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Un pueblo de Iowa languidece tras las cacerías de ilegales

Por Sharon Cohen, LaVoz.com. Desde Marshalltown, Iowa. | 1 de Septiembre de 2007 a las 00:00
Todo el mundo sabía que estaban allí, haciendo los trabajos más peligrosos e indeseados en la planta empacadora de carne. Habían venido desde lejos, desde las zonas rurales de México. Algunos se hacían los distraídos. Otros trataban de ayudarlos. Hasta que llegaron los agentes de inmigración y el pacto tácito entre los indocumentados y el pueblo de Marshalltown quedó al descubierto. Este pueblo del centro del país fue transformado e incluso rejuvenecido por la inmigración, y es un símbolo de los problemas que enfrentan muchas comunidades al incrementarse las medidas para combatir a los indocumentados. "Uno queda atrapado en el medio", expresó el alcalde Gene Beach. "Debe hacer cumplir las leyes de inmigración a sabiendas de que se trata de familias que intentan mejorar su vida. ¿Cómo se compaginan esas dos cosas? Alguien va a salir perjudicado". En Marshalltown, los que salieron perdiendo podrían ser los empleados de la empacadora detenidos en las redadas. O el técnico de fútbol que se guardaba un secreto. O el detective que no pudo resolver el misterio en torno a la muerte de un mexicano hallado sin vida en una transitada carretera. Mientras los aspirantes a la presidencia recorren Iowa y emiten pronunciamientos de campaña en torno a la inmigración, Marshalltown hace frente a las consecuencias de un problema cuyas raíces están muy lejos. "Si uno tiene una pérdida en el radiador, debe arreglarla antes de que la cosa pase a mayores", declaró el jefe de la policía Lon Walker. "Tenemos una pérdida en la frontera. Y las consecuencias se ven en Marshalltown". Dos veces en los últimos nueve meses, agentes federales hicieron redadas en busca de indocumentados en la principal fuente de empleos de la zona, la planta procesadora de carne de cerdo Swift. Más de 100 personas fueron detenidas como parte de una serie de redadas en toda la nación. Francisco Vargas fue uno de ellos. Dice que fue la segunda vez en que fue arrestado en la planta. La primera, cuando era adolescente. Luego de esa primera detención, volvió a México voluntariamente. Pero regresó a Estados Unidos y a Swift. Ahora, con 29 años y dos hijos, trata de evitar su deportación. "No soy una mala persona", expresó Vargas, sentado en la sala de estar de su casa. "Quiero quedarme por mis hijos. Tienen más futuro aquí. En México no hay nada". El detective Dane Zuercher comprende su desesperación y en cierta forma se solidariza con él. Pero dice que no puede tolerar el que violen las leyes. "Todos queremos mejorar, darle una vida mejor a nuestros hijos. Pero no podemos cometer delitos para lograrlo", sostuvo. Marshalltown se siente asediada por partida doble. Por un lado, no puede ignorar la presencia de indocumentados, las redadas y la cantidad de casos de gente que usa documentos falsos para conseguir trabajo. Por el otro, el pueblo no puede salir adelante sin los inmigrantes. La invasión de latinos que se registra desde hace unos quince años le ha dado nuevos bríos a esta comunidad rural de 26.000 habitantes. En 1990 había algunos cientos de latinos y ahora se calcula que una quinta parte de la población podría ser latina. "Los líderes comunitarios saben perfectamente que este pueblo sufriría mucho sin los refugiados", declaró Mark Grey, profesor de la University of Northern Iowa y experto en inmigración, aludiendo a los inmigrantes. "Pueden añorar los viejos tiempos si quieren, pero los viejos tiempos son historia". Marshalltown todavía tiene una estatua de Benjamin Franklin en la calle principal, celebraciones el 4 de julio, Día de la Independencia, restaurantes tradicionales, un juzgado en un edificio del siglo 19 y otras cosas típicas de los pueblos pequeños de Estados Unidos. Pero también ha incorporado nuevas imágenes y sonidos: hay carteles bilingües en tiendas y bancos, misas en español, estudiantes que asisten a clases en inglés y en español y un festival anual en conmemoración de la herencia latina. No todo el mundo está contento con estos cambios, pero de todos modos no se están tomando medidas represivas como las de otros pueblos, en los que se quiere castigar a la gente que alquile viviendas o contrate a indocumentados. Lo que ha hecho es tratar de comprender por qué viene la gente. El profesor Grey ha organizado varios viajes de líderes comunitarios a Villachuato, el polvoriento pueblo rural mexicano de donde vienen la mayoría de los inmigrantes radicados en Marshalltown. "Quería que viesen las condiciones económicas que empujan a la gente a emigrar", declaró Grey, quien es director del Centro de Iowa para el Liderazgo y la Integración en temas de Inmigración. En Villachuato abundan