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Proponen crear comisión para trabajar en aniversario del Día de los Mártires

Ciudad Panamá. Agencia PL. | 8 de Enero de 2013 a las 13:28

La arquitecta, periodista y exministra de Estado de Panamá, Mariela Sagel, propuso crear una comisión que comience a trabajar en el 50 aniversario del Día de los Mártires el año venidero.

Su compatriota Iván Vásquez, edil del corregimiento de Ancón, presentará una moción ante el Consejo Municipal de Panamá al respecto.

Es que este año ha habido serias discrepancias porque, acogiéndose a una ley que algunos piden derogar, el Gobierno pasó la celebración de esa efemérides para el pasado lunes 7 de enero, en lugar de este miércoles 9 como correspondía.

Alfonso González, quien perdió una pierna a los 20 años durante aquellos enfrentamientos entre los estudiantes del Instituto Nacional y la guardia estadounidense el 9 de enero de 1964, considera "desagradable y ofensivo" para los mártires que se haya traslado esa fecha.

No se trata de un problema semántico, sino de contenido. Al pasarlo al lunes y sacarlo de su contexto, se desvirtúa el hecho histórico, el cual queda como un simple puente para extender el asueto. Los jóvenes de hoy, aseguran, no conocen los acontecimientos y para gran parte de ellos es simplemente una jornada de descanso y disfrute.

Esa historia, conocida como Día de los Mártires, tiene su desenlace el 9 de enero de 1964, aunque sus antecedentes más remotos datan de 1903, cuando las cuadrillas de estadounidenses comienzan a construir las obras del Canal de Panamá, culminadas 11 años después.

El Canal -y su posterior vigilancia militar- permitió que en una larga franja de cinco millas de ancho a uno y otro lado de la vía interoceánica se asentaran núcleos familiares los cuales, siendo estadounidenses por cultura, costumbres y defectos, se manifestaran como un grupo humano aparte, aunque también involucraron a otras personas de origen no norteamericano.

Es así que adoptan hasta un gentilicio, "zonians" (en inglés) o zoneítas (en español), para diferenciarse de los estadounidenses radicados en su país natal, y de los ciudadanos panameños.

Los "zonians", en su raíz, tienen muchos puntos conceptuales en común con los "afrikanders" de Sudáfrica; vivían un régimen de apartheid y en sus dominios, delimitados en toda su extensión por cercas perimetrales, no se permitía la presencia de nadie que no fuesen ellos. La discriminación era absoluta.

Estados Unidos consideraba ese pedazo de territorio nacional panameño como suyo dentro de la República y, por lo tanto, la única bandera que podía flamear en toda la Zona era la estadounidense.

Después de muchas presiones, los panameños logran que el gobernador de la Zona aceptara que junto a la estadounidense se izara también la bandera nacional, excepto en las bases militares.

Pero los estadounidenses desestiman dicho acuerdo y continúan izando solamente su bandera.

Enterados de la negativa de izar el pabellón nacional, un grupo de 200 estudiantes panameños del Instituto Nacional hablan con la gobernación y obtienen permiso para izar su pabellón y cantar el Himno Nacional al lado del asta frente a la Escuela Superior de Balboa, dentro de la Zona.

Pero al marchar hacia allí son detenidos por agentes norteamericanos de policía, con quienes acuerdan que sólo una delegación de cinco estudiantes llegue hasta el plantel a cumplir la misión para la cual habían recibido autorización.

Los cinco estudiantes tratan de cantar el Himno en el lugar de ceremonias, rodeados por más de dos mil estudiantes y sus padres estadounidenses de ese colegio, pero son abucheados y agredidos para arrebatarles la bandera.

El ataque es tremendo. Los muchachos se aferran a la bandera para no dejársela quitar, pero resulta casi imposible. Tiran de ella, la rasgan, la lanzan al suelo y la pisotean en una danza desenfrenada que llena de ira a los cinco alumnos, quienes tratan de rescatarla a puñetazo limpio.

Los agentes de policía de la Zona, en lugar de protegerlos de aquella enloquecida jauría gringa, los repelen a palazos, y con lágrimas de impotencia corren hacia donde están sus compañeros, perseguidos por los estadounidenses.

Están en minoría frente a los atacantes y se repliegan hacia una avenida cercana, donde se atrincheran para hacerles resistencia con piedras y palos. Mucha gente conoce la afrenta a la bandera y marcha hacia el teatro de los hechos, donde son recibidos con disparos y empiezan a caer heridos.

Un valeroso joven, Ascanio Arosemena, desafía los tiros para auxiliar a sus compañeros heridos de bala, y en esa tarea cae mortalmente abatido por un disparo de fusil. Es el primero de los 21 jóvenes asesinados en esa jornada patriótica.

Cae la noche y la hostilidad continúa. Suman miles los panameños que salen de todos los puntos de la ciudad a apoyar a sus jóvenes y defender la bandera mancillada. La policía zoneíta es doblegada y piden la ayuda del ejército acantonado en la zona.

El general Andrew P. O'Meara, jefe del Comando Sur de Estados Unidos, asume la autoridad y despliega la Brigada de Infantería 193 a las ocho de la noche con armas pesadas y de largo alcance.

Los fusiles y ametralladoras se imponen, las orugas de los tanques huellan el suelo patrio y todo el sector limítrofe de la Zona se convierte en un infierno.

El hospital Santo Tomás queda abarrotado de heridos y no tiene espacio para más víctimas. Pide apoyo a otros centros para que los atiendan.

Amanece igual que anocheció, con la variante de que hay nuevos heridos. Se reúnen la OEA y el Consejo de Seguridad de la ONU, donde las denuncias de Panamá son apoyadas pero sin efecto práctico alguno. Para entonces, los muertos sumaban una veintena y los heridos más de 500.

Tuvieron que pasar muchos años para que en la Zonal del Canal, hoy área revertida, flotara en solitario y soberana la bandera que con tanto amor y patriotismo defendieran aquellos cinco jovencitos en la escuela superior de Balboa, y por la cual diera su vida Ascanio Arosemena.

Han pasado 49 años desde entonces, y hace ya 13 que el Canal y su Zona son enteramente panameños.

Gracias a aquellos jóvenes y a otros muchos como ellos, los panameños de hoy pueden mirar cada día con orgullo hacia la cima del Cerro Ancón y ver cómo flota libre y única la bandera que defendieron con el alma y con la vida.


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