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Un ranchero texano admite que necesita a los inmigrantes

Agencia Notimex. Desde Rancho Rendón, Texas. | 26 de Septiembre de 2006 a las 00:00
A sus 52 años de edad, Roberto Rendón, militar retirado del Ejército de Estados Unidos, asegura que si tuviera hambre "me brinco esta cerca, entro a la casa y me como lo que encuentre". Dueño de un rancho de 655 acres de extensión en Texas, muy cerca del Poblado de Hidalgo, Rendón se expresa de esa manera al hablar sobre los indocumentados que suelen brincar por la cerca de su propiedad huyendo del hambre y de la Patrulla Fronteriza. Esta reja a mí me costó 10 mil dólares la milla y el perímetro de mi rancho tiene cuatro millas, pero eso a nadie le importa, menos aún a los indocumentados que vienen huyendo del hambre y de la migra, pero es más fácil escapar de la migra que del hambre. El militar retirado reconoce que la gente que cruza la frontera lo hace por hambre y en la búsqueda de una mejor oportunidad de vida, por lo que considera que lo que tiene que hacer el gobierno de México es encontrar la forma de darle trabajo a toda esta gente. En su rancho, Roberto Rendón se dedica a la crianza de venados, cabras y borregos con fines de cacería, y asegura que por lo general no tiene problemas "porque es muy fácil atender a los gringos locos que vienen a cazar". "Estos gringos lo único que quieren es una botella de alcohol, una señorita y si llegan a cazar algo ya es ganancia, casi nunca llegan a cazar ni un borrego", refiere. Sin embargo, tratándose de inmigrantes, éstos le causan daños a la malla de su rancho, lo cual le representa un problema. Aquí la gente llega muy cansada, "apenas estamos a 40 millas de la línea fronteriza, y hay muchos que llevan una semana dando vueltas a lo loco, no saben orientarse, no saben a dónde llegar y de pronto llegan a punto de morir de sed y de hambre". El ranchero admite que el problema no es que pidan ayuda, sino que rompan la malla, lo cual le implica un gasto fuerte pues tiene que enderezarla y parcharla, ya que hay animales y serpientes que pueden entrar y dañar a los animales de su rancho. La principal queja de don Roberto no es otra cosa más que poner a salvo su reja, el límite de su rancho, por lo que asegura que si fuera posible, a cambio de que no maltrataran la malla sería capaz de ponerles una escalera, "que se pasen los mojados, no pasa nada". "Pero aquí me dejan sus plásticos del agua, la ropa, maltratan la malla y se toman el agua de los animales. Y no es que cueste mucho, sino que tiene mucho azufre y les da diarrea", señala. A don Roberto le sucede en su propiedad privada lo que a Estados Unidos como país a gran escala. El gobierno se queja de que no tiene forma de darles trabajo, de que entran sin su permiso, no pagan impuestos y que requieren de muchos servicios. Muchas veces, agrega el ranchero, llegan huyendo de la Patrulla Fronteriza, quienes por lo general nunca los pueden alcanzar ya que los inmigrantes son más abusados y se pierden entre los arbustos mientras la migra los busca como locos. Por eso me destruyen la malla, insiste. "Si fuera necesario y si yo supiera que me la van a cuidar les pongo una escalera y que se suban por ahí, pero tampoco me la van a creer, porque van a pensar que es una trampa, nadie va a pensar que lo hacemos por ayudar o por que no se maltrate la reja". Admite que también llegan mexicanos y lo primero que le piden es trabajo antes que comida o agua, pero tampoco puede ofrecerles mucho pues está prohibido darles esa oportunidad a los inmigrantes y por lo mismo no puede tener laborando gente indocumentada por varios días. "Yo les doy trabajo un día, unas horas. Aquí no les puedo pagar más que el mínimo que son como seis dólares por hora, y ellos son los únicos que aceptan ese salario, porque nadie mueve un dedo por menos de ocho dólares la hora", reconoce. Lo primero que debe suceder para que esto acabe, señala, es que haya una regulación que permita a los trabajadores que lleguen legalmente, "pero no tenemos la seguridad de que eso funcione, porque tendrán que pagarse además de los salarios mínimos, el seguro social, y otras prestaciones que encarecen mucho la mano de obra". Julián Rendón, un joven de 18 años de edad y quien se ha convertido en la mano derecha y todo el apoyo de su padre, asegura que son de dos a tres los visitantes que llegan cada fin de semana a divertirse a su rancho. Aclaró que a pesar de ser un rancho dedicado a producir animales para la caza, hay meses enteros en que no logran matar a uno solo, pues la intención de quienes visitan el lugar no es comer sino divertirse con esta actividad. "Aquí no pueden matarse más de 10 venados por año, los borregos y cabras sí, todas las que quieran, pero los venados son muy escasos y además necesitan nueve meses de gestación para que nazca uno y de ahí a que crezca al menos otro año", asegura. Aquí también vendemos los cebús, tenemos como 70 cabezas, y empezamos a trabajar los sementales, pero lo que nos interesa más es el espacio de la cacería, porque a la gente le gusta mucho divertirse y en eso aprovechan desde el viernes, sábado y domingo.

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