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El sueño americano visto por mexicanas

Por Julia Preston, The New York Times. Desde San Antonio, Texas. | 23 de Diciembre de 2006 a las 00:00
Es el cuarto tiempo en el partido de futbol americano más importante del año y la Preparatoria de San Antonio lleva una ligera ventaja sobre su archirrival. Casi todos los espectadores están de pie y gritan, excepto Raquel Rodríguez. Su hijo Jaime, defensivo que está en la banca, camina de lado a lado, paralelamente a la línea lateral, impaciente por una oportunidad para entrar en acción. Temblando, vestida con un abrigo de vinil y tacones altos, Rodríguez apenas sigue el juego, obsesionada con las cuentas de teléfono celular de la familia, las cuales sostiene sobre su regazo. Calcula cuándo podrá pagar los poco menos de 180 dólares mientras ruega que Jaime, de 18 años, no sea enviado al campo de juego por temor a que si algo le pasa el seguro de salud no alcance a cubrir sus lesiones. "No soporto verlos pegándole a mi hijo", señala entre suspiros, y confiesa que 11 años después de haberse mudado aquí, proveniente de México, aún no entiende este deporte y mucho menos se siente parte del estilo de vida estadunidense que tanto le gusta a Jaime. Sin embargo, el solo hecho de que Raquel esté en las gradas es parte de sus muchos logros como inmigrante: es la mayor de nueve hermanas originarias de Monterrey –ciudad industrial localizada al norte de México– y la única de su familia que tiene documentos legales para residir en Estados Unidos. Reporteros y un fotógrafo de The New York Times pasaron una semana de octubre siguiendo a Rodríguez y a dos de sus hermanas, Verónica e Irma, quienes se comunican principalmente en español, para dar una idea de la experiencia de la inmigración estadunidense a través de las vidas turbulentas y entretejidas de una familia de México. El estatus de Raquel como inmigrante legal ha sido un privilegio pero también una pesada carga. Aseguró una vida estable en la Unión Americana, en compañía de su esposo y sus dos hijos (Jaime y Gabriela), en una situación mucho mejor que cualquier cosa que ella hubiera esperado en su tierra natal. Sin embargo, no se siente tranquila en este lugar y sigue incesantemente embrollada en la lucha por apoyar a sus hermanos. La inmigración es a menudo un asunto familiar con tintes caóticos. Esta madre de familia y sus hermanos –cuyos nombres se omiten porque llegaron ilegalmente a Estados Unidos– crecieron bajo el mismo techo lleno de goteras, con el mismo padre abusivo y en la misma pobreza que a veces los vio mendigar por comida. Muchos años después lograron progresos económicos, pero las tentaciones y frustraciones de la inmigración han separado a la familia, pues ninguno de sus miembros está completamente seguro de haber seguido el camino correcto. De cualquier forma, el hogar de Raquel sigue siendo un oasis para los suyos, "ellos son siempre lo primero", dice enfática. Cuenta que nunca se sintió atraída por Texas ni por el sueño americano. Dejó México obligada por la necesidad y el dolor. "Voy a trabajar duro má, para que pueda tener algo", le dijo a su madre cuando tomó la decisión de venir a la Unión Americana. "Así no tendremos que pedirle nada a nadie, como cuando éramos niños". Si bien Monterrey se localiza apenas a 240 kilómetros de la frontera con Texas, cuando esta mujer residía en esa ciudad, Estados Unidos podría haberle parecido otro continente. Su madre y sus hermanos vivían en una habitación, bajo un techo de estaño, entre muros de concreto. Raquel relata que su padre alcohólico era agresivo y violento, y que se separó de su madre al poco tiempo de haberse casado, pero solía visitarla una o dos veces al año, borracho y exigiendo sexo. Cuando las visitas cesaron, la pareja ya tenía nueve hijos. Rodríguez, normalmente fuerte, llora cuando habla de su papá. Su mirada refleja heridas psicológicas permanentes a causa de los golpes, manifiesta. Recuerda que cuando tenía 14 años, su padre intentó desalojar a la familia y apropiarse de la casucha donde vivían para instalarse ahí con una nueva pareja. Agrega que dejó la escuela y empezó a trabajar como cocinera en una misión cristiana para ganar dinero. Durante varios años, cada sábado, su papá llegaba al lugar donde laboraba para cobrar su salario. Si bien aún era una niña, Rodríguez asumió el rol de cabeza de familia de su bullicioso hogar. En ese entonces protegía a los niños pequeños de los puños de su padre, incluso les daba órdenes y les insistía constantemente para asegurarse que fueran a la escuela. Su vida empezó a cambiar cuando cumplió 18 años y conoció a Jaime Ramírez en una pista de patinaje de Monterrey. Contrajeron matrimonio en 1982. Años después, añadió Raquel, su marido empezó a frecuentar la cantina de la esquina y temía que él se hiciera alcohólico como su padre. Cuando Jaime le propuso que probaran vivir un año cerca de una de sus hermanas, en San Antonio, ella estuvo de acuerdo porque pensó que radicar en Estados Unidos sería una forma de alejar a su marido del alcohol. Su oportunidad para inmigrar legalmente llegó por pura suerte, ya que su cuñada se casó con un estadunidense. Una vez que ella