Recorren campos nazis para frenar el aumento del odio hacia inmigrantes

Oranienburg, Alemania. Agencias | 13 de Marzo de 2018 a las 15:43

Los adolescentes no se detuvieron a pensar luego de ver el paredón ni la cerca eléctrica. Ni siquiera cuando les describieron el olor de la carne humana quemándose día y noche.

Pero luego vieron las literas.

Hechas de madera, con formas toscas, las literas lograron hablarles a los estudiantes de bachillerato que visitaban el campo de concentración Sachsenhausen como ningún libro de historia lo había hecho. “Así es como vivían”, susurró Damian, de 15 años, mientras observaba las estrechas filas de literas de tres niveles sin escaleras.

Cuando Jakob Hetzelein, profesor de Historia de un distrito de clase trabajadora en el noreste de Berlín, decidió llevar a sus estudiantes a Sachsenhausen, que se encuentra a unas cuantas estaciones del tren suburbano desde la capital alemana, no estaba seguro de cuál sería el resultado.

Los alumnos habían asistido a sus clases sobre la Alemania nazi con poco entusiasmo. En una elección simulada en clase, varios estudiantes apoyaron al partido nativista Alternativa para Alemania. Hace poco, a un chico lo sorprendieron garabateando una esvástica en la chaqueta de un amigo. Otro imitaba a Hitler cuando creía que Hetzelein no lo estaba viendo. Se ponía el dedo índice izquierdo bajo la nariz y extendía el brazo derecho.

Además, en su clase están Mahmoud y Ferdous, jóvenes refugiados de Egipto y Afganistán, países donde los sentimientos contra los israelíes suelen convertirse en antisemitismo y, a veces, en la negación del Holocausto.

Hetzelein, de 31 años, que solía impartir clases en una escuela vocacional donde nueve de cada diez estudiantes tenían ascendencia turca o árabe, sabe del antisemitismo casual. “Judío” es un insulto popular en algunos campos de fútbol en Berlín.

“Se ha vuelto más difícil enseñar historia”, dijo.

La enseñanza de historia es un pilar de la identidad nacional en la Alemania de posguerra. Por eso Sawsan Chebli, una legisladora estatal de Berlín con ascendencia palestina, hace poco propuso una idea que es radical hasta para los estándares de un país que ha diseccionado los horrores de su pasado como ningún otro: hacer que las visitas a los campos de concentración nazis sean obligatorias… para todos.

“Esto se trata de quiénes somos como país”, dijo en una entrevista reciente en su oficina, ubicada en el majestuoso Ayuntamiento de Berlín, un edificio de ladrillos rojos. “Necesitamos que nuestra historia sea relevante para todos, tanto para los alemanes que ya no sienten una conexión con el pasado como para los inmigrantes que se sientes excluidos del presente”.

 

La propuesta de Chebli ocurre en un momento en que Alemania está lidiando con el auge progresivo del antisemitismo mientras que la comunidad judía, que ahora ronda las 200.000 personas, está cada vez más nerviosa.

Los neonazis se han envalentonado con la llegada de Alternativa para Alemania, el primer partido de extrema derecha en llegar al Parlamento desde la Segunda Guerra Mundial. Además, hay preocupación de que la reciente llegada de más de un millón de inmigrantes, muchos del Medio Oriente y muchos de ellos musulmanes, haya creado sin saberlo focos de gestación de un tipo distinto de antisemitismo: uno que se oculta tras las injusticias del conflicto palestino-israelí, pero que a menudo recurre a viejos estereotipos.

Chebli decidió alzar la voz cuando vio que un grupo de inmigrantes árabes, entre ellos palestino-alemanes como ella, quemaba una bandera de Israel bajo la Puerta de Brandemburgo en diciembre mientras coreaban la frase “Muerte a Israel”.

Desde entonces, otras historias perturbadoras han surgido en los medios alemanes: un chico afgano que saluda a su profesor con un “Heil Hitler” y proclama que él también es ario. Un grupo de refugiados sirios que dicen que el Holocausto fue “una conspiración judía” y explican que eso lo aprendieron cuando estudiaban en su país.

La reacción de Berlín, donde hay estrictas prohibiciones legales sobre la propaganda nazi y la negación del Holocausto, ha sido veloz. El gobierno anunció que nombrará a su primer coordinador contra el antisemitismo y algunos miembros del partido conservador de la canciller Angela Merkel han hecho un llamado para la deportación inmediata de los musulmanes antisemitas.

Günter Morsch, director del Monumento Conmemorativo y Museo de Sachsenhausen, dice que no cree que eso sea útil. “No podemos permitir que este debate genere otra forma de racismo”, comentó. “¿Qué pasa con los alemanes que son antisemitas?”.

Nueve de cada diez crímenes de odio antisemita que ocurren en Berlín son cometidos por ciudadanos alemanes. A pesar de todas las contradicciones aparentes, hay un común denominador entre los musulmanes que adoptan opiniones antisemitas y quienes están en la extrema derecha (y también odian a los musulmanes), dijo Morsch.

