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Cien cadáveres sin identificar en la morgue de Nueva Orleans

Enrique Rubio, agencia EFE. Desde New Orleans | 29 de Agosto de 2006 a las 00:00
Un año después de la catástrofe causada por el huracán "Katrina", cien cadáveres sin nombre esperan encerrados en ataúdes en la morgue de Nueva Orleans a que alguien los identifique y se los lleve. Son los grandes olvidados de esta tragedia, y lo peor es que las autoridades todavía no saben qué hacer con ellos. "Por el momento, queremos dar más tiempo a que los habitantes regresen a la ciudad, aunque aún no se ha decidido qué se hará en caso de que finalmente nadie los reclame", según explica un portavoz del depósito municipal de cadáveres. El último cuerpo que se ha encontrado entre los escombros apareció hace apenas quince días, con lo que el recuento mortal del "Katrina" asciende oficialmente ya hasta los 1.464 fallecidos en Nueva Orleans y 1.833 en todo Estados Unidos. Se trata de una mujer a la que su hijo halló debajo de lo que algún día fue su casa. Los cien cadáveres de la morgue no han tenido tanta suerte y deberán esperar más. Nueva Orleans guarda una larga tradición de convivencia con los espíritus, que alcanza su máxima expresión en prácticas atávicas como el vudú, pero en esta ocasión, los fantasmas del pasado se han convertido en una carga para muchos de sus habitantes. Tim Parrish es un señor mayor, negro, encorvado, con bigote blanco y mirada triste, que trabaja enterrando muertos en el mayor cementerio de la ciudad, el Greenwood, desde hace 40 años. No recuerda la cantidad de seres humanos a los que tuvo que dar sepulcro en las semanas posteriores al "Katrina", pero sí asegura que nunca vio tanto dolor junto y que desde entonces sólo piensa en dejar su profesión. Sin embargo, el trabajo de Parrish es distinto al de sus colegas en muchas otras ciudades del mundo. Hablando en puridad, en Nueva Orleans los muertos no se entierran, por la sencilla razón de que las tumbas no están bajo tierra, sino sobre ella, por la cantidad de agua que se acumula debajo del suelo. La archidiócesis de Nueva Orleans es propietaria de catorce cementerios, siete de ellos en la propia ciudad, donde se "entierran", en total, a unas 1.000 personas cada año. La cifra se disparó durante los fatídicos días de agosto y septiembre del año pasado en los que golpeó el "Katrina", lo que obligó a que muchas ceremonias tuvieran que posponerse durante varias semanas. Como explicó el portavoz Jody Rome, "hubo una gran confusión en la identificación de los cuerpos y el estado de nuestras instalaciones no nos permitía enterrar a más de tres personas a la semana". Esa confusión generalizada en el reconocimiento de los cuerpos también pudo tener algo que ver con los cien cadáveres de la morgue. Nadie sabe si esos cadáveres anónimos guardan relación con las pintadas que hay en los barrios fantasma de Nueva Orleans en los que la muerte le ha ganado la batalla a la vida, como el Noveno Distrito. Allí, en algunas casas todavía se pueden ver las cruces rojas que simbolizaban que en su interior tenían un cuerpo inerte que había que rescatar. Además, muchas vallas y paredes lucen pintadas que piden información sobre el paradero de familiares o amigos. No sólo en la calle, sino también en internet proliferan ese tipo de peticiones desesperadas, como sucede en la popular página web "www.craiglist.org", una especie de tablón de anuncios cibernético donde lo mismo caben una oferta para vender un piso que las actividades de un club de yoga. En un apartado especial dedicado al "Katrina", donde la gente sigue colgando mensajes de búsqueda de sus seres queridos y hasta de sus mascotas, se leen historias como ésta, de hace una semana: "Todavía espero saber algo de mi ex y padre de mi hija, Kevin Bowden. Casi ha pasado un año desde el "Katrina" y