Escúchenos en línea

New Orleans: la otra tragedia del Katrina, la de los inmigrantes latinos

Isabel C. Morales, diario Al Día, Texas. | 27 de Agosto de 2006 a las 00:00
A un año de la devastación causada por el huracán Katrina en Nueva Orleáns, los hispanos que llegaron a ayudar en la reconstrucción de la zona sufren a diario las secuelas de otra devastadora historia: malos tratos, abusos y explotación laboral. Con y sin papeles, miles de trabajadores llegaron con sueños de empleo abundante y salarios mayores, pero la dura realidad ha destrozado sus ilusiones. Ahora luchan por ganarse la vida. Con una visa de trabajo en sus manos, Luis Alberto López llegó a pensar que tenía su futuro resuelto y el empleo perfecto. Trabajaría 40 horas a la semana, recibiría pago de horas extras y hasta asistencia alimenticia, con lo que tendría suficiente para enviar dinero a su familia en República Dominicana y pagar parte de la deuda de 4,000 dólares que adquirió para cubrir los gastos de la visa y el viaje a este país. Con suerte, hasta podría usar la piscina y los servicios recreativos del hotel en el que sería contratado para asistir a los clientes. Pero cuatro meses después, López apenas puede enviar 100 dólares a su familia a la semana y su tiempo de trabajo se ha reducido a entre 20 y 25 horas por semana, con lo que escasamente completa un salario de 609 dólares por mes. Los sueños que trajo consigo cuando llegó a esta ciudad abatida por el huracán Katrina hace un año se han hecho añicos, al igual que las promesas que recibió cuando fue contratado. Le ha pasado a él y a cientos de profesionistas bolivianos, peruanos y dominicanos que emigraron con visas H2-B dispuestos a sumarse a las tareas de reconstrucción –especialmente en el área de servicios– con la garantía de tener por lo menos 40 horas de trabajo a la semana. Y les ha pasado también a miles de trabajadores indocumentados, cuya situación migratoria los ha expuesto a abusos y violaciones de sus derechos laborales, sometiéndolos a jornadas de trabajo exhaustivas con un salario menor al promedio, en condiciones insalubres y sin seguridad laboral, según han documentado diversos estudios en el área. Entre 30,000 y 100,000 trabajadores inmigrantes de diferentes nacionalidades y etnias han llegado a la región del Golfo en el lapso de un año para sumarse a la reconstrucción de la zona, según estimaciones del National Migration Law Center. Katrina, el huracán más devastador de la historia de Estados Unidos, destruyó un área de 90,000 millas cuadradas (casi 234 veces el tamaño de la ciudad de Dallas), dañó más de 100,000 viviendas y acabó con gran parte de la infraestructura turística de la región, dejando en la ciudad miles de toneladas de escombros que poco a poco han sido removidos por esta nueva fuerza laboral, compuesta en una gran parte por trabajadores latinos, la mayoría mexicanos indocumentados que vinieron con todo y familias. Otro porcentaje de esos trabajadores, alrededor del 5 por ciento, llegó con visas H2B de empleo temporal. "Lo que tienen en común estos trabajadores es el nivel de explotación sin precedentes a la que son sometidos", dice el estudio "And Injustice For All. Workers's lives in the Reconstruction of New Orleans", elaborado por el National Migration Law Center, The New Orleans Workers Coalition y otras organizaciones no lucrativas. "Ellos viven y trabajan en condiciones deplorables, sin vivienda, en pobreza, bajo la amenaza de redadas migratorias y sin la garantía de que se les pague". "Esta es la esclavitud moderna", resume Aneudy Pérez, de 24 años, bilingüe y graduado en administración turística en República Dominicana, quien con su visa H2B obtuvo un trabajo limpiando platos y baños en un hotel en Nueva Orleáns. A él le dijeron que trabajaría 40 horas a la semana –20 menos de las que trabaja ahora– y que dependiendo de sus habilidades podría tener un mejor puesto. "Yo no tengo ningún problema con trabajar, pero ¿por qué nos dijeron mentiras?", dice Pérez. "Y como ahora tenemos pocas horas (de trabajo) ese dinero no alcanza para uno mantenerse, ni para enviarle a la familia. No puedo regresarme a mi país... me endeudé hasta por 4,000 dólares y me demoraría toda una vida para pagarlo". Hace unos días Pérez se percató de que tenía una gran roncha en la cabeza, por lo que acudió con su empleador para pedirle ayuda. Ahí recibió una lista de hospitales públicos y así se enteró de que tampoco tenía seguro médico. "Necesité un dermatólogo y me cobraba como 300 dólares y eso no me lo gano en dos semanas en el hotel", dijo Pérez, quien para completar el gasto trabaja en un estacionamiento donde le pagan en efectivo y puede enviar dinero a su familia. Pérez y otros 80 trabajadores interpusieron una demanda en contra de la compañía Decatur Hotels, LLC y de su propietario Patrick Quinn, exigiendo que la empresa les regrese el dinero que tuvieron que gastar para tramitar su visa