“El antisemitismo se correlaciona más de cerca con los antecedentes educativos que con los étnicos”, explicó, citando estudios empíricos.

Chebli dice que visitar un campo de concentración no es la panacea, pero puede ayudar. Ella dice que visitó uno cuando era joven y la experiencia la transformó.

“Es una manera poderosa de mantener viva la memoria y darle significado a nuestro mantra ‘nunca más’”, dijo Chebli. “Sin embargo, debemos regresar a la esencia del asunto: se trata de defender los derechos humanos y los derechos de las minorías… de todas las minorías”.

También los musulmanes

Durante su visita a Sachsenhausen, los adolescentes se reunieron alrededor de su guía en el amplio patio triangular del campo, cuyo perímetro está rodeado de atalayas.

Sachsenhausen no era un campo de exterminio, aunque se cree que decenas de miles de prisioneros murieron ahí; los nazis construyeron los campos de exterminio fuera de Alemania. No obstante, era el centro neurálgico de dos decenas de grandes campos de concentración dirigidos por los nazis.

Desde un discreto edificio de oficinas ubicado en una esquina del campo, los servidores públicos decidían qué tipo de experimentos médicos se realizarían, cuántas ejecuciones tendrían lugar y cuánto gas Zyklon B se liberaría en las cámaras de gas en Auschwitz. “Los perpetradores de escritorio”, como les dice la guía, Mariana Aegerter.

“¿Alguno de ustedes sabe quiénes fueron prisioneros en este lugar?”, les preguntó a los estudiantes. Nelson, un chico con cabello largo hasta los hombros, levantó la mano vacilante. “¿Los judíos?”.

En Sachsenhausen hubo prisioneros judíos pero, a diferencia de los campos de exterminio, aquí eran una minoría. De los más de 200.000 prisioneros que tuvo a lo largo de los años, unos 40.000 fueron judíos. Muchos murieron en esas instalaciones.

El régimen nazi fue tras muchas personas, explicó Aegerter, como comunistas, clérigos, homosexuales, romaníes y discapacitados. Sin embargo, también iba tras los que consideraba “antisociales”: los vagabundos, los desempleados, quienes recibían ayuda social y los chicos con cabello largo —Aegerter observó a Nelson— o que tenían demasiadas novias o una debilidad por la música estadounidense, como el jazz y el swing.

Para cuando se liberó el campo de Sachsenhausen, dijo, nueve de cada diez prisioneros eran extranjeros, provenientes de 45 países. También había musulmanes.

“¿También musulmanes?”, preguntó Ferdous poco después. “No sabía eso”.

Construir puentes

Aegerter, una joven historiadora, dice que su objetivo principal durante los recorridos por el campo es resucitar un espacio vacío, hacer que los estudiantes visualicen cómo era la vida ahí y, al final, crear un puente entre el visitante y el prisionero, entre el presente y el pasado.

“Nuestra herramienta más poderosa es la identificación”, añadió.

Para hacer que los jóvenes musulmanes se unan a la batalla contra el antisemitismo, dijo Chebli, Alemania también debe luchar contra la islamofobia.

“Es mucho más fácil para mí convencer a un joven musulmán de la relevancia del Holocausto si reconozco su propia experiencia de discriminación y creo ese vínculo”, dijo Chebli.

A veces, crear un vínculo con los jóvenes alemanes es igual de complicado, señala Aegerter, quien tiene 34 años y creció en el estado occidental de Brandemburgo en los años noventa. Ella recuerda que era común ver esvásticas en su ciudad: dibujadas dentro de los cubículos de los baños, grafiteadas en los muros. Un chico de su salón de clases se había tatuado una en la espinilla. Solo cuando ella y unos amigos se quejaron le pidieron al chico que usara pantalones largos durante las clases de deportes.

Actualmente, Aegerter recibe llamadas de profesores que comparten su preocupación por las tendencias de extrema derecha entre sus estudiantes.

Un maestro le dijo antes de la visita de su clase que había planeado el viaje específicamente porque le preocupaban tres chicos que estaban adoptando la ideología neonazi. Sin embargo, ese día, los tres se reportaron enfermos.

“Tristemente, esa no es la excepción”, dijo Aegerter.

Y explica que, en algunos casos, los padres son quienes les dicen a los profesores que no quieren que sus hijos visiten un campo de concentración.

Cuando los estudiantes vienen puede ser una experiencia transformadora, dijo Morsch, quien ha sido director de Sachsenhausen durante 25 años.

“Sería ingenuo esperar que un recorrido de dos horas convierta a los neonazis en antifascistas”, dijo Morsch. “Pero, si nos dan un poco de tiempo, podremos lograr muchas cosas”.

Una semana después de visitar Sachsenhausen, Hetzelein les preguntó a sus estudiantes si les gustaría que sus hijos visitaran un campo de concentración.

De los 22 estudiantes, 21 estuvieron de acuerdo. Entre ellos: Ferdous, Damian y Nelson.