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Crónicas desde la frontera del Río Bravo. La vida en la frontera. Segunda Parte

Jordi Soler, diario El País, España. | 15 de Agosto de 2006 a las 00:00
Continúa el autor del texto relatando sus impresiones y observaciones de ese intenso mundo que es la frontera entre México y Estados Unidos, el límite que separa una situación desesperada y mísera del de una anhelada y con frecuencia imposible tierra de promisión. Historias personales terribles, propuestas políticas que buscan un mayor control y actitudes que permiten la reconciliación con el ser humano. Luces y sombras de un viaje que simboliza la lucha por la supervivencia.

Jordi Soler, diario El País, España.

Pecos Bill era un vaquero legendario. Fue el más joven de los 18 hijos de un pionero tejano, y cuando era apenas un niño se perdió y fue criado por una familia de coyotes. Pecos creció aullándole a la luna, y haciendo excursiones en cuatro patas con su familia adoptiva, hasta que un vaquero trashumante lo hizo consciente de su humanidad. A partir de entonces Pecos Bill se convirtió en un crack de las praderas y los desiertos, los leones de las montañas reculaban cuando él aparecía y dicen que una vez controló un tornado montándolo como si fuera un toro de rodeo. Pecos Bill, como suele pasarle a los vaqueros de leyenda, murió en la barra de un saloon después de beberse un vaso de whisky, preñado de anzuelos, que le habían preparado sus enemigos. La historia de este héroe tejano tiene un origen incierto y ha ido creciendo y exagerándose durante décadas; hay una canción tradicional que cuenta su gesta más increíble: Pecos se había perdido en el desierto, "la sed lo mataba y lo abrasaba el sol", cuando estaba a punto de sucumbir, "hizo un tajo en el desierto", un tajo ingente y mayúsculo por donde empezó a correr el agua. Pues dice la leyenda que el río Bravo es ese tajo abierto a leches, ese río siniestro que separa México de Estados Unidos donde José Luis y yo estábamos agazapados en el capítulo anterior, en medio de dos matorrales, viendo una lancha con tres pescadores a bordo que acababan de tirar una red al agua. José Luis me dijo que eran pescadores falsos, que estaban ahí para brincar al otro lado porque en esas aguas no se pesca con red. Un minuto más tarde, justamente como mi amigo lo había advertido, la lancha se arrimó a la orilla de enfrente y uno de los pescadores aparentes brincó con una mochila hacia Estados Unidos. Una vez ahí, como hacen todos los emigrantes que logran pasar al otro lado, debe haberse ocultado en la maleza hasta el anochecer y esperado el momento en que la patrulla fronteriza no anduviera cerca, para emprender una ruta azarosa e incierta por el campo hacia alguna ciudad tejana, por ejemplo, San Antonio, donde sea factible trabajar y eventualmente establecerse. En cuanto el emigrante alcanzó la otra orilla, la lancha regresó al centro del río a continuar con su pesca aparente. Todavía agazapado detrás del matorral, pensé en la línea de una canción de Radio Futura: "La vida en la frontera no espera, es todo lo que debes saber". Abandonamos nuestro escondite para regresar a Nuevo Laredo, tenía la intención de mirar y preguntar todo lo que pudiera antes de que el ambiente enrarecido de la ciudad me derrotara. Hace unas semanas se publicó la noticia de un proyecto que tiene Rick Perry, el gobernador de Tejas, que consiste en sembrar la frontera de webcams y colgar en la red las imágenes que vayan captando en directo, con la idea de que cualquier tejano preocupado por los latinoamericanos que violan diariamente la frontera de su país pueda avisar a un teléfono especial que turnará la llamada a la patrulla fronteriza de ese sector. Si este proyecto fuera ya una realidad, algún ranchero vecino del médano donde yo estaba agazapado podía haber llamado para denunciar al pescador aparente que brincó desde su lancha a Estados Unidos, o peor, la imagen del pescador falso podía haber caído en el ordenador de uno de estos rancheros fronterizos que quieren acabar con los inmigrantes por su cuenta, y es probable que este señor, en vez de coger el teléfono, hubiera cogido el rifle. El proyecto de Perry, mirado desde