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La prisión de no tener papeles

Berna. Por Corinne Buchser, Swissinfo.ch | 20 de Diciembre de 2010 a las 00:00
Se estima que en Suiza viven entre 70.000 y 180.000 extranjeros sin documentos que acrediten la legalidad de su estancia dentro del país. Una de ellas es Ana Lilia Sánchez. Tras 14 años de vivir como indocumentada en Suiza, esta colombiana ha recibido finalmente su permiso de residencia, en un caso calificado como especial o "de rigor" por las autoridades de inmigración. “El permiso de estancia es el mejor regalo, aún no lo puedo creer”, indica con gran emoción esta mujer de 41 años de edad. El miedo de que la descubriesen y la deportaran del país lo llevó consigo todos estos años. “Me daba pánico cuando un policía se me acercaba o sonaba el timple de casa de forma inesperada”. "Estar sin papeles es como vivir en una prisión”, indica esta delicada mujer con diminutos aretes de oro y rizos recogidos con un listón, al explicar que en esas condiciones es imposible rentar un departamento, tener un móvil o acudir al médico. Ana Lilia*, con sus vaqueros y una sudadera gris, recuerda que una conocida en sus mismas condiciones se rompió la pierna, pero no se atrevió a ir al hospital. Gracias al apoyo del Servicio para Indocumentados, ahora la joven colombiana –quien a lo largo de estos años ha estudiado con tenacidad y grandes resultados el alemán- , tiene desde hace dos años un seguro en caso de enfermedad. No tiene grandes conocimientos en cuanto a la política inmigratoria helvética, pero le queda claro que sería difícil otorgar documentación de estancia legal a todos los inmigrantes sin papeles. No obstante, afirma que cada caso debería ser analizado por separado. “No somos ‘sin papeles’, somos personas con un corazón y una familia”. Sánchez tampoco comprende el porqué de la prohibición de trabajar en el servicio doméstico o en tareas de jardinería para aquellos sin documentos de estancia, como se encuentran muchos inmigrantes cuya solicitud de asilo ha sido rechazada. Tareas en las que de cualquier forma son pocos los suizos que se prestan a realizarlas. El trabajo la hizo llegar a Suiza hace 14 años. Sustituyó en un empleo de limpieza a su prima, a causa de un embarazo. Así inició su vida en este país en un pequeño cuarto sin ducha ni cocina… sin familia y sin hablar el idioma local. Para llamar por teléfono a su país debía comprar una tarjeta por 10 francos que apenas servía para hablar unas cuantas palabras con su madre y su hija. “Lloré mucho al principio, pero estar sola aquí también me hizo más fuerte”. Ana Lilia no tuvo una situación económica fácil. Su madre obtenía el pan de cada día lavando, no con máquina sino sobre piedra y jabón. Cuando ella enfermó, Ana Lilia debió dejar de ir a la escuela y empezar a trabajar. Su padre tuvo un accidente mortal a la edad de 49 años. Su madre, ella y sus cinco hermanos estaban al desamparo. Sin formación, esta mujer quería un mejor futuro para su propia hija. El precio que ha pagado por ello ha sido alto. La ha visto apenas tres veces en todos estos años pues la pequeña vive con su abuela en Colombia. “Pero pienso todo el tiempo en ella. Eso me da fuerza”. Gracias a su trabajo doméstico en Suiza puede apoyar financieramente a su madre y pagarle la escuela a su hija. “Si me hubiese quedado en Colombia, no hubiese podido ayudar a mi familia”. Para la colombiana está claro que “Suiza no está hecha para todo el mundo”. Conoce muchos extranjeros que no se adaptan a la mentalidad ni al cambiante clima helvéticos y padecen depresiones. “Suiza es un país más bien triste en comparación con Colombia”. La gente no sonríe mucho aquí, el sol brilla poco y hay poco ambiente en las calles. “Hay gente que tiene mucho dinero, pero poca motivación para hacer algo de sus vidas”, opina. “¿Y por eso debo yo ir por la vida sin una sonrisa? Tengo salud, tengo trabajo, una cama y sopa calientes, lo que no todos tienen en este mundo”. Esquiva la pregunta de si se confrontó con discriminación como indocumentada, pero tras un largo silencia describe que conoce de casos de empleadores que ocupan a indocumentados y después no dan la paga prometida. Fue el caso de una conocida que como costurera trabajó día y noche para una cliente haciéndole ropa y cortinas por un valor de 6.000 francos, que nunca recibió. Ahora la hija de Ana Lilia trabaja como azafata y puede ganarse así la vida. No obstante, Ana Lilia ve su futuro en Suiza y no en Colombia. Espera que ahora con su permiso de estancia en regla pueda obtener un empleo en un hospital o en una fábrica. Su sueño es tener casa propia en las afueras de Berna, su “segunda patria”.

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