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Las madres que emigran pagan mayor costo emocional

Ciudad de México. CDN. | 10 de Mayo de 2011 a las 00:00
Las madres que emigran en busca de mejores condiciones de vida para sus hijos enfrentan un costo emocional mayor que los hombres, debido al papel histórico que la sociedad les ha impuesto como encargadas del cuidado de la familia, coinciden especialistas. “El varón emigrante extraña a su familia, pero se siente compensado porque cumple con su papel de proveedor económico, mientras ella, aunque sepa que salió para generar más recursos, siente, más que la separación, el abandonó de la familia”, señala Joselín Barja, sicóloga de la organización Sin Fronteras, que ofrece diferentes servicios a la población migrante. Carolina Carreño, subcoordinadora de acompañamiento sicosocial de la misma organización, asegura que si bien tienen claro que la finalidad de haber salido es para dar mejores condiciones de vida a sus hijos, las madres migrantes experimentan culpa y angustia, porque sienten que los abandonan y no saben qué pasa con ellos en su ausencia. La integrante del Instituto de Investigaciones José María Luis Mora, Leticia Calderón, sostiene que desde hace 20 años el porcentaje de mujeres que deja su lugar de origen es prácticamente igual que el de los varones. “Antes, las mujeres emigraban acompañando al marido y como dependientes económicas; ahora lo hacen por ellas mismas, para sacar adelante a sus hijos, porque son madres solteras o provienen de relaciones truncas”, expone Gabriela Díaz, responsable del Proyecto de Protección a Migrantes del Centro de Investigación y Docencia Económicas. Hoy, cerca de 12 millones de mexicanos radican fuera del país –principalmente en Estados Unidos–, y de ellos la mitad son mujeres. El costo de este movimiento migratorio también se ve reflejado en el deterioro del tejido social de este lado de la frontera, debido a que quienes se quedan al cuidado de los niños casi siempre son los abuelos, quienes en muchos casos no representan figuras de autoridad. “Cada vez vemos más niños migrantes solos, que entran a pandillas delictivas o que no completan sus estudios; hay una descomposición social”, refiere Gabriela Díaz. Calderón añade que el profundo dolor de no crecer cerca de los padres es otro de los efectos que comúnmente no se toman en cuenta al analizar el fenómeno de la emigración, pese a que tiene consecuencias dramáticas en cualquier ser humano en términos sicológicos. Otra cara de la moneda es el caso de las indocumentadas que viven en Estados Unidos y que al ser deportadas a México pierden a sus hijos, quienes permanecen en ese país por haber nacido allá. Cirila es una indígena zapoteca que dio a luz en Estados Unidos y fue víctima de la “intolerancia racial y cultural estadunidense”, pues las autoridades de ese país determinaron que no era una “madre apta” debido a que no compró la fórmula alimenticia que requería su bebé, denuncia Marta Sánchez, coordinadora ejecutiva del Movimiento Migrante Mesoamericano. Cirila perdió la patria potestad de su hija, aunque la recuperó un año después, gracias al trabajo de organizaciones sociales. “La nueva moda en Estados Unidos es que si los hijos de una mujer deportada no son recogidos a tiempo, el sistema de servicios sociales los coloca en hogares sustitutos, con familias que los acogen con pretensiones de adopción y les quitan la patria potestad a los padres”, explica la activista. A diferencia de las madres que se van y dejan a sus hijos al cuidado de familiares con el consuelo de que podrán apoyarlos económicamente, las mujeres que sufren la deportación a México y son separadas de ellos viven una verdadera tortura. “Si son chiquitos los puede mandar traer eventualmente; pero si son adolescentes es mucho más difícil que ellos acepten venir a un país y a una cultura que no conocen”, dice. La activista finaliza exponiendo el caso de Elvira Arellano como una excepción, pues pudo reunirse con su hijo y él “disfruta la familia y la libertad; se ha adaptado perfectamente”.

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