobierno de la ciudad, son seguidos muy de cerca por la población. En consecuencia, en Avon Park se ha impuesto un silencio sepulcral por parte de los pocos hispanos que se han quedado. ''Aquí nadie nos defiende'', susurró un trabajador mexicano, abordado por El Nuevo Herald en el interior de la Taquería Merlo, situado a pocas cuadras de la alcaldía de la ciudad y donde las pretensiones del alcalde son motivo de discusión entre todos, aunque no siempre es bienvenida la intromisión de los forasteros. Mucha gente a quien se le preguntó qué pensaba de todo el problema, no contestó. Muy pocos se atrevieron, y los que lo hicieron terminaron moderando sus palabras. Es el caso de María Palacios, dependiente en la Taquería Merlo. ''Esto es de una injusticia enorme, porque estas personas tienen trabajo aquí. Nos están discriminando, están intentando ahogar nuestros negocios, y si esto prospera vamos a tener que irnos. Aquí pierde tanto el legal como el ilegal'', dijo Palacios con énfasis. Este posible éxodo es también de preocupación para funcionarios mexicanos. En términos diplomáticos, el área de Avon Park depende del consulado en Orlando, pero fue imposible contactar a alguien allí. En Miami, el cónsul general Jorge Lomónaco confirmó la preocupación. ''Le puedo decir que estoy muy, pero muy preocupado con todo esto. Pero este asunto le compite al consulado en Orlando'', acotó el diplomático. Mañana, la Comisión de Avon Park tomará una decisión al respecto en una audiencia que promete ser concurrida, al menos por parte de los habitantes anglos para quienes la presencia de los ilegales en la ciudad los tiene divididos. ''Estoy totalmente de acuerdo con el alcalde, y le digo que la resolución será aprobada. No es una suposición, es un hecho'', dijo Ron Welber, un empleado de una farmacia. Según el joven, la aplastante mayoría de los habitantes del pueblo está de acuerdo con ''cualquier tipo de medida'' contra el asentamiento de inmigrantes ilegales en la zona. ''Esa gente es muy sucia. Vienen aquí, viven como 60 en una casa, no usan los baños y tiran los papeles sucios por la ventana''. Por ello, ``no están haciendo nada aquí, sino perjudicándonos la vida a todos''. En contrapartida, para el barbero John Hudleston los jornaleros son parte de una enorme legión de clientes a quienes atiende diariamente en la barbería Albritton's Barber Shop, y por eso se opone a la ordenanza, pues le preocupa que la virtual expulsión sumaria de los ilegales del pueblo no solo disminuirá sus ingresos, sino que también le crea un dilema infranqueable. ''Cuando un cliente entra por la puerta y me pide que le corte el pelo, estoy iniciando una transacción comercial con él'', expresó Hudleston. La cuestión es que ''si el alcalde ahora me prohíbe hacer negocios con los ilegales, yo me hundo. Nosotros no podemos pedir a la gente los documentos de inmigración para cortarle el pelo'', añadió el joven barbero. Lo mismo piensa John Barben, heredero de una familia dedicada por décadas a la industria de la naranja y propietario de varias casas que alquila a jornaleros, y por estos días uno de los más furibundos opositores de Macklin. 'Uno de los argumentos del alcalde es que esta gente nos cuesta mucho dinero en salud pública, y yo le pregunto al alcalde dónde diablos están los hospitales en esta ciudad, porque no hay ningún hospital en Avon Park, todos ellos están fuera de sus fronteras', destacó Barben. Según el empresario agrícola, que anualmente contrata a miles de jornaleros, en Estados Unidos hay entre 11 y 12 millones de ilegales, pero ''en la agricultura trabajan apenas 1.2 millones. Todos los demás son posiblemente médicos, enfermeros, ingenieros, cocineros, trabajadores de la construcción, están en todas las profesiones de este país'', agregó Barben. Confrontado con este argumento, el alcalde no le hizo mucho caso. ''Para mí, los ilegales no son siquiera inmigrantes, son sólo ilegales. Un ilegal no tiene derechos, es ilegal'', subrayó Macklin. ¿Y cuáles son los orígenes ancestrales del alcalde de Avon Park? ''Mis antepasados vinieron del País de Gales, pero cuando yo era niño mi abuelo me decía que nosotros somos descendientes de los bárbaros'', contestó con una sonora carcajada.

Rui Ferreira, El Nuevo Herald. Primero de una serie. [email protected]


Descarga la aplicación

en google play en google play