se convirtió en ciudadana naturalizada, solicitó la residencia para Jaime, Raquel y su hija Gabriela. Jaime, su hijo, era ciudadano norteamericano porque nació en Texas durante una breve estadía de la pareja en ese estado. Jaime Rodríguez empezó a trabajar de inmediato en JV Transmissions, el taller mecánico de su cuñado. Por su parte, Raquel fue contratada como mesera en el restaurante Dos Pedros, un acogedor local mexicano. No sabía ni una palabra de inglés, pero rara vez tenía un cliente que no hablara español. A veces trabajaba dos turnos, durmiendo apenas dos horas. Si bien los Rodríguez eran inmigrantes legales, vivieron como refugiados a lo largo de varios años. Compartían un departamento con los padres de Jaime. Raquel cuenta que sus suegros dormían en una cama, mientras que ella y su familia dormían en el suelo. Sin embargo, el ama de casa nunca se olvidó de sus parientes en México. Varios de sus hermanos empezaron a pedirle ayuda para comenzar de nuevo en Texas y ella se sintió obligada a apoyarlos. El primero en llegar fue Cutberto, el sexto de sus hermanos, a quien le insistió que se quedara en Texas. Al poco tiempo el departamento de sus suegros en San Antonio albergaba a nueve personas. Posteriormente, Raquel y su marido se mudaron a otro lugar, pero la nueva morada seguía atestada. Su hermana Irma envió a su hija mayor a vivir con Raquel, para que así la niña pudiera estudiar la secundaria en Texas. Posteriormente llegó Irma, trayendo consigo a otras dos hijas que también se quedaron en el país. En un momento dado, cuando Verónica trajo a su familia, el número de personas en el departamento de los Rodríguez llegó a 10. En aquel entonces los temperamentos explotaban y las puertas se azotaban constantemente. A lo largo de los años, Raquel ha invertido en ambos lados de la frontera. Hace ocho años obtuvo un empleo en una cafetería escolar, lo cual era un ascenso en comparación con su trabajo de mesera en el restaurante, debido a que cuenta con seguro de salud. Poco tiempo después, ella y su marido pagaron 69 mil dólares por una casa campestre de dos pisos, de tono rojizo-naranja, en una apacible cerrada de San Antonio. En el mismo periodo, Rodríguez construyó una modesta casa para su madre en el barrio regiomontano donde creció, unos cuantos metros más adelante de la morada donde vivió la familia. La fuerza de atracción que México ejerce sobre Raquel aún es fuerte, como un encanto. Vuelve a su tierra natal en Pascua y durante las vacaciones escolares. En Navidad deja a su marido e hijos en San Antonio para celebrar con su madre y hermanos en Monterrey. Rodríguez previó que vivir en Estados Unidos implicaría un duro trabajo. Y así ha sido. Señala que le agrada su empleo porque, despues de ocho años, sabe que lo hace bien. "Cuando sabes hacer tu trabajo, nadie te grita", expresa. Sin embargo, ya empezó a preocuparse por su resistencia física. Gana 8.43 dólares la hora, llevando a casa menos de 12 mil dólares al año. Se mueve constantemente entre un enorme congelador y la ola de calor junto a la estufa. Le duele una cadera y sus nudillos, mismos que a menudo están sumergidos en el agua, lavando los platos; se queja de que están inflamados a causa de la artritis. "Sería agradable", dice con discreción, "tener un empleo en el que pudiera pasar algún tiempo sentada". A su marido le ha ido bien en Texas, anota, pues ha trabajado mucho, se ha mantenido por el buen camino y ha sido un buen padre, educando a sus hijos para que practiquen deporte y se mantengan lejos de los problemas. Su hija Gabriela se casó con un inmigrante mexicano cuyo estatus es legal. Él es contratista de la construccion, cuyo negocio está en auge. Su hija Hanna, apenas una infante, es estadunidense. Gabriela juega en una liga de futbol femenil en San Antonio. A sus 18 años, Jaime hijo está más adaptado al modo de vida americano. No sólo pertenece al primer equipo de futbol en la universidad, sino que también es un buen alumno que tiene planes de mudarse a Phoenix para estudiar en una institución técnica el próximo año, lo cual es un salto educativo para una familia que, apenas hace poco, celebraba su primer diploma de bachillerato con la graduación de Gabriela. Hombre corpulento de mandíbula cuadrada, Jaime exuda autoconfianza. Pasando fácilmente entre el inglés y el español, favorece al primero, aun a sabiendas de que su madre no siempre puede entenderle. Cuando le pidieron que describiera su identidad, Jaime, nacido en la Unión Americana, responde de inmediato, totalmente en inglés: "sí, soy mexicano". Se siente orgulloso de sus raíces, pero eso no significa que desee vivir en México. Raquel Rodríguez no está segura de qué quiere ser. Tiene muchos amigos en San Antonio y su iglesia, la St. Bonaventure, está a unos cuantos pasos de su casa. Si bien ella puede adquirir la ciudadanía estadunidense, cualquier acción con miras a hacerlo sería para fines estrictamente prácticos. Irónicamente sería una forma de unificar a su familia mexicana ya que, como norteamericana, podría solicitar documentos de residencia para sus hermanos. "Lo haría para ayudarles a mis hermanos y hermanas", expresó.

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