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Pacto entre maras hondureñas, una paz deseada

La Habana. Agencia PL. | 8 de Junio de 2013 a las 13:17

Expectación y optimismo reina en la sociedad y el gobierno hondureños tras la tregua anunciada el 28 de mayo último entre las principales maras (pandillas) rivales del país, un proceso que pudiera facilitar la paz y disminuir los homicidios.

Cero crímenes y violencia en las calles, a cambio de más trabajo y reinserción en la sociedad, resultan los principales reclamos de las maras Salvatrucha (MS-13) y Barrio 18 (M-18), protagonistas de un pacto lento, difícil y complejo, que intenta limar asperezas, superar odios y aliviar dolores.

"Buscamos lo mejor para nuestros hombres, porque queremos trabajar, sembrar una semilla, enseñar cómo podemos ganarnos la vida", expresó a la prensa un miembro de MS-13 que se identificó como Isaac Morales.

Uno de los representantes de la M-18, quien no reveló su identidad, dijo que la voluntad de ellos "no sólo es palabra", sino que quieren demostrar con hechos la disposición de "colaborar para bajar el índice de violencia".

Según datos de organizaciones de derechos humanos, en 2012 hubo en Honduras 86 muertes violentas por cada 100 mil habitantes, la tasa de homicidios más alta del planeta.

Muchos de esos crímenes son cometidos por pandilleros que, en su lucha por controlar territorios, no solo ajustan cuentas entre bandas, sino que también perpetran acciones delictivas contra la población.

Un ejemplo de ello es el cobro de una extorsión que denominan "impuesto de guerra" para permitir el paso por los barrios controlados de autobuses del servicio urbano y taxis, así como el asentamiento en esas zonas de pequeños y medianos negocios, incluso de personas individuales, y quien no paga, muere.

De acuerdo con la Unidad de Maras y Pandillas de la Dirección Nacional de Investigación Criminal, en al menos 244 barrios y colonias de 14 ciudades de Honduras imperan las leyes impuestas por esos grupos.

MS-13 y M-18 agrupan al 97 por ciento de los integrantes de estas agrupaciones delincuenciales existentes en el país, al tiempo que las edades de sus miembros oscilan entre 11 y 30 años, señala la fuente.

Algunos, incluso, forman parte de una nueva generación que prefiere no tatuarse la piel como dicta la costumbre, para no ser identificados.

Naciones Unidas, por su parte, asegura que actualmente Honduras es el país más violento del mundo, en tanto registra un promedio de 20 homicidios al día, y no menos de 600 mil personas involucradas directa o indirectamente con las pandillas, entre familiares e individuos que residen en las comunidades donde actúan los mareros.

DEMANDAS DE PANDILLEROS

Desde el interior del Centro Penal de San Pedro Sula, la capital económica de Honduras, integrantes de MS-13 y Barrio-18 anunciaron su declaración de paz, como parte de un complejo proceso negociador que lidera monseñor Rómulo Emiliani, obispo auxiliar de esa urbe norteña. Esta fue la primera vez que las pandillas dieron acceso a sus recintos carcelarios para mandar un mensaje de arrepentimiento y reconciliación con la sociedad.

Cada pandilla por separado anunció sus promesas y un pacto de no agresión, siempre y cuando se respeten mutuamente sus territorios.

La M-18 ofreció cesar el fuego, detener la violencia y abandonar otras actividades que afectan a la población, en la medida en que el Gobierno responda a sus peticiones. Mientras, los líderes de la MS-13 prometieron, sin fijar plazo de cumplimiento, cero crímenes y violencia en las calles, a cambio de oportunidades de empleos, programas de rehabilitación, diálogo con las autoridades y el cese de las ejecuciones extrajudiciales que perpetran las fuerzas de seguridad contra ellos.

Según Marco, uno de los miembros de Salvatrucha, también se detendrá el reclutamiento de nuevos miembros para su organización porque "yo tuve la mala suerte de acabar en esto y no se lo deseo a los niños, al contrario, quiero que mi hijo sea doctor, diputado o camarógrafo, no pandillero".

Durante la conferencia de prensa, uno de los integrantes de M-18 también dejó claro la falta de oportunidades para iniciar el camino hacia el cambio, y el deseo de que el Gobierno los escuche, porque se sienten parte de la sociedad.

