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En el campo, los inmigrantes viven sólo con lo primordial

Andres R. Martinez, The Monitor. Desde Ottawa, Ohio. | 27 de Noviembre de 2006 a las 00:00
Ninguno de los tres hombres de pie afuera de esta casa de alojamiento blanca dijo que quería quedarse en los Estados Unidos. Separados de sus casas y familias en México, a duras penas logran una exigua existencia, levantándose a las 6 a.m. todos los días para recoger maíz Meijer, pimientos y calabazas miniaturas en los campos del Condado Allen. "Vivimos una vida primordial aquí", dijo Marcos Andrade de 34 años del estado costero de Veracruz, México. "Solamente los más pobres y los más aventureros pasan", dijo él. Ganando 6 dólares por hora y algunas veces hasta 10 cosechando pimientos, los tres trabajan todos los días durante ocho horas en el sol para regresar a una casa de ocho habitaciones que comparten con otros seis inmigrantes. Esta noche están observando la televisión y tomando algunas cervezas para pasar el tiempo. Podrían jugar a la baraja, probablemente hasta al dominó, pero muy pocas otras cosas hay para poder distraerse de su delicada situación como inmigrantes indocumentados. Hacen esto seis días por semana, solo rompiendo el ciclo para conducir a Wal-Mart los domingos para ir a comprar despensa y para enviar a casa hasta 400 dólares cada semana a sus familias en los estados mexicanos de Oaxaca, Toluca e Hidalgo. Cada inmigrante indocumentado en esta casa de alojamiento tiene una situación familiar diferente. En Ohio al cambiar el otoño a invierno, cada una de ellas enfrentan la misma decisión: regresar a su casa en Mexico o dirigirse a una ciudad en el Sur y probablemente trabajar en las cosechas allí. ¿Vale la pena? Descansando su codo derecho contra una camioneta pickup Ford F-150 negra, Jesús Medina, de 42 años, hace el papel de un trabajador del campo novato, como si fuera su primera vez trabajando de manera ilegal en los Estados Unidos. Tímido y renuente, cuenta como le llevó tres días cruzar el desierto de Arizona junto con otros 30 inmigrantes. Con los pies ensangrentados y espinas profundamente incrustadas en sus piernas, llegó a una ciudad en Arizona donde un amigo viviendo en Georgia arregló para su transportación al norte. En total, desembolsó alrededor de mil 500 dólares para darle a su amigo, quien pagó a los coyotes, o contrabandistas, para que cruzaran a Medina por el desierto. Todavía debe 300 dólares de eso. Ahora, después de pocas semanas en el Condado de Allen, no ha podido mandar mucho dinero a su casa para sus cuatro hijos en Hidalgo, y se esta cuestionando si vale la pena quedarse. Medina ha enfrentado esta decisión antes. Al desvanecerse su timidez, admite que no es su primer, sino su tercer viaje ilegal a los Estados Unidos. Su primer viaje al Norte por Texas en 1999 fue el más difícil. Los agentes de la patrulla fronteriza lo atraparon cruzando y lo regresaron a México. Esperó varios días y volvió a cruzar. Logró llegar a Tennessee y cosechó tabaco durante un año completo antes de regresar. Luego en el verano del 2001 volvió a cruzar, solo para irse dos meses después del 11 de septiembre del 2001 por el ataque terrorista. Temió que nadie querría contratar a inmigrantes indocumentados por algún tiempo. Ahora esta de regreso, pero duda si vale la pena quedarse. "El dinero no esta aquí", dice Medina. En los campos Mauricio Villarreal Martínez, de 41 años, esta sentado en el tirón de la F-150, frotándose las rodillas. No ha podido trabajar durante semanas. Su artritis de la infancia lo esta atacando, y él, también, esta dudando si vale la pena quedarse en Ohio, o en los Estados Unidos. Su esposa y cuatro hijos viven en el estado mexicano de Toluca. Aun si Villarreal fuera saludable, no esta seguro que el dinero sería lo suficiente uniforme para mantenerlo en Ohio. Los agricultores de los Condados de Allen y Putnam dicen que están en una situación difícil, incapaces de encontrar suficientes trabajadores que recojan las cosechas. Hay menos trabajadores, dicen, por causa de las restricciones más estrictas en la frontera que detuvieron el flujo regular de inmigrantes. La casa de alojamiento en que viven Andrade, Villarreal y Medina esta medio vacía. En un tiempo albergaba a cuatro o cinco familias. Y la falta de trabajadores significa que los campos quedarán sin levantar. Aun si hay más personas presentándose a pedir trabajo, los agricultores dicen que no podrían pagarles este año porque la producción ha sido mala. Por ejemplo, demasiada lluvia arruinó los campos de la fresa cerca de Pandora, Ohio, recortando el resultado final. Villarreal contempló trabajar en las fábricas de la ciudad como otros inmigrantes indocumentados. Los agricultores son menos estrictos cuando de verificar documentos de trabajo se trata, dijo él. Los trabajadores pueden permanecer menos visibles más fácilmente de la criminología local en los campos que en las ciudades como Lima. Medina esta de acuerdo que el trabajo de fábrica sería más estable y probablemente en ocasiones pagaría mejor, como el trabajo que tuvo durante ocho años como guardia de seguridad en Hidalgo, México. Cambiándose con las temporadas Andrade no desea pagar por la estabilidad que podría ofrecer un trabajo en una fábrica. Con entrenamiento de mecánico, ha evitado quedarse en un lugar estos últimos cinco años. Desde la primera vez que entró en los Estados Unidos, ha trabajado en Georgia, Tennessee y Carolina del Norte recogiendo diferentes cosechas, a diferencia de permanecer en Lima y trabajar en una fábrica. Moviéndose con las temporadas significa menos costos. Un estilo de vida fijo significa que estaría enviando a casa mucho menos de los 300 a 400 por semana que manda ahora. "Si me quedo aquí, tengo que pagar renta y comprar un carro", dijo Andrade. "Después de dos o tres meses, te endeudas". Planea regresar a Tennessee este mes para la cosecha de tabaco. Comprará un boleto de autobús, sin saber si habrá trabajo hasta que llegue allí.

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