y la llegada a este país (unos 4,000 dólares en promedio). Los demandantes alegan que fueron engañados con falsas promesas de buenas condiciones de trabajo, pago de horas extras y otros beneficios. Al Día intentó comunicarse con representantes de la empresa, pero no respondieron a la petición de entrevista. En su lugar enviaron un comunicado en el que la compañía aseguró que "Decatur ha dado más beneficios de los estipulados en el contrato" a los trabajadores extranjeros que fueron traídos para trabajar en la recuperación de la empresa. Añade que los gerentes de la compañía buscaron reunirse con los trabajadores que tenían inquietudes, pero no hubo respuesta. Los abogados de los demandantes amparan su demanda en el Fair Labor Standards Act (Ley de Reglas Justas en el Trabajo) que obliga a los empleadores a reembolsar a estos trabajadores lo que gastaron para pagar la visa y en el viaje. "Este es un caso muy importante a nivel nacional porque muestra la realidad de estos programas (de visas temporales) y cómo son explotados y sufren estos empleados", dijo María Elena Hincapié, una de las abogadas de los demandantes. El programa de trabajadores con visa H2B requiere que el empleador le pague a la persona por lo menos entre seis y siete dólares la hora, y el contrato de la visa es por nueve meses. USCIS no especifica las obligaciones del empleador en términos de reembolso de gastos. Los más desprotegidos En las horas y días posteriores al paso del huracán Katrina por la costa del Golfo, cientos de miles de personas perdieron su hogar y su trabajo, siendo forzadas a evacuar el área e instalarse temporal o permanentemente en otra ciudad. El enorme hueco que dejaron esos trabajadores en sus empleos empezó a llenarse con la mano de obra de personas como el hondureño Olvin Alvarado, que enfrentó en Nueva Orleáns lo que nunca antes había vivido en este país, aún como indocumentado. En abril dejó Memphis, Tenn., para trabajar en Nueva Orleáns, en donde según le habían dicho amigos y conocidos, podría ganar hasta 200 dólares diarios quitando el moho y los desechos acumulados y descompuestos en casas y almacenes. El recuerdo de sus primeros días de trabajo aún está fresco en su memoria. En una ocasión, recordó, un contratista los llevó a limpiar una tienda que se había inundado. La carne y la fruta que ahí vendían estaba regada por todos lados en estado de putrefacción. Para entrar a la tienda se puso un equipo especial que lo hizo sentirse como un astronauta. Cuando levantó un pedazo de carne del suelo, ésta se deshizo en sus manos, quedando sólo los gusanos y una nube de moscas revoloteando a su alrededor. "Fueron varios días seguidos que trabajamos más de 12 horas, pero cuando terminamos, el hombre (el contratista) había desaparecido y nunca lo volvimos a ver. Perdimos el trabajo y toda una semana de pago", dijo Alvarado. Un estudio de Tulane University documentó recientemente la magnitud de los abusos y violaciones laborales que sufren en Nueva Orleáns los trabajadores indocumentados, que hoy constituyen el 25 por ciento de la fuerza laboral en la reconstrucción. "En general, en el estudio nos dimos cuenta de que hay un abuso fuerte a los trabajadores latinos y especialmente a los indocumentados que reciben menos salario, no se les paga las horas extras, no tienen protección en el trabajo y no tienen seguros médicos", dijo Patrick Vinck, uno de los investigadores del estudio, titulado Rebuilding After Katrina. El estudio de Tulane University determinó además que el promedio de pago para los trabajadores documentados es de 16.50 dólares, comparado con los indocumentados, que es de 10 dólares por hora. Además, el 34 por ciento de los indocumentados reportó que reciben menos pago de lo que esperan y un 28 por ciento tiene problemas en obtener su salario. El abuso no sólo se da en las diferencias salariales, sino también en las condiciones generales de trabajo, como en acceso a la salud, un renglón en el que el estatus migratorio determinó una gran diferencia según el estudio: todos los trabajadores indocumentados que reportaron haber tenido un problema de salud buscaron ayuda en clínicas de organizaciones caritativas como la Cruz Roja, mientras que todos los trabajadores legales obtuvieron asistencia en clínicas y hospitales privados. La División de Horas y Salarios (WHD) del Departamento de Trabajo de Estados Unidos no guarda información sobre la condición migratoria y la etnia de los trabajadores que presentan denuncias. Sin embargo, después de Katrina ha investigado por lo menos 300 casos de denuncias de empleados, de los cuales 100 ya fueron cerrados tras recuperarse una cantidad aproximada a 1.5 millones de dólares en salarios no pagados. "No importa la condición legal de los trabajadores, por ley se les debe pagar el tiempo que trabajen", dijo Dolline Hatchett, portavoz del WHD. WHD ha resuelto las quejas de aproximadamente 6,600 trabajadores