cierto ángulo, es peligroso, y al parecer entusiasma más en Washington que en su propio Estado, lo sé porque cuando iba regresando a Nuevo Laredo, después de agazaparme en el río, hablé por teléfono con Judith Gutiérrez, comisionada del Webb County, el condado donde está Laredo, Tejas, uno de los puntos donde el gobernador Perry anunció que instalará sus webcams. La comisionada Gutiérrez dijo que no estaba al tanto del proyecto y en cuanto se lo expliqué manifestó su desacuerdo y en seguida remató: "Y también estamos en desacuerdo con la valla que quieren poner a lo largo de la frontera". Colgué el teléfono y me quedé pensando en que Webb y web son primas fonéticas, y comenzaba a rumiar una teoría, etérea como la del vértice que había situado en el pueblo de Falfurrias, cuando José Luis me preguntó que si quería parar en un sitio con baño para que lavara el manchón de tinta que traía en la camisa. Le dije que no era necesario, y en lo que llegábamos a la casa del padre Pellizzari, cómodamente sentados dentro del mundo de ficción que proveía el aire acondicionado de la furgoneta, me dediqué a mirar Nuevo Laredo por la ventanilla y fui viendo eso mismo que escribió Revueltas, niños en la calle "con los ojos turbios de pereza y de anemia", "polvo atroz", "furiosas moscas", mendigos clamando "socorro en inglés"; y a todo esto que Revueltas percibió hace décadas agregué el aura del narcotráfico, que produce una desolación tensa, y la tragedia palpable de esos hombres que han subido durante meses media América Latina y al llegar se han dado cuenta de que cruzar al otro lado no es cualquier cosa, de que el salto está lleno de peligros, de que en el último metro de su largo vía crucis todo puede irse a los leones. José Luis aparcó frente a la Casa del Migrante, una institución dedicada a socorrer a los hombres, y a las poquísimas mujeres, que llegan a Nuevo Laredo dispuestos a tirarse al río, o a los que ya se han tirado y han sido deportados por la patrulla fronteriza. Los emigrantes de ida y vuelta llegan a esa casa que vive de la caridad de los habitantes de Nuevo Laredo, buscando el hospedaje y el consuelo que les da el padre Pellizzari, que es hijo de una pareja de emigrantes italianos que fueron a procurarse una vida más digna a Argentina y que años después, víctimas de una crisis económica, tuvieron que regresar al país que habían abandonado. Pellizzari, hijo de esta doble migración, se hizo sacerdote en la orden de los scalabrinianos, una congregación italiana dedicada al auxilio de los emigrantes, e invierte su tiempo y su esfuerzo en ayudar a esa gente que, igual que él, tiene que ir a buscarse la vida lejos del lugar donde nació. El mundo de ficción que proveía el aire acondicionado de la furgoneta quedó destruido en cuanto abrí la puerta y entraron a saco los 44 grados que había en el exterior. El padre nos recibió en su oficina, una habitación modesta donde el calor infernal era batido rítmicamente por las aspas de un ventilador. Por la casa que dirige pasan mil inmigrantes al mes que son hospedados y alimentados sin necesidad de identificarse, basta con que digan, para cooperar con las estadísticas que lleva el padre, desde dónde vienen, cuánto tiempo han tardado en llegar y si tienen alguna enfermedad contagiosa o algún vicio que pueda alterar el equilibrio de la casa. Muchos inmigrantes contratan un sherpa para que los guíe hasta la frontera y los ayude a cruzar el río, estos sherpas se llaman polleros en casi todos los lados, pero en Nuevo Laredo les dicen pateros, quizá porque los patos cruzan el río y los pollos no. Los polleros transportan a los emigrantes de diversas maneras, en automóviles, o encerrados en un vagón de tren, o en la caja de un tráiler, o en autobús si el grupo no es tan grande. Llegando a la frontera, el pollero mete a su grupo en una "casa de seguridad" mientras prepara la entrada clandestina a Estados Unidos, que en el caso de Nuevo Laredo es casi siempre por el río, aunque desde hace unos meses, quizá debido al endurecimiento de la vigilancia, hay grupos de 15 o 20 inmigrantes indocumentados que llegan al puesto fronterizo y en cuanto el oficial de turno les

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