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Crónicas desde la frontera del Río Bravo. La última estación de la legalidad. Primera Parte

Jordi Soler, diario El País, España. | 15 de Agosto de 2006 a las 00:00
Del caos y la rapidez vertiginosa del Distrito Federal a la paz aparente de las aguas del río Bravo. De México a Estados Unidos, en un trayecto sólo de ida. En este primer capítulo de su viaje por el altiplano azteca que comienza en un abigarrado aeropuerto, el autor alcanza la frontera con el 'imperio' y se agazapa entre la maleza de un rancho para mostrarnos el salto de los inmigrantes de uno a otro lado. La última estación de la legalidad a la ilegalidad. Del propio país a una nación ajena.

Jordi Soler, diario El País, España.

A las cinco menos diez de una mañana fantasmal salí rumbo al aeropuerto. En una ciudad tan grande como México, DF, el aeropuerto queda siempre lejos, y si el viaje se hace a horas menos fantasmales, el trayecto se complica: hay que sortear nudos y enjambres de automóviles, improvisar rutas por calles aledañas y encomendarse a algún dios para que el taxi no tope con un obstáculo insalvable, que bien pudiera ser una manifestación de campesinos con machetes, o una procesión de maestros inconformes con sus sueldos de hambre, o una peregrinación de devotos de la Virgen de Guadalupe. Pero a esas horas no había tráfico, ni enjambres, ni peregrinaciones: no había nada que entorpeciera nuestra ruta hasta que, al final de una calle, topamos de frente con uno de los campamentos que ha instalado López Obrador, en pleno paseo de la Reforma, como protesta por el resultado de las elecciones presidenciales. El proyecto era viajar a la frontera, recorrer la base del triángulo que, en un momento de inspiración, tracé en un plano, y que iba de Nuevo Laredo a Reynosa, con un vértice oriental que situé en el pueblo tejano de Falfurrias. Quería ir a husmear a esa zona donde todos los días llegan cientos de inmigrantes que han recorrido un tercio de Latinoamérica en autobús o de polizones en un tren, con la ilusión de cruzar la frontera y hacerse una nueva vida en Estados Unidos. El viaje al norte que hacen los emigrantes latinoamericanos se parece en lo esencial al que emprenden los africanos hacia las costas europeas: los dos intentan salir de la miseria, los dos buscan una vida más digna. Este fenómeno que existe desde hace décadas en la frontera entre México y Estados Unidos, en la línea que separa a ricos de pobres, debería observarse con mucha atención desde Europa, donde el fenómeno es relativamente nuevo, con la idea de ahorrarse esfuerzos inútiles; por ejemplo: ni las vallas, ni las cercas; ni la policía fronteriza, ni el ejército, ni los vuelos rasantes en avión militar o helicóptero, ni la vigilancia con cámaras de televisión sirven para detener al emigrante que quiere meterse en un país. Y la razón es muy sencilla: siempre será más poderosa la desesperación de quien quiere sacar a su familia de la miseria, que la vigilancia del empleado a sueldo que cumple con su trabajo en la frontera. Estados Unidos, después de décadas de aplicar el remedio de la valla, la vigilancia, la represión y la deportación, tiene ahora dentro de su país a millones de inmigrantes que hablan español y hacen barbacoas los domingos en sus jardines. El campamento de López Obrador en pleno paseo de la Reforma interrumpió nuestra ruta al aeropuerto, el morro del Volkswagen verde quedó a medio metro de una señora que, con una concentración que provocaba escalofríos, vigilaba la evolución de un caldo en una marmita. El taxi tuvo que improvisar una ruta intricada, imaginativa y siniestra; atravesamos el patio de un mercado, nos montamos en un par de aceras y, en determinado momento crucial, siguiendo la amable sugerencia del chófer, tuve que darle dinero a un policía para que quitara la barrera que impedía el paso a una avenida imprescindible. "Pásele", dijo el policía mientras se embolsaba el billete que contabilicé como la primera cifra de mi hoja de gastos. Eran las cinco de la mañana y seguía de noche, la radio del taxi iba sintonizada en una emisora que transmitía permanentemente noticias y, al tiempo que volábamos por la avenida despejada que yo acababa de alquilar, iba oyendo una colorida antología de sucesos: una mujer que había dado a luz en la calle y que había sido auxiliada por un vendedor ambulante de periódicos; la aprehensión de un pederasta con apellido libanés; el aterrizaje, forzoso y sumamente sospechoso, de un helicóptero en una avenida importante; y la declaración que hizo el procurador de justicia, a propósito de una balacera entre narcotraficantes en la ciudad, una declaración que es una joya y que anoté en mi libreta para no olvidarla: "No es una guerra de narcos, sino una rencilla entre narcomenudistas". Al final de aquella antología, el locutor dio un aviso que ilustra a la perfección las dimensiones del país, o más bien, la forma en que se desborda este país de más de cien millones de