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El cura antisistema que denuncia la caza al inmigrante

Madrid. Agencias | 23 de Octubre de 2019 a las 16:28

Se reunió con el Papa Francisco vistiendo una camiseta con el mensaje "Stop desahucios". Se le ha visto en manifestaciones cara a cara con los antidisturbios, como un muro de contención entre las familias que están al borde de perder su casa y el sistema. Joaquín Sánchez, conocido como "el cura antidesahucios", es también el de los migrantes, los presos, los enfermos mentales, los pobres… Y así una larga lista como activista por los derechos humanos, porque no quiere, asegura, "caer en la tentación de ser cómplice de los poderosos".

El sacerdocio es para él una vocación que se basa en la defensa de los más débiles. Su forma de ser y vestir dista mucho de la imagen tradicional de un sacerdote, asociada normalmente a los sacramentos de la Iglesia y no tanto a la calle. Sánchez es desde hace 20 años capellán en el centro penitenciario provincial de Murcia, al que fue destinado como una especie de castigo por ser una nota discordante dentro de la institución.

Y desde hace tres años viaja a Lesbos con la Asociación Amigos de Ritsona, para mantener su pacto con varias familias refugiadas que le pidieron un día que no las olvidase. En Moria, uno de los campamentos con peores condiciones de Europa, se encontró con que no quieren imágenes ni testigos: “Hacíamos fotos a escondidas; pretenden que haya silencio y que se les invisibilice porque, para este continente en el que aflora la xenofobia y el rechazo al pobre, esta gente sobra”.

El centro de acogida en realidad es de internamiento. Allí los llaman presidios. A cientos de kilómetros de Atenas, la isla de Lesbos, de donde solo se puede salir en avión o en ferry, es para ellos —que no tienen pasaporte— una cárcel natural. Sánchez sostiene que ese lugar es mucho peor: “Ya quisieran vivir como en la cárcel, donde existen derechos y obligaciones”.

“Llegan allí porque de donde vienen fuerzan a los padres a ver cómo violan a sus hijas y después las degüellan, los obligan a matarse entre ellos, los torturan, los queman vivos...”, explica Sánchez, que recuerda cómo los refugiados le cuentan que en sus países “hay familias que sacan a sus hijos de los escombros; menores despanzurrados por la metralla a los que solo les queda esperar a morir desangrados o que alguien por piedad les ponga una almohada para acortar el sufrimiento”. Sin embargo, “se les cataloga de amenaza y se les trata como a criminales y delincuentes”, denuncia.

Cuando pisan suelo europeo, donde creen que van a tener seguridad, la policía los custodia durante horas hasta que son trasladados al campo. Una vez en Moria, cerrado a cal y canto con muro y concertinas (cuchillas), y tutelado por el Ejército, deben pasar varios días en una tienda de campaña a la espera de un documento que será su identificación. Sánchez los llama campos de concentración. Lo que comenzó como un lugar de paso ahora es un callejón sin salida donde hay más de 10.000 personas en un espacio con capacidad para 3.000. No pueden salir hasta que se les conceda el asilo, un proceso burocrático colapsado. Hay quien lleva allí años atrapado. Los últimos en llegar tienen la primera entrevista para iniciar el trámite en 2021.

Hassan y Samira (nombres ficticios), que huyeron de la guerra de Siria, llegaron a Lesbos en una barcaza desde Turquía hace 70 días, relata el cura. En el trayecto de dos horas y media, que les costó 1.100 euros por persona, temieron por su vida y la de su bebé de tres meses. Mientras esperan a que su situación administrativa se resuelva, malviven en una tienda de campaña que comparten con 15 personas. La mafia les obligó a tirar al mar todas sus pertenencias. Otros le enseñan al sacerdote lo poco que salvaron: fotos y recuerdos plastificados.

Casi la mitad de la población en Moria se cubre bajo lonas que no son ni impermeables, denuncia el párroco, y en invierno nieva y llueve constantemente. "Muere gente congelada. Cuando tengan acceso a un contenedor deberán compartirlo con hasta cuatro o cinco familias lo que supone unas 40 personas en un mismo espacio: menos de dos metros cuadrados para un padre con tres niños".

El hacinamiento extremo y la falta de cuidados implican mala higiene y un olor nauseabundo, continúa Sánchez. Las mujeres duermen con pañales porque temen que las violen si van al baño, a esos pocos baños en estado deplorable. Escasean los puntos de agua y la asistencia médica. No tienen colchones. Apenas hay medicamentos. “En la cárcel sabes de cuánto tiempo es tu condena; aquí te matan la esperanza, sin saber qué pasará con tu vida ni lo que será de tus hijos, a los que miran con impotencia y angustia”, lamenta. Hay unos 3.000 niños en Moria, calcula. Algunos solo han conocido la vida en este campo de refugiados. La mayoría son de Afganistán. Europa no les concede asilo porque considera que su país es seguro.

El cura hace un inciso en su relato: “La guerra contra los talibanes, creados y financiados por la CIA para derrotar al ejército ruso, fue para conquistar un territorio por donde tenían que pasar los gaseoductos, uno de los grandes negocios del siglo XXI”. Y vuelve a Moria: “Tenemos a niños enjaulados, sin escuelas y sin futuro”. Los adultos carecen de actividades. La gente deambula: “Con miedo y una total desesperación, sus miradas perdidas y vacías transmiten tristeza acumulada”. Siguen produciéndose suicidios, también infantiles, relata.

Otros intentan levantar la cabeza dentro de tal infierno, que ha sido diseñado para que la mantengan siempre baja. Primo Levi, cuando salió de Auschwitz, preguntaba a “los que vivís seguros en vuestras casas caldeadas y os encontráis la comida caliente si es un hombre quien no conoce la paz, quien lucha por la mitad de un panecillo, quien muere por un sí o por un no”. Ante todo, necesitan sentirse personas: “Soy alguien, no algo. Si nos tratan como animales, ¿cómo quieren que nos comportemos?”, le suelen decir. Por eso, cuenta, los primeros que acogen y ofrecen hospitalidad son ellos. Reciben las visitas con una sonrisa y ponen en común lo poco que tienen, el té e incluso los alimentos.


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