en casos relacionados con la reconstrucción. "Sé que hay contratistas que no les pagan a los trabajadores, pero mi trabajo es diferente, yo sí les pago, lo que sucede es que no puedo darles el dinero diariamente, sólo después de que terminen el trabajo, así es como me pagan a mí", dijo Riley Kenoly propietario de R.C.H.M Construction, que frecuentemente emplea jornaleros. Juan Carlos Lagos tiene 19 años y es quizá el más joven de un grupo de jornaleros que todos los días se paran en una esquina para esperar la llegada del contratista y ganarse el salario de un día. Lagos llegó hace nueve meses a Nueva Orleáns y cada día compite por una jornada laboral con trabajadores que siguen llegando de diferentes partes del país: desde California, Nueva Jersey, North Carolina, Florida y otros estados. Quizá por su edad o por su apariencia, dice que ha sido víctima de ladrones callejeros que pululan por las calles de la ciudad y de los empleadores que en varias ocasiones sólo le pagan la mitad de lo acordado. "Aquí toman ventaja de la gente que no tiene papeles, es que es tanta la necesidad que tenemos, que si no nos pagan un día al siguiente tenemos que continuar buscando trabajo, no podemos dejar de trabajar", dijo. La aparición de jornaleros en las esquinas de Nueva Orleáns es un fenómeno reciente, que además de perpetuar el patrón de abuso contra los trabajadores, ha generado un conflicto creciente entre latinos y afroamericanos por el empleo. "Los afroamericanos que luchan por regresar a casa y trabajar en la ciudad que aman y construyeron se encuentran de repente excluidos de la reconstrucción. Ellos ven a trabajadores inmigrantes haciendo ese trabajo", dice el estudio de National Migration Law Center. "Aunque la percepción es que los trabajadores de color están compitiendo por el trabajo, la realidad es que los contratistas están compitiendo por la mano de obra más barata". En los días seguientes a Katrina, un jornalero podía ganar hasta 250 dólares al día, pero ahora los contratan por entre 90 y 120 dólares diarios. El contratista pone el precio y el trabajador decide si acepta o no. Generalmente los migrantes aceptan lo que les ofrecen. "Aquí es una pelea por la sobrevivencia, al que le va bien es el que más corra cuando llega una troca a alzar a la gente y el que más sepa unas palabras de inglés es el que mas rápido se va y no tiene que esperar toda la mañana para encontrar trabajo", dijo Carlos Zamarripa, un mexicano oriundo de Guerrero. Zamarripa no sabe inglés, pero todas las mañanas se escribe en la palma de su mano las palabras que necesita para obtener trabajo: wood=madera; roof=techo. Así le hace saber al contratista cuáles son sus especialidades. Con el tiempo, Zamarripa también ha aprendido a distinguir y cuidarse de ciertos empleadores. "Es muy común esa gente que viene a levantarlo a uno y están borrachos o raros, lo único que quieren es que uno les trabaje todo el día y después se desaparecen". El cónsul de protección del consulado de México en Houston, Carlos García Delgado, asegura que durante los últimos meses ha recibido por lo menos 28 reportes de trabajadores mexicanos a quienes sus empleadores les habían quitado sus pasaportes para retenerlos y así impedirles que se fueran a trabajar con otras compañías. "Es un abuso que los empleadores hagan esto, estamos investigando y analizando estos casos", dijo García Delgado, cuya jurisdicción consular comprende el área de Nueva Orleáns. Las condiciones en que viven muchos trabajadores indocumentados han abierto oportunidades de empleo a personas como Reina Rodríguez, que hace un mes dejó San Antonio para visitar a su hijo Edwin Alvarado, de 17 años, que se accidentó cuando regresaba de un trabajo en la construcción que consiguió durante las vacaciones. Tras esa visita, ella decidió permanecer en Nueva Orleáns laborando como cocinera. Ahora, la hondureña de 39 años atiende a un grupo de 13 hombres que comparten la misma casa en un barrio cercano al centro de la ciudad. Es una vivienda de tres habitaciones, un baño y sin aire acondicionado en la sala y la cocina, por la que pagan 1,200 dólares mensuales. La situación es tan precaria que Rodríguez, quien vive en la misma casa, tiene que pelar las papas y adobar la carne casi en la oscuridad para ahorrar electricidad y además así evita abochornarse por el calor que desprende la estufa. "Como todos ellos, yo estoy aquí para trabajar", dice Rodríguez. "Aquí sólo venden Wendy's, McDonald's y esa comida no les gusta a los muchachos, a ellos les gusta la comida casera. Ellos me pagan a siete dólares el plato". Al venirse a trabajar, Rodríguez dejó a sus otros dos hijos pequeños a cargo de su hija mayor de 19 años, algo que todos los días le duele. Por eso tiene claro que para ella, Nueva Orleáns es sólo para un rato. "Aquí es mejor para hacer dinero, pero para vivir, esto no es bueno".

Descarga la aplicación

en google play en google play