habitantes; con una voz ronca y sobria dijo tres teléfonos para tres Méxicos distintos: uno para los que oían el programa en la ciudad, otro para los que lo oían "en el interior de la república" y otro para los que estaban en Estados Unidos y querían expresar alguna opinión. A las cinco y veinte, el aeropuerto hervía, el chófer del taxi tuvo que hacer una última maniobra imaginativa para poder dejarme en la puerta, una maniobra que incluía 25 metros en reversa y un culebreo suicida entre dos autobuses que provocó el silbatazo reprobatorio del policía que estaba ahí para resguardar el orden, un orden invisible que era idéntico al caos. Pagué el taxi y empecé a hacerme un hueco entre la multitud, busqué la fila que me tocaba y tuve que ensayar varias operaciones mentales antes de comprender que no tenía que agregarme al final de la cola, sino en la última vuelta de un caracol de personas que se confundía con los caracoles que generaban las otras ventanillas. Me pregunté si no era una necedad volar al oeste de Falfurrias, y si era pertinente dejar la Ciudad de México, ese monstruo lleno de historias que ahora atraviesa por un periodo de incertidumbre. El día anterior había asistido a dos escenas que me hicieron ver que esa ciudad, en la que viví muchos años, pasa por un momento raro: dos veces en el mismo día estuve sentado con amigos frente a un aparato de radio que transmitía noticias, y esta gente que siempre conversa y se ríe mucho, ahora guardaba frente a la narración del locutor un silencio hermético. La verdad es que la cola en forma de caracol era tan larga que había demasiado tiempo para pensar preguntas necias. "Ya escribiré sobre la Ciudad de México cuando puedan valorarse las secuelas del infarto", pensé, y luego conecté el iPod, y para enfocar con decisión el viaje elegí una canción de Stevie Ray Vaughan que se llama Texas flood, una pieza contundente y vital que habla de una inundación en Tejas que arruina las líneas telefónicas y deja a Stevie sin la posibilidad de hablar con su novia. La canción, descontando el punto geográfico hacia donde me dirigía, tenía poco que ver con mi investigación periodística, pero había una línea que anoté como primera coordenada del viaje: "Regreso a casa, donde no hay inundaciones ni tornados, donde el sol brilla todos los días". Me pareció que los desastres naturales de los que huye el personaje de esta canción, más la nostalgia de la tierra que ha dejado, donde brilla el sol, aunque no sea cierto, eran una metáfora del mundo en colisión al que me dirigía, de esa franja fronteriza donde se estrellan las razas, las lenguas, los mercados y las economías, donde el español empieza a hacer cortocircuito con el inglés. La cola para pasar debajo del arco detector de metales era otro caracol en el que invertí 40 minutos y el álbum completo de Ray Vaughan; a pesar de que todo funcionaba a la perfección, el trámite era excesivamente lento, la cola fluía sin incidentes, pero éramos demasiada gente queriendo pasar por el mismo arco. A las siete en punto, milagrosamente, estaba a bordo del avión volando hacia Nuevo Laredo, esa ciudad inhóspita que está al oeste de Falfurrias y al noroeste de Reynosa. Pedí zumo de naranja y repasé lo que escribió José Revueltas sobre aquella ciudad: "Llegó en una de esas mañanas polvorientas de Nuevo Laredo, una de esas polvorientas mañanas de América Latina". La que llegó había sido La Tejanita, uno de los personajes de su novela Los muros de agua, que unos párrafos más adelante se adentra en la candente realidad de la ciudad fronteriza: "Los niños morenos y ventrudos, flacos, salían a la calle con los ojos turbios de pereza y de anemia, para jugar en el polvo atroz. (...) Las mujeres de senos caídos espantaban con fatalidad y negligencia las furiosas moscas que zumbaban con rabia, hambrientas (...). Los mendigos clamaban socorro en inglés a los turistas yanquis, procurando aterrorizarlos con sus llagas; los agentes aduanales, con trajes blancos de verano, bebían cerveza helada en algún bar, y en los burdeles, las prostitutas se ofrecían a los desaprensivos norteamericanos, de larga nariz y gorra clara, por un dólar toda la noche". Una hora y 20 minutos más tarde bajaba la escalerilla del avión tratando de asimilar los 40 grados centígrados que asolaban la ciudad, en esa polvorienta mañana latinoamericana que unas horas después alcanzaría los 44 grados y haría que mi pluma estilográfica, habituada a climas más benignos, se desangrara de calor en el bolsillo de mi camisa. México termina en Nuevo Laredo. Cruzando la frontera que marca el río Bravo está Laredo Tejas, los Estados Unidos de América. Este país, con el que sueñan miles de emigrantes latinoamericanos, se ve desde el otro lado del río. Cualquiera sabe que, con suerte, basta nadar un poco y moverse con astucia y sigilo para estar dentro del imperio. Hace 200 años, en esas tierras polvorientas, los hombres de Laredo batallaban como vaqueros de película contra comanches y apaches, sembraban