las casas con pisos de tierra, las calles sin pavimentar y gente desesperada por trabajar. Pero Walker, el jefe policial, descubrió algo más. "Les pregunté cuántos de ellos habían estado en Marshalltown y todos levantaron sus manos. Luego les pregunté cuántos habían ido legalmente, y nadie la levantó", señaló Walker. Nadie sabe cuántos indocumentados hay en el pueblo. Pero está claro que la gente del pueblo ha tratado de ayudar a los inmigrantes a insertarse. Hace algunos años la policía incluso produjo un video en español en el que se explicaban una cantidad de cosas, desde el sonido de las sirenas para alertar sobre tornados hasta las normas de estacionamiento. A medida que fue aumentando la población latina, se diluyeron algunas tensiones raciales que habían surgido. Walker dice que ya casi no recibe llamadas de gente que pregunta "¿Qué vamos a hacer con este problema de los mexicanos?". Todavía, no obstante, hay algunos resquemores. "Si hay una comunidad que es 99% blanca y le agregas un 15 o 20% de otro origen étnico o racial, no puedes esperar que todos queden contentos de la noche a la mañana", afirmó Ken Anderson, presidente de la Cámara de Comercio de Marshalltown. "Hay cierto desasosiego de ambos lados". La primera ola de inmigrantes estuvo compuesta por hombres solteros que fueron contratados por Swift, vivían en residencias atestadas de gente, en calles aisladas y a veces bebían demasiado. Esos inmigrantes son ahora gente con familias y son mucho mejor vistos. Compraron viviendas, tienen a sus hijos en escuelas y abrieron restaurantes, almacenes y otros negocios. Walker dice que todavía hay "cierta desconfianza" hacia la policía entre los inmigrantes. El hecho de que no haya latinos ni nadie que hable en bien español en el departamento de policía no ayuda. Cuando un individuo latino perdió la vida al ser atropellado por un auto el año pasado, su esposa no reportó el incidente y se fue a su casa, dejando el cadáver tendido en el suelo. Ambos eran indocumentados. Zuercher dijo que investigó el incidente a fondo, pero no pudo determinar qué pasó exactamente. El detective afirma que debe lidiar cada vez con más casos de robo de identidad, los cuales toman tiempo y son complejos. Relata que una vez llamó alguien y preguntó cómo puede ser que deba impuestos por ingresos percibidos en Marshalltown si en su vida estuvo en ese pueblo. Otro involucraba a seis o siete personas dispersas por todo el país que usaban el mismo nombre y el mismo número de Seguridad Social (servicio de bienestar social). Los indocumentados, por su parte, tienen otro tipo de preocupaciones. Elizabeth Castellanos, de nueve años, teme que deba irse de Iowa porque su padre podría ser deportado. "Nací aquí. Soy de aquí. No quiero irme a México", expresó. Elizabeth y su madre buscaron ayuda en la iglesia católica de Santa María, que tiene muchos fieles latinos. A esa iglesia acudieron mumerosos familiares de personas que fueron arrestadas en Swift. "La gente se preguntaba, '¿cómo alimentaré a mi familia ahora que el que trabajaba no está, o el empleo desapareció?'", recuerda la hermana Christine Feagan, directora del ministerio latino de la iglesia. "También están los parientes de México que dependían del dinero que enviaban sus familiares". Luego de la redada de diciembre, los agentes federales regresaron en julio y arrestaron a otras cinco personas, incluidos un delegado sindical y un ejecutivo que supuestamente había enseñado a los indocumentados cómo procurarse documentos falsos. Estas no fueron las primeras redadas. Diez años atrás fueron detenidas más de 140 personas en la misma planta por cuestiones de inmigración. En la década que pasó desde entonces, los indocumentados estuvieron a plena vista. Dado que la policía no tiene jurisdicción sobre temas migratorios, "si uno vive y trabaja aquí sin meterse en líos, puede sentirse bastante seguro", dijo Walker. Todo eso cambió en diciembre para Vargas. La redada no lo sorprendió. Pero dijo que no tenía otra salida que ir a la planta, pues necesitaba trabajar para mantener a su familia. Ganaba 13,25 dólares la hora. Sus abogados están tratando de conseguirle un permiso de trabajo en el marco de un programa especial para gente que lleva por lo menos diez años sininterrumpidos viviendo aquí. También están tratando de evitar su deportación, aduciendo que ello le causaría penurias a su familia. "¿Somos realmente el tipo de gente que quiere prohibirles permanecer juntos?", preguntó una de sus abogadas, Megan Lantz, quien hizo notar que la esposa de Vargas, otras empleada de Swift, es una residente legal. Vargas ha vivido aquí la mitad de su existencia. Vino porque tenía parientes y posee una casa en la que él y su esposa quieren criar a sus hijos. Resta por verse si podrán hacerlo.

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