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Inmigrantes a menudo dejan su profesión en su país

Washington. Agencias. | 6 de Junio de 2010 a las 00:00
Cuando recibió la noticia de que ganó la residencia estadounidense en una lotería, Charles Migwi Karugu se imaginó lo que sería su vida en Estados Unidos. Construiría edificios hermosos. Hallaría prosperidad y oportunidades. Ayudado por su suerte y su educación, haría realidad el llamado sueño norteamericano. Fue así como en 2004, luego de ganar la residencia, este arquitecto keniano de 52 años se vino con su familia a Wichita, pero la tierra prometida que encontró no fue la que esperaba. Por más educado que fuera, por más calificado, no podría ejercer su profesión. "En todo país uno tiene que tener una licencia", expresó. "Mi objetivo es obtener la licencia y volver a construir edificios". Karugu, quien trabaja como capataz de obras de construcción, representa una experiencia inmigrante de la que se habla poco: la de profesionales muy preparados, con éxito en sus carreras, que no pueden ejercer su profesión en este país. Es por ello que hay médicos que conducen taxis, ingenieros que trabajan de meseros, panaderos con títulos de abogado. La transición no es fácil. Muchos refugiados, ganadores de los sorteos de residencias, personas con visas deben dedicarse a otra cosa debido a la barrera del idioma, porque no tienen las credenciales indicadas, para salir de apuros económicos y porque muchos piensan que el inmigrante no es tan calificado como el nativo. "Hay muchos refugiados que tienen muy buena preparación", comentó David Holsclaw, director del Centro Don Bosco de Inglés como Segundo Idioma. "Médicos, abogados, ingenieros... La verdad es que uno rara vez se dedica en primer lugar a su profesión. Las exigencias de la vida del inmigrante hacen que resulte difícil hacer eso". En consecuencia, dicen los expertos, se desperdician los conocimientos de esta gente, se malgasta un gran capital humano y personas calificadas viven penurias de las que pocos hablan al abordar el tema de los inmigrantes. Esto es prueba de que Estados Unidos, por más que siga siendo una nación de inmigrantes y tierra de oportunidades, resulta un sitio difícil de conquistar, incluso para los recién llegados más educados. Jol Ghazi ofrece otro ejemplo. Supo ser un profesional bien remunerado, pero ahora encara un panorama económico sombrío en Kansas City y se pregunta cómo hará para mantener a su familia. Dejó todo en Irak. "Dejé 52 años de mi vida", comenta. Trajo a su familia porque es más seguro y en la esperanza de darles una mejor vida a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Lleva aquí un par de meses y asiste a clases de inglés. La organización Servicios Vocacionales Judíos (Jewish Vocational Services) lo ayudará con la alimentación y el alquiler durante cinco meses. Luego deberá encontrar trabajo.

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