Escúchenos en línea

Viviendo el sueño: la madrina de Tunkas y de Anaheim

Valeria Godines,The Orange County Register. Desde Anaheim. | 18 de Agosto de 2006 a las 00:00
Si existe un padrino de Tunkas, México, entonces Matilde Parra es la madrina. Llámela Doña Matilde. Con una blusa escotada y mucho maquillaje, la mujer de 59 años de edad, residente de Anaheim, se pavoneó por las calles de Tunkas, Yucatán, en enero, saludando a sus admiradores. "Me dicen que debo lanzarme para alcaldesa", dice ella, guardándose un dinero adentro del sostén. antes de llamar a un hombre que va pasando. "¿Cómo me veo?" le preguntó, mientras se estiraba la blusa y se sacudía el cabello. "Se ve bien elegante, Doña Matilde", le dice él, radiante. Más le vale decir eso. Cuando se habla con Doña Matilde, se siente como si es mejor tomarla por su lado bueno. Y se debe usar el ultrarrespetuoso título Doña porque ella inspira respeto. Hace casi 38 años ella dejó el pueblo de Tunkas para tener una mejor vida en Estados Unidos. Dice que fue la primera mujer de ese pueblo en emigrar al Norte. Probablemente no suena tan interesante. Este jueves en día muchas migrantes femeninas llegan desde México todo el tiempo. Siguen a sus esposos o se vienen valientemente ellas solas, metidas en la carrocería de camiones, caminando por el desierto o nadando para cruzar el Río Bravo. En ese tiempo eso no se hacía. Y especialmente en Tunkas, el pueblo de dos mil residentes en el húmedo y caliente estado costeño de Yucatán, de donde llegan muchos migrantes a Anaheim. Tunkas era un lugar donde las mujeres no podían siquiera dejar sus casas sin el permiso de sus suegras, mucho menos irse a otro país. Como en todos los pequeños pueblos, en este pueblo todo mundo chismea. En español y maya. Todos ya sabían todos sus secretos. Ella no tenía nada que perder. Ella tenía 13 años de edad y su madre, quien había enviudado, apenas tenía comida para sus cinco hijos. Zenaido Parra tenía 19 años, trabajaba en la construcción en una hacienda, ganando siete dólares a la semana. Él tenía puesto el ojo en ella. Y a ella le gustaba él también. Se casaron. Aunque ella era pequeña aún, pocas personas del pueblo protestaron porque en ese tiempo era común que las muchachas de esa edad se casaran. Era una boca menos para su madre. Parra la golpeada sin misericordia. Ella no sabía nada de cocinar, limpiar o lavar. Era una niña a quien todavía le gustaba salir a la calle a jugar pelota con sus amigas. Después que la golpeaba la echaba de la casa. Ella se sentaba al frente, haciendo trazos con su dedo sobre la arena hasta que él le decía que podía entrar. La gente del pueblo le tenía lástima y algunos le ofrecieron su casa. Doña Matilde se rehúsaba. Ella no podía dejar a su esposo. No puede explicar por qué. Simplemente no podía. Él se vino a EUA y encontró trabajo lavando carros. Cuando ella tenía 21 años decidió hacer la caminata para encontrar trabajo y poder criar a sus hijos. Dejaba atrás a un niño de seis meses de edad que todavía estaba amamantando y se llevó a sus otros dos hijos, de cinco y siete años. Cuando llegó a Anaheim se sintió fuera de lugar. En su vecindario no vendían tortillas o frijoles negros. No habían tiendas latinas. Rentaban un apartamento de dos recámaras por 300 dólares en Anaheim. Un sacerdote de la Iglesia San Bonifacio les ayudó a conseguir muebles y ropa. Le advirtió a su marido que más le valía que no la golpeara pues en este país existían leyes y él podía ir a la cárcel. Él la ignoró y la golpeó una noche que estaba borracho. Ella llamó a la policía, lo arrestaron y él terminó en la cárcel. Nunca la volvió a tocar. Él admite que era inmaduro y que ella era muy celosa. Él dice lamentar esos días con todo su corazón. Ahora él la trata como una reina. Es como una nueva relación, dice Doña Matilde. Él llora cuando recuerda todo lo que la hizo pasar, y le dice que vaya a Tunkas a disfrutar del festival anual del pueblo. Y ella lo hace. Durante la procesión religiosa en honor a las mujeres en enero, usó un vestido bordado con una flor roja en su cabello. Luego se tomó una o dos cervezas con un mariachi después de asistir a misa. Pero sobre todo Doña Matilde es una buena empresaria. Cuando llegó a EUA vendió flores en las calles, ganando 20 dólares semanales. Por 500 dólares vendió a un restaurante su amada receta de tamales. Pronto se convirtió en la gerente del complejo de apartamentos donde vivía en la calle Olive, a la par de las líneas férreas. Ahora es una residente legal, ha sido la gerente de los apartamentos por casi 30 años, un edificio lleno de inmigrantes de Tunkas. Por la noche ella hace unas 150 tortillas en media hora y vende platillos caseros por dos o tres dólares a aquellos que extrañan su tierra. En Tunkas abrió una pequeña tienda donde vende chales y con encajes blue jeans, camisas y cachuchas de los L.A. Dodgers. Con sus ganancias compró un pedazo de terreno en Tunkas, donde cría cerdos para hacer negocio con ellos. Se rumora que es una coyote, pero ella lo niega. "Es muy peligroso", dice. En la actualidad se dedica a recolectar ropa para la Iglesia San Bonifacio. "Ellos nos ayudaron cuando llegamos a este país y ahora nosotros les vamos a devolver el favor".

Descarga la aplicación

en google play en google play