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Accidentes laborales truncan sueño americano a mexicanos

Excelsior. Desde Ciudad México. | 7 de Enero de 2008 a las 00:00
Cada año, una muerte violenta interrumpe la búsqueda del sueño americano de diez mil mexicanos. Representantes de agencias funerarias de ambos lados del Río Bravo y especialistas coinciden en que los accidentes —principalmente de trabajo— son la principal causa de fallecimiento entre aquellos emigrados que son repatriados. Agustín García, dueño de Funerales García, una de las empresas más grandes del ramo en México, informó que desde hace 15 años ya llegaban muchos cuerpos de mexicanos fallecidos en Estados Unidos, pero sólo hasta hace siete su empresa comenzó a enfocarse en ese nicho de mercado: “Vienen de todos lados, no de una ciudad en particular”, asegura. García estimó que únicamente cinco por ciento de los cuerpos que arriban a este país son de gente que logró la residencia en Estados Unidos y, el resto, es de inmigrantes ilegales con una edad promedio de 30 a 35 años. Ocho de cada diez decesos, calculó, ocurrieron por accidentes, asaltos u homicidios; la otra parte falleció por enfermedades. García comentó que Texas y California son los estados del vecino país de los que salen más cadáveres de compatriotas. De hecho, California suele enviar de cinco mil a siete mil cuerpos en un año, aunque no puede precisar si todos habían fallecido allí. Otra empresa dedicada el mismo giro, Grupo Naser del Distrito Federal, confirmó que ha ampliado sus operaciones a Miami, Florida, Argentina, Colombia, El Salvador y otros países de América Latina. “Esas cifras son confidenciales”, explicó a Excélsior una funcionaria del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, al ser consultada sobre la cifra exacta de cadáveres de emigrados que llegan diariamente a esa terminal. Perennial Awareness, una publicación electrónica especializada en esta industria, publicó hace unos meses que cada año la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) de México recibe aproximadamente 80 mil solicitudes de ayuda de gente que busca a sus familiares en el extranjero y que unos cinco mil “latinos” no identificados fueron “recuperados”, muertos, en los últimos años. A fines de 2004, la SRE informó que ocho mil cadáveres de migrantes —que se fueron con papeles o indocumentados— llegaban de Estados Unidos, y que la mayoría habían fallecido por accidentes laborales, viales, enfermedades derivadas del trabajo, hipotermia y deshidratación. Al momento del cruce, en 2006, murieron 426 migrantes indocumentados, y 562 el año que recién concluyó. La mayor parte de los cuerpos repatriados, por lo tanto, es de gente que ya se había establecido en Estados Unidos y tenía un trabajo. Basta una visita a las zonas de carga internacional de diversos aeropuertos del país para atestiguar el ir y venir de austeras camionetas que transportan féretros a distintos rincones del país. Por ese motivo, la ex senadora Irma Figueroa solicitó a mediados del año pasado que las carrozas fúnebres del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) ayuden a trasladar los cuerpos de los alrededor de diez mil migrantes mexicanos de los aeropuertos nacionales a sus lugares de origen: “Cuando mueren, su familia se queda sin dinero para poder repatriar el cuerpo. Vienen (a Estados Unidos) por necesidad, vienen por hambre, dispuestos a reventarse trabajando, incluso, 16 a 18 horas diarias para alcanzar sus anhelos, aunque no tengan beneficios médicos, nada”, afirma Luis Martínez, de Capillas Señoriales en Maryland, quien comentó que cada semana se envían de diez a 35 cuerpos a los familiares de migrantes fallecidos, con un costo promedio de cuatro mil 500 a cinco mil dólares por el traslado a México. “Es la gente más trabajadora que pueda existir, pero tiene que andar penando acá por no tener documentos, sin recibir apoyo de los gobiernos”, abundó, indignado. Aunado a la doble tragedia de perder a un familiar y el ingreso que él aportaba, no todos los familiares de los fallecidos tienen la fortuna de enterrar a sus seres queridos. Muchos de ellos quedan en la plancha de los servicios forenses sin que ninguno de sus compañeros de trabajo se atreva a identificarlos, por temor a ser deportado. Desde Carolina del Norte, el médico forense Klyde Gibbs de la Central Medical Examiner Office, comentó que de 60 a 70% de los cuerpos que llegan a esa morgue son de origen mexicano. “Lo más frustrante de esto es que, cuando ya tenemos la identidad del fallecido, no tenemos forma de ponernos en contacto con sus familiares, con sus seres queridos”, reconoció Gibbs desde Chapell Hill, a 40 minutos de la ciudad de Raleigh. Lo que sucede, explicó, es que los colegas de trabajo del fallecido no confían en las autoridades, cuyo trabajo no es deportar sino resolver un crimen o identificar el cadáver. Y, pese a que algunas agencias gubernamentales tienen teléfonos para hacer denuncias anónimas, tampoco se suelen recibir informes que permitan esclarecer las muertes originadas por crímenes violentos (alrededor de una de cada 100). “Después de 10 a 30 días, si las autoridades no han hecho contacto con nadie, el cuerpo es cremado y, después de tres años, las cenizas son arrojadas al mar”, explicó. Con el aumento de cuerpos no identificados de los inmigrantes, las morgues de varios estados de Estados Unidos prefieren cremarlos por ser una solución más práctica, aunque cada cremación cuesta poco menos de 500 dólares. En la frontera, los cadáveres simplemente son depositados en una fosa común. Para los emigrados vivos en Estados Unidos, cuyo sistema migratorio ha sido criticado por no fomentar el respeto de los mínimos derechos de estos empleados, el trabajo diario conlleva graves riesgos a su salud y seguridad, sobre todo si laboran en el campo, donde absorben insecticidas, se intoxican con nicotina en las plantaciones de tabaco, sufren accidentes o simplemente padecen —e incluso llegan a morir— de insolación. De este problema, por ejemplo, da cuenta el corrido en honor de Urbano Ramírez, quien fue literalmente olvidado por su supervisor y sus compañeros en un campo agrícola cuando presentaba graves síntomas de insolación. Dos meses después, sus colegas reconocieron su cuerpo, fortuitamente, por los efectos personales que quedaron en el mismo lugar donde se había refugiado del sol.

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