Ante tales anuncios, los criterios a favor no se hicieron esperar, máxime cuando todos los hondureños anhelan acabar con la violencia y vivir en paz. Estamos muy contentos por este pacto que intenta impulsar la convivencia pacífica en el país, y conseguir buenas noticias en el día a día, expresó la presidenta del Consejo Hondureño de la Empresa Privada, Aline Flores.

La directiva manifestó el apoyo de su entidad a la hora de conceder trabajos a las personas que abandonen esas pandillas.

En entrevista con el diario La Tribuna, el titular de la secretaría de Seguridad, Arturo Corrales, expresó que este es un proceso donde resulta muy difícil predecir cualquier resultado, aunque debe verse con optimismo, en tanto constituye una experiencia novedosa que podría mitigar la violencia.

Aseguró desconocer el cronograma de diálogo pactado entre las maras y los sectores involucrados en este proceso, aunque dijo que el Gobierno se mantendrá al tanto, pues es un fenómeno que afecta a toda la sociedad.

El presidente Porfirio Lobo anunció la creación de un comité de seguimiento para el proceso de paz iniciado por las pandillas, iniciativa que el obispo auxiliar de San Pedro Sula calificó de lenta, dolorosa y agotadora, pero importante, porque ellos están hartos de tanta muerte.

No solo debemos apoyar a los que cumplen condenas en las prisiones, sino también a los que están en las calles y desean trabajar, porque prometieron no involucrarse nunca más en delitos, acotó Emiliani, quien se ha ganado la confianza de estos grupos al servir de mediador en otros conflictos.

Precisó que el pacto resulta incierto, pero no improvisado, pues desde el 2006 se trabaja en el mismo.

RADIOGRAFÍA INTERNA

Aunque en los años 1950 y 1960 existieron agrupaciones de jóvenes en El Salvador y Honduras que se enfrentaban entre ellas, las maras es un fenómeno característico de la década de los 80 del pasado siglo, cuando más del 25 por ciento de la población salvadoreña emigró para escapar de la violencia generada por la guerra civil (1980-1992).

Es así como muchos de esos "latinos" llegaron a barrios pobres de Estados Unidos como Los Ángeles y Nueva York, donde encontraron alojamiento, pero también desprecio, maltratos y abusos por parte de otros emigrantes, por lo cual un grupo de jóvenes salvadoreños crearon la mara Salvatrucha.

Fue en las calles 13 y 18 de Los Ángeles, en disputas entre pandilleros, que estos jóvenes aprendieron que los problemas individuales y colectivos los solucionaba el más fuerte.

Poco a poco, pero siempre con extrema violencia, la MS-13 logró posesionarse en el bajo mundo estadounidense y dejó de ser exclusivamente salvadoreña al aceptar en sus filas a hondureños, guatemaltecos y mexicanos.

Entre las actividades delictivas que con el tiempo florecieron en su seno destacan el tráfico de drogas y armas, asesinatos por encargo, extorsiones, contrabando, robo, secuestros, entre otras acciones delictivas.

Y como denominador común, esos jóvenes entre 12 y 21 años, sin educación, ni oportunidades laborales, comenzaron a identificarse por sus cuerpos tatuados de por vida en homenaje a los amigos caídos o como símbolo de su procedencia social pues venían de hogares pobres, marcados por la violencia intrafamiliar, abandono, maltrato, abuso, exclusión y marginalización.

Ese es el destino que hoy muchos pandilleros desean cambiar, cansados de plomo, sangre, persecuciones, de vivir al margen de la ley.

Añoran también ser padres y abuelos con un futuro mejor para sus hijos, aunque el camino se presenta lleno de obstáculos y sus vidas aún dependen de viejas riñas y juramentos, algo que bien sabe monseñor Emiliani, ya que no pocos de sus "muchachos rescatados" recibieron balazos por su arrepentimiento.

Sin embargo, ya las principales maras dieron el primer paso al comenzar a negociar, lo que puede abrir el sendero de los sueños de caminar libremente por las calles, sin miedo a la muerte.

*Periodista de la redacción Centroamérica y Caribe de Prensa Latina.


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