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Los latinos y el bulevar de los contrastes en Los Angeles

Los Angeles. Diario La Opinión. | 23 agosto de 2009
No es el más grande, ni el más viejo, ni el más largo, ni el más bello de Los Ángeles. Sin embargo, las 15.8 millas del bulevar Wilshire que une al centro angelino con el Océano Pacífico es una carretera de brillantes colores, etnias y sabores que representan el mejor contraste de una de las ciudades más diversas del mundo.

La pequeña carretera polvosa que Henry Wilshire abrió en medio de su sembradío de cebada en 1895, inicia desde los rascacielos en la calle Grand hasta desembocar en las playas de Santa Mónica, mostrando un paisaje urbano con las diferentes realidades y problemas sociales, políticos y económicos de esta ciudad.

"El Bulevar Wilshire es famoso a nivel mundial por ser el símbolo de la expansión de Los Ángeles del Siglo XX", expresa Kevin Roderick, autor del libro Wilshire Bulevar, gran explanada de Los Ángeles. "Por 15.8 millas, este bulevar amarra al centro de la ciudad con el Océano Pacífico a lo largo de un paseo que, como la ciudad misma, es una creación accidentada de ambiciones cívicas y arrogancias personales", añade en un pasaje de su libro.

Desde el edificio de One Wilshire, se inicia esa escalada virtual, como lo define Roderick, que todo angelino debería recorrer.

El paisaje rodeado de rascacielos y de hombres de saco impregnan la primera cara del bulevar entre oficinas, bancos, restaurantes y un sinnúmero de nuevos condominios y apartamentos.

Sin embargo, la ornamentación empieza a deslucirse hacia el oeste ante la llegada de uno de los vecindarios más representativos de los latinos: Westlake.

Ahí Juan Gómez a diario aborda la unidad 720 del Metro y recorre desde el parque MacArthur hasta su trabajo de cocinero en West Los Angeles.

"Yo no lo recorro por turismo, sino por necesidad", aclara en la esquina con la calle Alvarado. "Y sí es cierto, se ve de todo, chinos, latinos, negros, gabachos, de todo", añade.

Este vecindario muestra el primer contraste frente a las aceras salpicadas de suciedad y pobreza.

Según la Oficina del Censo, para el año 2000 esta parte de la ciudad que incluye los vecindarios de Lafayete Park, Filipinotown y el Parque MacArthur tiene una población de 103 mil residentes, con casi 70% de latinos viviendo en una de las zonas más densamente pobladas de la ciudad.

Los ingresos promedio de sus residentes no sobrepasan los 28 mil dólares anuales y las estadísticas del Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD) para la división Rampart reportan ya 11 homicidios a la fecha y más de 485 robos mayores, sin contar el pequeño tramo que cubre la nueva delegación Olympic.

"Pues no es Beverly Hills, pero es mi barrio", defendió un residente que sólo dijo llamarse Raúl cerca del parque MacArthur.

A medida que los ojos de los caminantes del bulevar se hacen más sesgados al entrar en Koreatown, los olores a especias orientales y al ajo anuncian la llegada de los negocios asiáticos que con sus letras ilegibles hablan de otra cara más de este bulevar.

Pero los latinos aún siguen ahí. Salvadoreños, peruanos y guatemaltecos llevaron sus consulados cerca de los históricos edificios de la Universidad Southwestern, la iglesia presbiteriana Immanuel, la Wilshire Christian Church o el imponente domo del Wilshire Boulevard Temple, iconos históricos de esta arteria.

Frente al histórico teatro verde Wiltern muere la pequeña línea púrpura del Metro de Los Ángeles que promete seguir escarbando el bulevar para llegar algún dia —subterráneamente— al océano.

En esta esquina, las caras aún son latinas, afroamericanas, del medio oriente y asiáticas pero sin embargo, Windsor Square y Hancock Park empiezan a dar un color más claro al cabello de los residentes y un nivel de vida más elevado del que se vive al este.

Hancock Park tiene apenas 9,800 residentes según el Censo y el 70.7% de ellos son blancos. Los ingresos promedio de una familia son de 85,277 dólares y la estación Wilshire del LAPD apenas reporta dos homicidios a la fecha y solo 283 robos.

"Está bien, ¿sabes?, es tranquilo, bonito", subraya escuetamente Dred Ferguson en la esquina con la calle Keniston.

Y a medida que el bulevar entra al oeste, la cultura y el arte lo empiezan a embellecer aún más con la llegada de The Miracle Mile.

Aquí los rótulos de Pompeya y la Villa Romana, una presentación del Museo de Arte Contemporáneo, contrastan con grandes esculturas y réplicas de dinosaurios fotografiadas por turistas y residentes de cabellos dorados.

A medida que el bulevar empieza a encorvarse en la calle San Vicente, empieza a vestirse de glamour y extravagancia con la llegada de Beverly Hills, una zona, para muchos, sinónimo de lujo y riqueza.

La famosísima Rodeo Drive lo atraviesa. Su asfalto comienza a ser aplastado por lujosos carros Bentley y Rolls Royce que reemplazan los carros más sencillos de otras zonas.

Tiendas de Vuitton, Versace, saunas, salones de belleza, cirujanos plásticos, tiendas de subastas y antigüedades ostentosas, así como los cuerpos rojos y sudorosos sin camisa corriendo sobre sus aceras se convierten en el paisaje diario.

Pero Wilshire también se eleva académicamente. El universitario vecindario de Westwood le adhiere cientos de edificios lujosos, multiapartamentos y cafeterías repletas de estudiantes.

Aquí las 46 mil almas que viven cerca de UCLA, según el Censo, son las más educadas de la ciudad, y cuentan con un ingreso promedio de 68 mil dólares anuales.

Su índice de delincuencia es muy bajo. La División del Oeste del LAPD apenas arroja un homicidio a la fecha y 155 robos mayores.

"De verdad que es bien largo, bien representativo", sostiene Pedro Ramos, justo frente a la estatua de Santa Mónica, en el parque Palisades donde el bulevar muere frente a las costas del Pacífico en medio de restaurantes, turistas y playa. "No lo había visto de esa forma, pero en realidad con todo lo que se ve, es como un museo viviente", agrega.


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