nada. Lo intenté a través de la Cruz Roja, pero no habíamos mantenido el contacto, así que no tengo su número de antes del huracán. Tan sólo quiero saber si está sano y salvo". Muertos que esperan un destino final y vivos que todavía no pueden descansar. Un año después, todavía quedan muchas cosas por resolver en Nueva Orleans. Un año después de la catástrofe del huracán "Katrina", la situación en Nueva Orleans no termina de despegar, pero la peor noticia es que muchos de sus habitantes han comenzado ya a perder la ilusión por levantar la ciudad. La realidad en las calles se asemeja a la de Esperanza Hartley, que se ha dado un plazo de 30 días: o todo cambia, o agarra sus escasas pertenencias y se marcha a otro lugar del estado de Luisiana, "donde no haya huracanes pero siga haciendo calor". Hartley llegó hace cinco años a Nueva Orleans para ganarse la vida sirviendo cervezas y bebidas frescas en una barra del Barrio Francés. Para ella, perdida en el mar de cifras que manejan estos días los políticos y los medios de comunicación, las cuentas están muy claras: hace un año, antes del "Katrina", ganaba 1.500 dólares a la semana en propinas; EU consigue únicamente unos 100 dólares semanales. "Tan sólo espero que con lo que gane EU pueda comprar algo de comida a mi gata 'Nefertiti'", dice Hartley, de 27 años, señalando un bote de plástico casi vacío. Ella, que dejó atrás su pueblo natal en el estado de Virginia y un hijo en casa de su madre en Nueva York, regresó llena de sueños dos semanas después del huracán a Nueva Orleans, pero, aunque sus ingresos son ínfimos, ha visto cómo el alquiler de su casa se duplicaba en este tiempo. Tras la fanfarria institucional y los llamamientos grandilocuentes a resurgir del fango que siguieron al huracán, la energía inicial se ha perdido en un lodazal de burocracia y desesperanza. Un reciente sondeo del diario "USA Today" y la compañía Gallup aseguraba que un 30 por ciento de los retornados a la ciudad tiene la intención de mudarse si ve que la situación no mejora. "Esto es como la relación con una mujer ¿sabes?", dice Shawn Bradton, un joven estudiante universitario. "No se rompe por un enfado sino cuando se acaba la ilusión por estar con la otra persona". Otro que habla de plazos es Reqshu Bharadwag, un inmigrante indio que regenta una tienda de camisetas y recuerdos en la mítica calle Bourbon. "Hay que esperar a que vuelva toda la gente que vivía aquí. Es un proceso lento, que todavía tardará bastante tiempo en definirse", cuenta. Las calles del centro de Nueva Orleans no hacen nada por desmentir a Bharadwag. Muchos establecimientos están cerrados a cal y canto, con tablones de madera que impiden ver los destrozos del huracán en su interior. No en vano, el área metropolitana de Nueva Orleans ha perdido más de 184.000 puestos de trabajo en un año, según datos del mes de junio de las autoridades de la ciudad. Sin embargo, algunos todavía encuentran fuerzas para el optimismo, como los hermanos Andrews, trompetista el mayor, percusionista el más joven, quienes aseguran que la ciudad está lista para "volver con más fuerza aún". Que ese deseo se convierta en realidad depende en gran medida de que los turistas y visitantes vuelvan a la Ciudad del Jazz. En un antro que deja escapar música rock ensordecedora, un animador con un micrófono invita en pleno mediodía a los escasos paseantes por la calle Bourbon a entrar y unirse a un grupo de turistas y dos albañiles latinoamericanos. Cuando entra un desconocido, el hombre, tal vez sin quererlo, le despacha el estado anímico de la ciudad con una sola frase: "No me importa quién eres, ni de dónde vienes, sólo que ahora estás aquí, en Nueva Orleans". Mientras, de fondo suena una canción cuyo estribillo dice "Let the good times come" ("Deja que lleguen los buenos tiempos") y fuera del bar "Blues Company" ha comenzado a llover con fuerza. El