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Centroamericanas se protegen para pasar por México

La Opinión Digital. Desde Coatzacoalcos. | 23 de Enero de 2008 a las 00:00
Lo primero que hizo Patricia Alvarado al salir de Danlí, Honduras, su pueblo natal, fue inyectarse hormonas anticonceptivas por si, en su trayecto por México, rumbo a Estados Unidos, era violada sexualmente. Esta guapa trigueña de 38 años —que se vio obligada a salir de su país el día que no tuvo ni "un poquito de arroz" para darle de comer a sus tres hijos— no echó en saco roto las advertencias de lo que todo mundo comenta: la mayoría de las mujeres que abordan el tren de carga, en el que viajan como indocumentadas, son ultrajadas. Y precisamente por su condición de indocumentadas, nadie acude ante las autoridades a denunciar a los delincuentes, entre los que se encuentran sus propios compañeros de viaje hondureños, salvadoreños, guatemaltecos y nicaragüenses, así como policías y delincuentes mexicanos. "Esto imposibilita tener estadísticas sobre este delito. La realidad es que si acuden a la justicia, no obstante, ésta tiene también la obligación de detenerlas y deportarlas", dice Karla Temprana, subdelegada regional del Instituto Nacional de Migración de México (INM). Otras vías para entender que la travesía por tierras mexicanas puede convertirse en un infierno para las mujeres. Al menos siete de cada 10 centroamericanas sufren violaciones sexuales, según las experiencias recopiladas por Guillermo Ramírez, del albergue Santa Justina Kowalska, quien recibe en promedio 400 centroamericanos al día. Patricia ha asumido el riesgo. "Mi estrategia para que los hombres no se metan conmigo es darme a respetar, los trato con mucho respeto, les hablo de usted… pero eso son precauciones mínimas, sé que poco me serviría si quieren abusar de mí". Apenas había recorrido una tercera parte del camino y esperaba tener mejor suerte, es decir, que alguno de los trenes pasara sin guardias de la empresa en Coatzacoalcos. Este municipio, ubicado a 120 kilómetros de la capital estatal, es uno de los puntos de estudio de la organización Lazos de Sangre, de Los Ángeles, que recorre la ruta del tranvía que realizan los transmigrantes centroamericanos para llegar a Estados Unidos. Ahí está Norma Martínez, de 29 años, amiga de Patricia desde la infancia. Ella tomó otras precauciones: portar condones, que le evitarían un embarazo no deseado e infecciones, si es que los violadores aceptan usarlos. "Les diría que tengo sífilis, gonorrea, ladillas o cualquier enfermedad venérea", cuenta Norma, a quien su pareja (quien se quedó cuidando a sus dos niños en Honduras) le aconsejó investigar qué diría en caso de que la ultrajaran. "Yo era una ama de casa, no sabía nada de las infecciones sexuales, pero como mi esposo no hacía nada para mejorar nuestra pobreza, yo tomé el riesgo y voy para Houston, Texas, porque el techo de mi casa está a punto de caer sobre las camas de mis hijos, que tienen 5 y 4 años", relata esta mujer. La temeridad de estas mujeres raya en el suicidio: casi todas conocen las aterradoras historias de misoginia para con las migrantes. Recientemente, al albergue Santa Justina Kowalska llegó casi inconsciente una joven de 22 años que había sido violada por ocho salvadoreños que viajaba con ella en el tren. Después del múltiple ultraje, le introdujeron un tronco en la vagina y la abandonaron desangrándose cerca de las vías del tren. Doris Arteaga, una nicaragüense de 30 años, espera desde hace un mes que sus familiares le envíen dinero a este refugio de Coatzacoalcos, porque su hermana, quien se adelantó unos días en el trayecto de "La Bestia" (el tren de carga), estuvo a punto de ser abusada. "Me cuenta que ella y cuatro amigas fueron perseguidas por los techos, de vagón en vagón, por tres hombres que las acorralaron. Atraparon a una y las otras saltaron a los pantanos; casi se matan, pues el tren avanzaba… todavía alcanzaron a ver cuando golpeaban en la cara a la muchacha antes de violarla", cuenta. A mediados del año pasado, el Servicio Médico Forense de Coatzacoalcos dio fe de la muerte de un adolescente de 14 años que fue arrojado a las vías del ferrocarril cuando intentó impedir que abusaran de su hermana de 15 años. "La niña llegó con su hermanito en los brazos, como hipnotizada", recuerda Guillermo Ramírez, encargado de Santa Justina. "¿Alguna vez superará el trauma esa chiquilla? Jamás. Cuando fue repatriada, poco más de un mes después de la desgracia, se la pasaba llorando en un rincón". El esquema de algunas mujeres en su afán de protegerse es pedir a un hombre que las acompañe, sea un amigo o un novio de sus países o compañeros ocasionales de viaje. Estos improvisados guardaespaldas son un arma de doble filo: o dan su vida o se aprovechan de la débil posición de su acompañante. Familiares de Margarita N., una guatemalteca de 18 años, contrataron a un traficante de indocumentados para que su hija no sufriera en el ferrocarril; sin embargo, el pollero la utilizó como carnada sexual para que las autoridades de migración, los policías y todo aquel que los detuviera los dejara libres. Gabriela Soto, del refugio María Auxiliadora, de la Diócesis de la Movilidad Humana local, recuerda: "Cuando llegaron aquí, se presentaron como novios, pero en un momento que el hombre salió ella nos contó todo… sin embargo, cuando regresó el sujeto, desaparecieron nuevamente y ya no los volvimos a ver". El otro lado de la moneda de los acompañantes masculinos, lo encarna Benjamín Murguía, oriundo de Copán, Honduras, quien está consciente de que puede morir si alguien trata de abusar de su novia —quien tiene cinco meses de embarazo— o de dos de sus amigas a quien vigila. "Sé que corro más riesgos viniendo con ellas que si me montara solo", reconoce. "Pero todos tenemos derecho a luchar por una oportunidad y ellas también", dice.

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