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Migración y xenofobia en los comicios de EU

Washington. Por Mauricio Farah Gebara, Milenio.com | 1 de Noviembre de 2010 a las 00:00
El martes el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, medirá el grado de aceptación que tiene entre la población latina. Algunos miembros de esta comunidad están desilusionados de Obama porque no ha cumplido su promesa de campaña de llevar a cabo una reforma migratoria. Si no lo hizo en 2009, la expectativa se redujo en 2010 porque los años electorales siempre han sido difíciles para avanzar en temas tan sensibles. Tan es así, que en este año ni siquiera fue posible someter a votación en el Congreso la iniciativa llamada Dream Act, un proyecto orientado a legalizar a cerca de 800 mil estudiantes indocumentados que cumplan dos requisitos: haber estado en el país al menos cinco años e inscribirse para cursar estudios superiores o en las fuerzas armadas. No obstante lo anterior, durante 2010 Obama y los demócratas han refrendado las promesas que les redituaron apoyo en 2008 entre la comunidad latina. El presidente incluso dejó ver el propósito electoral de sus declaraciones: “Si los latinos no participan en esta elección, entonces habrá menos votos y será menos probable lograr esto (la reforma migratoria integral).” Por si no quedaba claro, agregó, en el programa radial de audiencia latina “Piolín por la mañana”: “Si no aumenta el voto latino en esta elección, creo que va a ser mucho más difícil y es por eso que yo creo que es muy importante que las personas se enfoquen en votar el 2 de noviembre”. Los republicanos, por su parte, también apostaron por abordar el tema migratorio: anunciaron que propondrán reformas legales para que no haya más “bebés ancla”, es decir, que los nacidos en Estados Unidos de padres indocumentados jamás puedan llegar a ser ciudadanos estadounidenses. La idea de los republicanos, liderados en este caso por Russel Pearce, senador de Arizona, y Daryl Metcalfe, representante por Pennsylvania, es modificar la Enmienda 14 de la Constitución, que en su primer punto establece que todas las personas nacidas o naturalizadas en Estados Unidos y sometidas a su jurisdicción son ciudadanos de los Estados Unidos y de los estados en que residen. Agrega la enmienda que ningún estado podrá negar a cualquier persona que se encuentre dentro de sus límites jurisdiccionales la protección de las leyes. Esta es una enmienda esencial en la protección de los derechos humanos de los inmigrantes indocumentados y de sus hijos, por lo que, de lograr modificarla, los republicanos estarían limitando gravemente los derechos de los inmigrantes. En intentos anteriores para lograr una reforma migratoria, el factor de negociación más relevante de los antiinmigrantes ha sido que, antes de abrir opciones de regularización a 12 millones de indocumentados y antes de establecer programas de trabajadores temporales, se refuerce la vigilancia en la frontera y se eleve al cien por ciento su eficacia. Ahora, tal vez, estén sembrando otra moneda de cambio: sí a la reforma, pero no a la ciudadanía de hijos de indocumentados, aunque ello contradiga el espíritu de su Constitución y la esencia misma de los orígenes de Estados Unidos. Por ello tanto el presidente Felipe Calderón como la canciller mexicana, y especialmente el Senado de la República, habrán de intensificar el cabildeo entre los personajes clave del debate en Estados Unidos, a fin de pugnar para que la negociación respecto de la reforma salvaguarde derechos fundamentales de los migrantes. Una reforma en la materia debe significar avances en la humanización de la migración y no retrocesos como los que pretenden ahora quienes se han pronunciado no sólo en contra de los llegan a Estados Unidos sin documentos sino, incluso, en contra de los que todavía no nacen. Demócratas y republicanos, pues, han dado a los electores razones para votar por ellos; los primeros cortejando el voto latino, y los segundos buscando el voto antiinmigrante. ¿Qué es lo que hace tan relevante pronunciarse en favor o en contra de los inmigrantes latinos? Que 15 por ciento de la población de Estados Unidos es de este origen. En efecto, de los 310 millones de habitantes de Estados Unidos, 47 millones son de origen latino, y de éstos 30.8 millones (64%) son mexicanos. Para quienes no desean que este peso porcentual se incremente, la tendencia demográfica es alarmante: de 2000 a 2008, la población hispana creció en 32 por ciento; la no hispana en 4.3. Este martes se sabrá si el voto latino sigue creyendo en la promesa de Obama, y si es así qué tanto peso tiene, y se sabrá también qué tanta adhesión logra la idea de impedir que los hijos de indocumentados no sean nunca ciudadanos de los Estados Unidos. Esta vez los partidos no ocultaron sus posiciones en vísperas de la jornada electoral. Veremos cuál es la respuesta de los votantes.

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