la ribera de historias que años después rodaron, por citar dos ejemplos notorios, John Ford (Río Grande, con John Wayne y Maureen O'Hara, en 1950) y Howard Hawks (Río Bravo, también con John Wayne y Dean Martin, en 1959). Este río emblemático que divide los dos países nace en las Montañas Rocosas, en Colorado, y con el nombre de río Grande baja hacia el sur, pasa por Albuquerque y entra a México por Ciudad Juárez, y a partir de ahí corre llamándose río Bravo hacia el sureste, dibuja una frontera serpenteante y desemboca en el golfo de México en una playa de nombre enigmático: Bagdad. Por Nuevo Laredo pasa el 36% de todo el comercio que hay entre los dos países, dato nada menor si se toma en cuenta que hay 3.200 kilómetros de frontera, y cada día 8.000 vehículos y 300.000 personas con pasaporte cruzan de un país a otro. Con tanta movilidad es difícil saber cuántos habitantes tiene la ciudad, porque a las cifras de los viajeros con documentos hay que sumar la de los indocumentados que llegan ahí, de México y de muchos países de Latinoamérica, a ver de qué forma logran colarse a Estados Unidos. El complejo tejido social de Nuevo Laredo se ha enrarecido durante los últimos años por el crecimiento descomunal que ha experimentado el narcotráfico. Este auge desmedido ha condicionado la vida en la ciudad, los capos negocian con los jefes de la policía, o con el ejército, mientras sus hombres de confianza beben y tiran balazos en bares y discotecas, o se disputan el territorio en una batalla con bazookas y rifles de alto poder, parapetados detrás de las jardineras de la calle principal. El balance de las exportaciones del narcotráfico habla por sí solo: en el año 2001, al principio del Gobierno del presidente Fox, el 72% de la cocaína consumida en Estados Unidos provenía de carteles mexicanos; para el año 2004, la cifra ya iba por el 94%. Lo primero que hice al aterrizar fue llamar a José Luis, un hombre grande y generoso que es caporal de un rancho que colinda con el río Bravo. José Luis es un típico nativo de esas tierras, tiene algo de apache y de tejano, y conduce su furgoneta como quien atraviesa territorio comanche en una carreta de caballos. Con esa paciencia y con esa parsimonia nos fuimos internando por un camino polvoriento, marcado por los huisaches, las víboras y las ondas aceitosas que producía a lo lejos el calor. José Luis me fue contando, mientras llegábamos a una zona del río donde podíamos agazaparnos para ver cruzar a los emigrantes, a los mojados o wetbacks [espaldas mojadas], la historia de un ecuatoriano que, en una travesía rocambolesca de varios meses, en la que fue asaltado, maltratado y denigrado por todas las mafias de Centroamérica y por la mayoría de los cuerpos policiacos mexicanos, llegó finalmente al rancho donde trabaja José Luis, y ahí se entregó a la tarea de cruzar a nado a Estados Unidos. Para no hacerles el cuento largo, que José Luis con sus parsimonias hizo larguísimo, este emigrante ecuatoriano, cuyo apodo es El Negro, cruzó 10 veces el río a nado y en todas lo pilló la policía fronteriza y lo regresó a México. Un buen día, El Negro desapareció y, cuando todos pensaban que se había cansado de intentarlo y había regresado a su pueblo en Suramérica, llamó por teléfono a José Luis para decirle que lo había logrado y que estaba viviendo y trabajando en Nueva York. Aparcamos la furgoneta detrás de un huisachal, caminamos hacia la orilla del río Bravo y ahí nos agazapamos en medio de dos matorrales. El río Bravo tiene un caudal aparentemente manso, y del lado mexicano, en el médano que nos habíamos agazapado, tiene poca profundidad y puede cruzarse caminando, pero unos metros antes de alcanzar la otra orilla, como si la naturaleza se hubiera puesto de parte del imperio, se vuelve profundo y turbulento, y con mucha frecuencia arrastra a grupos completos de wetbacks y muchos mueren ahogados. El drama no cesa en la ribera del Bravo porque muchos llegan hasta ahí, hasta el punto donde José Luis y yo observábamos agazapados, sin idea de que los últimos metros de ese vía crucis que empezó en El Salvador, en Honduras o en Veracruz, tienen que hacerlos nadando, y nunca nadie les había enseñado a nadar. Desde nuestro escondite fotografié una cruz que alguien había clavado el día anterior en memoria de un emigrante ahogado. Era una cruz de madera pintada de blanco, con la fecha del día anterior y un nombre con apellidos; la espalda de la cruz daba hacia México, y el frente, donde estaba la inscripción, a Estados Unidos; el autor del homenaje había puesto el nombre de su amigo mirando a la orilla soñada que no había podido conquistar. "Ésos van a brincar del otro lado", me dijo José Luis señalando una lancha que navegaba a mitad del río, con tres hombres a bordo que se dedicaban, aparentemente, a la pesca, pues uno de ellos acababa de tirar una red al río. "¿Cómo lo sabes?", le pregunté. "Porque en estas aguas no se pesca con red", me dijo.

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