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El infierno de migrar siendo pobre

Washington. Agencias | 3 de Marzo de 2020 a las 15:25

La movilización entre territorios es un elemento que ha acompañado al ser humano desde sus primeros momentos en el planeta tierra; sin embargo, factores como cambios políticos, la globalización y el establecimiento de fronteras a lo largo de la historia, ha generado una redefinición de la estructura y características del concepto migratorio. Millones de personas hasta el día de hoy se han trasladado desde sus países de origen a diversos territorios alrededor del mundo, según cifras de la Organización Internacional para las Migraciones del año 2017 (OIM, 2018), se estima que existen 257,7 millones de migrantes internacionales, lo que equivale al 3,4 % de la población mundial, pero ¿representa realmente un mayor beneficio habitar en un territorio extranjero que en su propio país?

En la actualidad, el concepto migratorio ha dejado de lado su esencia pura; cualquier tipo de movilización fuera de su territorio e independientemente de su motivación, pertenece a este concepto, siendo válida entonces la mención de viajes desde carácter vacacional y recreativo, como laboral o académico. Pasando a la concepción del contexto vigente, que enfatiza en la discusión de carácter político por la dualidad de realidades totalmente opuestas que otorga una nueva definición a este término.

Por un lado, con el crecimiento exponencial y desenfrenado de la globalización, vienen de la mano oportunidades accesibles en diferentes campos. Hoy en día, las ofertas ofrecidas por grandes países como Canadá, España, Nueva Zelanda e incluso Turquía (especialmente hacia la población joven-adulta entre los 16 y 30 años) invita a la incursión en el exterior como una opción principal tanto para la formación académica y laboral, como para la realización y el crecimiento personal, por no decir que se propone casi como una meta obligatoria dentro de sus proyectos de vida.

Estas invitaciones intentan actuar como agentes de “beneficio mutuo”, pues, suelen incluir facilidades en estadía, documentación y financiamiento que incentiva la permanencia de la persona en el país, a cambio de conceder a la nación nuevos promotores económicos y en algunos casos, en donde la población de la tercera edad es predominante y existe poca natalidad, posibles pobladores. Sin embargo, es primordial recalcar que estos son casos considerados casi excepcionales; pues se presentan generalmente en un contexto privilegiado en el que se realiza el desplazamiento por voluntad propia (sin la influencia de otros factores negativos que analizaremos más adelante), se cuenta con el perfil requerido (que suele exigir un nivel particular de formación académica y cierta facilidad económica), y finalmente experimenta vivencias distintas a las de un individuo sin las características anteriormente mencionadas.

La migración internacional se facilita cuando la persona cuenta con estudios superiores. Debido a su nivel educativo, se asume que su integración a la sociedad de acogida es relativamente fácil, aunque deben afrontar barreras relacionadas con su estatus migratorio, la legislación laboral, el reconocimiento de títulos y el dominio del idioma (Lotero-Echeverri, G., y Pérez-Rodríguez, M.A. 2019).

Esto nos lleva al segundo escenario, que retrata de forma más cruda y cercana, la realidad cotidiana del migrante que ha sido noticia y ha generado tanta polémica en los últimos años. Anteriormente establecimos que, en contextos privilegiados, la principal motivación del traslado internacional se debe al interés voluntario de realización personal, laboral y académica, y en este caso las motivaciones pueden ser similares, pero ¿bajo qué parámetros de fondo?

La realidad social, política y económica de países subdesarrollados de regiones como Centroamérica, Suramérica, Medio Oriente y África, las han convertido en eje focal de esta situación. Se habla de pobreza extrema (casi miseria), guerras, escasez de oportunidades laborales, abandono estatal y falta de garantías en derechos básicos (educación y salud), siendo causales primarias de la migración en este escenario. Puede que al igual que en el primer contexto se tenga como interés principal la búsqueda de mejores oportunidades, sin embargo, aquí el desplazamiento no es una opción; es la única salida. La migración pasa de ser un estilo de vida voluntario, a representar la única oportunidad de supervivencia de familias enteras.

Continuando, sabemos ya que para el desplazamiento con garantías básicas (documentación, estadía, fuente de trabajo) es requerido un monto mínimo de dinero, además del cumplimiento de pruebas y entrevistas para el ingreso “legal” al país de inmigración. Estos procesos toman tiempo (que, en casos de violencia, desplazamiento por amenazas y guerras no se tiene, pues se trata de situaciones de vida o muerte) y suelen ser negados con frecuencia a esta parte vulnerable de la población. Dejando como última y única opción el paso “ilegal” de fronteras, en las que los migrantes, ayudados por aquellos conocidos como coyotes, muchas veces se ven enfrentados a casos de estafas, robos, trata de personas y en el peor de los casos, capturas por parte de entes de control fronterizo.

El caso más reciente se trata de las masivas caravanas de migrantes centroamericanos hacia Estados Unidos, especialmente de El Salvador, Honduras y Guatemala, desplazados por los altos índices de inseguridad e insuficiencia laboral. Estados Unidos, como bien es sabido, se caracteriza por su alta población migrante y potencial como país de estadía; sin embargo, con la llegada de Donald Trump al poder, las políticas migratorias se han vuelto más estrictas, eliminando programas previos de protección al inmigrante y reduciendo la calidad de atención en el Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza. Ya van 5 niños muertos después de llegar a la frontera de Estados Unidos desde Guatemala desde diciembre (Priscilla Alvarez, 2019) por lo que se puede inferir que, contando con la suerte de sobrevivir al viaje, la entrada represente un peligro más grande. Finalmente, en el mejor de los casos en el que se logre ingresar al país de destino, la pesadilla no termina ahí, pues aún es necesario el acceso a un lugar de estadía y por lo tanto, a una fuente de ingresos, y es aquí en que destaca otro importante punto: el abuso laboral hacia la comunidad migrante, pues como afirma Anabel García, inmigrante no autorizada originaria de México en los Estados unidos, en un artículo para The New York Times, “Podemos realizar cualquier trabajo”.

Los inmigrantes no autorizados están sobrerrepresentados en empleos que requieren poca preparación, como la agricultura, la construcción y el cuidado infantil. (Jordan, 2018) Empleos, que, aunque en no todos los casos, son pagos por debajo de lo que es justo sabiendo que el individuo, en medio de su necesidad, aceptará sin importar las condiciones. Los migrantes hacen el trabajo del que los estadounidenses no se quieren hacer cargo, pero aun así, con la esperanza de conseguir una mejor calidad de vida.

De modo que, es claro que la percepción de si se vive mejor en su propio país o en el extranjero, en primer lugar, no depende sólo de lo que ofrece a futuro esta situación, sino del proceso que hay que seguir para conseguirlo; y de igual forma se trata de una visión altamente subjetiva, pues gracias a factores principalmente socio-económicos como evidenciamos anteriormente la experiencia es totalmente inversa, si se cuenta con un estilo de vida promedio con privilegios de estabilidad en su territorio de origen, la estadía permanente en otro país puede significar crecimiento personal pero en últimas acarrea consigo sacrificios que no en todos los casos se está dispuesto a realizar (abstinencia que no representa una problemática).  Mientras que, por el otro lado, la permanencia en el país de origen puede transformarse en una amenaza a su integridad, y cualquier oportunidad lejos de allí, por más desventajas que pueda traer consigo, se considera mejor a grandes escalas.


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