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Amarga navidad

Por Jaime Hernández, diario El Universal de México. Desde Los Ángeles, California. | 23 de Diciembre de 2006 a las 00:00
Por primera vez en su vida, la familia Rosas no tendrá una Navidad. Atrapada en un reloj de arena, que desgrana demasiado aprisa, esta familia de inmigrantes mexicanos vive con la sensación de que los días discurren en dirección contraria a la de sus sueños. Unos sueños que estuvieron a punto de hacer realidad tras 20 años de intenso trabajo y que hoy están a punto de irse por la borda, tras recibir el ultimátum de un juez para abandonar Estados Unidos antes del próximo 20 de enero. "Este año nos han robado la Navidad. Durante casi cuatro años hemos hecho hasta lo imposible para evitar la ruptura de nuestra familia y la deportación hacia México. Y durante todo esto tiempo hemos conseguido salir adelante. Pero las autoridades de migración no quieren escucharnos y nosotros vivimos estos días como si se tratara de una pesadilla", dice Ana Berta Rosas, mientras su voz se ahoga en un sofoco de llanto y sus hijos la observan entre afligidos y desconcertados. Hace escasos días, la familia encabezada por José y Ana Berta Rosas tomó una decisión. En caso de que el Tribunal del noveno circuito de California le niegue la última apelación, su familia será partida en dos para que sus dos hijos menores y de nacionalidad estadounidense puedan permanecer en Estados Unidos, mientras que ellos prosiguen con su batalla judicial desde México. "Tenemos cuatro hijos. Dos de ellos de nacionalidad mexicana y dos de nacionalidad estadounidense. En caso de que el juez desestime nuestra apelación, sólo nos iríamos con uno de nuestros hijos, ya que la mayor de nuestras hijas está casada con un ciudadano estadounidense. Sin embargo, los más pequeños quedarían bajo el cuidado y responsabilidad de la Coalición Latinoamericana Internacional, la organización que se ha ofrecido a apadrinarlos. Es muy duro romper a tu familia, pero no podemos permitir que el futuro de todos nuestros hijos se vaya por la borda", asegura Ana Berta, mientras su pequeña hija Citlali le aprieta la mano y su hijo Arnold le da la espalda y mira hacia otro lado con aire ausente. ¿En que momento el sueño americano de la familia Rosas se convirtió en pesadilla? Esa es la pregunta que Ana Berta y su esposo José se han formulado una y otra vez con la esperanza de desandar el camino y conseguir que las cosas vuelvan a su estado idílico, en aquel otoño de 2001, cuando decidieron que ya había llegado el momento de comprarse una casa en la ciudad de Rialto e iniciar los trámites de residencia y ciudadanía. "Recurrimos a un abogado que nos dijo que, al tener más de 10 años como indocumentados en este país, podíamos calificar para la residencia solicitando el asilo político. Pero ya fue demasiado tarde cuando nos dimos cuenta de que aquello no era verdad. Nunca nos dijeron que la solicitud de asilo político nos colocaría en la antesala de la deportación", asegura mientras desliza el nombre de Walter Burrier, el abogado que los estafó y colocó en la lista negra de las autoridades de inmigración. Indefensos ante la estafa "La indefensión es la clave de este proceso que, de ser ganado, podría ampliar sus beneficios a millones de indocumentados que, al igual que la familia Rosas, han sido estafados por abogados sin escrúpulos", asegura Osvaldo Cabrera, dirigente de la Coalición Latinoamericana que ha decidido asesorar a esta familia de inmigrantes originarios de Michoacán. El caso de José y Ana Berta Rosas es idéntico al de millones de indocumentados que un día pagaron los servicios de un coyote para cruzar la frontera y perderse entre ese torrente caudaloso de mano de obra barata que, cada año, es absorbida por una economía que genera medio millón de empleos poco calificados que la mayoría de los estadounidenses se resisten a realizar. "Hemos trabajado muy duro durante casi 20 años y, aunque somos indocumentados, siempre hemos cumplido religiosamente con nuestros impuestos. Somos buenos ciudadanos, aunque legalmente no lo seamos. Las leyes, los jueces y los políticos de este país nos siguen tratando como ilegales, como ciudadanos de tercera", musita Ana Berta Rosas mientras espera, entre amargada y dolida, la que seguramente será la peor Navidad de su vida.

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