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Argentinas crean en Berlín una gráfica para que mujeres migrantes pidieran por sus derechos

Buenos Aires. Agencias | 8 de Junio de 2017 a las 14:47

Les pedimos: dignidad, igualdad, no discriminación, no abuso, respeto. Son palabras que se llenan de sentido dentro de un afiche como parte de un conjunto de pictogramas que en estos días se ven por carteleras y en los soportes que suelen dedicarse a la publicidad de la ciudad de Buenos Aires. Desde el punto de vista artístico son intervenciones, pero estas conservan una segunda lectura que las hace diferentes. Son pictogramas diseñados por el colectivo Migrantas, que han surgido como resultado del intercambio entre mujeres inmigrantes que adoptaron la ciudad como hogar.

Migrantas nació en Berlín hace casi 15 años, a partir de las experiencias de la artista Marula Di Como y la diseñadora Florencia Young, dos argentinas que emigraron a Alemania luego de la crisis del año 2001. En una iniciativa conjunta del Goethe-Institut, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y el programa TODAS de la Dirección General de la Mujer del Gobierno de la Ciudad, el colectivo realizó un proyecto comunicativo conceptual que constó de tres etapas: talleres en los que las mujeres inmigrantes compartieron sus vivencias, selección colectiva de los pictogramas (diseñados con anterioridad) y la presentación y exposición de dichas ilustraciones, exhibición que se extenderá durante todo el mes de junio.

A diferencia de la intervención en otras ciudades, la de Buenos Aires incluye, además de los pictogramas, globos de diálogo que sirven para acentuar el mensaje y estimular la participación ciudadana al tiempo que permanecen expuestos en el Centro Cultural Recoleta y en el Goethe-Institut.

Aunque éxodos hubo siempre, por varios motivos los que se dan en la actualidad suponen una resignificación del proceso migratorio. Lo mismo sucede con los pictogramas de Di Como y Young, que unen el lenguaje visual por excelencia de un mundo globalizado con la migración y todo lo que ella genera, interna y externamente. Estas expresiones gráficas de historias individuales a la vez que colectivas –porque “todos se identifican con la historia de alguien más”– están ahí para interpelar al transeúnte y hacerlo reflexionar sobre algo que, coinciden artistas e inmigrantes, se encuentra invisibilizado. “Siempre trabajamos en relación con la sociedad. La evaluación desde el otro, el detenerse, leer, ver, reflexionar, todo eso amplía, porque es un proyecto que tiene que ver absolutamente con la comunicación entre la gente de una misma ciudad”, explica Di Como.

De los talleres en Buenos Aires participaron treinta mujeres que no se conocían entre sí. Algunas forman parte de lo que se denomina migración interna, es decir, provienen del interior del país, y otras, de lo que se llama migración externa o internacional, personas que llegaron de otros países. Aunque por distintos motivos, todas decidieron habitar la misma ciudad y participar de las actividades les permitió compartir sus historias, pensar en su condición y trasladar su mensaje a la calle.

Entre ellas estaba Seynabou Sane, una senegalesa que llegó al país hace 17 años y que en diálogo con Ñ confesó que se encontró con una sociedad “totalmente diferente” de la suya. Hoy trabaja como traductora en la Comisión Nacional para los Refugiados (Co.Na.Re.), ayudando a que otros puedan completar sus trámites de migración. Cree que los africanos tienen menos posibilidades que los que llegan de otras naciones, pero que, comparado con los países europeos, Argentina es hoy uno de los más tolerantes a nivel migratorio.

Con su aporte espera que nos abramos y veamos la inmigración de una manera diferente: “Yo vengo a buscar algo que quizás ya vi de lejos (la posibilidad de una vida mejor), pero lo que traigo yo, vos todavía no lo viste. No vengo con las manos vacías, traigo algo que por ahí también te puede servir a vos”.

Mi lugar, mi historia La xenofobia, la xenofilia, la exofobia y la endofobia son las categorías en que se clasifican las reacciones y conflictos que se dan por el contacto y el intercambio cultural entre el que llega y el nativo. Así resulta casi inevitable asociar inmigración con discriminación y/o estereotipos.

“Yo expresé que no me juzguen por mi apariencia, por eso de que ves una persona caminando y no podés juzgarla solamente por lo que ves, por cómo está vestida. Cuando llegué, ver una mujer negra era como ver a una prostituta: en la calle se me acercaban para decirme ¿cuánto cobrás? Y nada en mi andar o en mi manera de mirar dicen que soy una prostituta”, expresa Sane.

Claro que las temáticas, sensaciones y sentimientos representados en los pictogramas varían según la ciudad. En Berlín, por ejemplo, el velo islámico aparece en varios de ellos. Seynabou es musulmana, usa pañuelos que cubren su cabeza pero nunca se sintió discriminada por eso, aunque reconoce que por lo general se les teme a los musulmanes y “ese miedo se debe a que desconocen aquello de lo que hablamos”.

Florencia Gómez vino de Chaco y ya lleva una década y media viviendo en la ciudad. Se acercó a los talleres porque de alguna manera se sintió extranjera en Buenos Aires. “Me daba vergüenza cómo hablaba, muy campesina. Me costó hacer amigas porque sentía que no encajaba, que no tenía la misma forma de ser, yo misma decía ‘no pienso igual, no soy igual, no hablo igual’”. Y agrega: “En Chaco tenemos la costumbre de entrar a un negocio y tocar las cosas. A veces entraba a un negocio acá, tocaba algo y me trataban como a alguien que estaba por robar”.

Por su parte, Patricia Velázquez dejó Ibicuy, en la provincia de Entre Ríos, hace casi 30 años. “Un pueblo que en otro momento fue un puerto muy importante, muy pujante”, la unión entre la Mesopotamia y la provincia de Buenos Aires. “A raíz de la construcción del puente, el progreso nos trajo a nosotros lo contrario, porque se cerró el puerto y decayó el trabajo. Entonces tuve que venirme a Buenos Aires y sobrevivir”. Patricia tuvo que dejar a su hijo, trabajar como “empleada con cama y convivir con gente desconocida”. Se identificó con el pictograma del teléfono “de los de antes, porque pre celular, Internet y Skype, era la forma de estar comunicada con mi familia”.

Al igual que Seynabou, las argentinas subrayan la importancia de abrirse al recién llegado. “Creo que las personas en Buenos Aires están más cerradas. Ven que vienen y no les importa el porqué, pero detrás de cada persona hay una historia, algunas son muy duras y por ahí no se ven”, dice Florencia. Patricia agrega que “abrirse también es una forma de enriquecerse”.

“Hay que tratar de conocer más a fondo: los que tienen una maleta y caminan por la calle no sirven sólo para eso. Es el trabajo más accesible: agarrar una maleta, buscar un lugar en la calle y vender. Muchos de ellos son profesionales, tipos que estudiaron y lo dejaron todo porque pensaron que afuera tendrían más posibilidades”, se lamenta Sane.

En su libro Los límites de la cultura (2011), el antropólogo Alejandro Grimson explica que “Visibilizar nuestras antropologías implica enunciar, en nuestro espacio público, que no podemos permanecer en la ignorancia de la diferencia, en la negación de la multiplicidad de lenguajes corporales, musicales, de formas de imaginación, de estructuras del sentimiento”.

Migrantas busca que la transculturalidad forme parte del paisaje urbano atendiendo con sus pictogramas a la mayor cantidad de voces posibles porque, como observa Sane, “Cuando le abrís la puerta a una persona, la tenés que dejar entrar con todas sus cosas, con su cultura y con su identidad, porque nadie deja sus cosas afuera y entra sin nada”.


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