huracán "Katrina" destrozó la ciudad de Nueva Orleans y arruinó las vidas de miles de personas, pero al guatemalteco Gumersindo Manzano y a unos cuantos hispanos como él les dio la oportunidad de su vida. "Gracias al 'Katrina', he podido cumplir mi sueño desde pequeñito, que era venir a trabajar a Estados Unidos" asegura a Efe Manzano, de 33 años. Este albañil consiguió en su propio país un visado especial por nueve meses que le permitió trasladarse a la "Ciudad del Jazz" junto a otros once compañeros de trabajo. Ahora vive en condiciones algo más que precarias en una casa junto a sus colegas, que han pasado ya a ser una parte de su familia. Como él, alrededor de 50.000 hispanos han llegado a Nueva Orleans en el último año desde el interior de EEUU y de otros países atraídos por la necesidad de mano de obra en sectores que cuentan con una masiva presencia de latinos, como la construcción o la hostelería. Manzano apura una cerveza en la calle Bourbon, en el Barrio Francés, junto a uno de sus "hermanos", Rubén López, pese a que se trata de un día laborable y es la una de la tarde. "Tan solo nos dejan trabajar cuatro días a la semana, diez horas al día. Ojalá pudiésemos trabajar de lunes a domingo", señala López, quien dejó a su mujer y sus hijos en Guatemala y no pasa un día sin que llore su ausencia. Y aunque ambos se encuentran agradecidos por la oportunidad que les ha dado la vida, no olvidan el gran número de inconvenientes y problemas que tienen que afrontar a diario. "¿Hablas inglés, verdad? ¿Podrías pedirle a la camarera que nos sirva las cervezas frías y no calientes?", pregunta Manzano a este reportero. Se quejan de que el desconocimiento del idioma les deja indefensos ante los abusos de sus superiores, sobre todo, de los traductores, y de que eso les hará muy complicado buscar un trabajo para poder quedarse cuando expire su visado, en enero. Sin embargo, la mayoría de los peones recién llegados son inmigrantes indocumentados, que ganan, según los datos del profesor en la universidad local de Tulane, Wesley Hedden, unos 10,50 dólares por hora trabajada y tienen que aguantar condiciones aún peores que las de Manzano y López. Para Hedden, el estatus legal, el acceso a la sanidad y el idioma son los tres grandes problemas de la creciente comunidad de indocumentados hispano en la ciudad. Graciela -que prefiere mantener su apellido en secreto por temor a las autoridades migratorias- es una nicaragüense que llegó con su marido desde Austin (Texas) para trabajar como empleada en un hotel. Vive en un apartamento minúsculo con otras tres personas por el que pagan 600 dólares, y se siente una afortunada. Puede que lo sea, si se tiene en cuenta que muchos de los recién llegados a la ciudad han tenido que ocupar casas abandonadas cuyas estructuras están seriamente dañadas y que han provocado ya un número indeterminado de muertes. Sin embargo, ni siquiera las precarias condiciones han arredrado a los miles de hispanos llegados principalmente de El Salvador, Honduras, México, Nicaragua, y estados aledaños como Florida y Texas. Por ahora, hay trabajo para todos, el desempleo ha bajado del 5,6 por ciento de antes del "Katrina" al 4,2 por ciento después del huracán, pero aquí muchos se preguntan qué sucederá cuando Nueva Orleans recupere la normalidad. Como advertía hace unos meses en el periódico local "El Diario-La Prensa" la politóloga de la Universidad de Nueva Orleans, Susan Howell, "la ciudad es ahora tierra de nadie, muchas leyes y regulaciones no se están cumpliendo y las autoridades prefieren mirar a otro lado". Y lanzó una advertencia: "La confrontación entre negros e hispanos aún no ha comenzado porque hay muchos trabajos disponibles". Suceda lo que suceda, está claro que a Gumersindo Manzano ya nadie le puede arrebatar su sueño. Vive en él.

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