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En Honduras, 220 mil campesinos no tienen tierra, pero la trabajan

None | 25 de Julio de 2006 a las 00:00
Todos los días, don Modesto Salinas, de 71 años, se levanta a las tres de la mañana a afilar su machete para emprender un largo recorrido de 18 kilómetros hacia su pequeña milpa que sembró sobre una parcela de tierra que le prestaron. “Desde que nací”, dice, “me dedico a la agricultura”, con la cual ha dado de comer a sus cuatro hijos, hoy hombres campesinos como él. Don Modesto vive en una sencilla casa de bahareque a la orilla de la carretera Panamericana, junto a su esposa Petronila. Su casa no tiene divisiones, su piso de tierra es muy frecuentado por gallinas y pollos que picotean en busca de un grano de maíz. Don Modesto duerme sobre una hamaca de cabuya guindada de los extremos de la “sala”, en cuyo alrededor se aprecia un viejo molendero de madera de pino y sobre el cual hay unos pequeños utensilios de cocina; un chinero, una mesa y una jaula de la que no puede salir un perico de montaña. El mayor deseo de don Modesto es que de sus 16 libras de maíz sembradas pueda cosechar unas siete “cargas de maíz”, como dice él, que deberá acarrear a lomo de mula o con una carreta tirada por bueyes prestados. Esta es la realidad de los hombres y mujeres de tierra adentro. Esta es la pobreza, esa de la que tanto hablan los políticos, los gobiernos y los organismos internacionales. Don Modesto es parte de esos 220 mil campesinos hondureños que no tienen tierra y que no pertenecen a ninguna organización relacionada con el campo. Este año, como todos, ya se lanzaron al campo con mucha esperanza y entusiasmo, aprovechando las primeras aguas que cayeron. Sus milpas ya nacieron y esperan que el Divino Creador no les falle con el agua o no les mande mucha para que sus ansiadas cosechas sean una realidad. Esta es la dura realidad de los trabajadores del campo en Honduras, especialmente los de lugares más apartados. Como no tienen tierra, acostumbran sembrar sobre parcelas prestadas con el compromiso de darle al dueño legítimo los residuos de la milpa, que sirve de pasto a las vacas. En Honduras, según el último Censo Agrario, de cada diez campesinos, seis no tienen tierra. Esto quiere decir que más de 200 mil labriegos no tienen dónde ganarse la vida, contrario a 80 mil que sí tienen, pero lo que poseen es una manzana o un poco menos. Pero aún así, el campesino hondureño siempre sale adelante. No hay lugar de Honduras donde no haya milpas. No importa si la tierra es fértil, de ladera o pedregosa, pero el hombre del campo no deja de sembrar sus matas de maíz, frijoles o maicillo, para cosechar los granos básicos que constituyen su principal dieta alimenticia. En los 112,492 kilómetros cuadrados de territorio hondureño, hay 11.4 millones de hectáreas de las cuales solamente 2.8 millones son aptas para la agricultura. (De éstas, 1.2 millones son valles). Esto quiere decir que un 80 por ciento del territorio es de vocación forestal. Están acaparadas Las mejores tierras de Honduras están acaparadas. En cada departamento es fácil identificar a las familias dueñas desde mil hasta 20 mil manzanas ubicadas en los mejores valles. Y qué decir de las transnacionales que explotan el banano, la Tela Railroad Company y la Standar Fruit Company, que entre las dos poseen más de 100 mil hectáreas desde el siglo pasado, aunque últimamente son manejadas por productores independientes. Pero mientras la mayoría de campesinos no tiene tierras, hay un 22 por ciento (unos 200 mil) que sí tienen porque han tenido la fortuna de agruparse en organizaciones conocidas como “grupos campesinos”, apoyados por centrales reconocidas por el Estado, como la Asociación Nacional de Campesinos de Honduras, (Anach), Central Nacional de Trabajadores del Campo (CNTC) y Unión Nacional de Campesinos, entre otras. Este campesino camina -acompañado de su perro- hacia la milpa, de la que espera sacar algo para mantener a su familia. Los campesinos hondureños enfrentan sus desafíos al inicio de todo invierno, que si no los superan, los dejan desconcertados pero no caídos del todo, porque luego se levantan para seguir adelante. El primer obstáculo es el invierno. Muchos se apresuran a sembrar atraídos por las primeras lluvias, pero luego deja de llover y sus plantas de maíz se quedan amarillentas, tristes. El único que le saca ventaja a esta “producción” es el ganadero o terrateniente, ese que les prestó o alquiló la tierra, quien echa sus animales para que las milpas no desarrolladas no se pierdan del todo. Adolfo Mondragón, un joven labriego del sur, tiene sembradas 15 libras de maíz en la aldea de Comalí, San Marcos de Colón. Cuando saque el producto tiene que abrirle las puertas de su “finca” a las vacas de su patrono. Ese es el compromiso por la tierra que le prestó. “Yo creo que no le voy a fallar”, dice confiado en que el agua de lluvia no va a faltar. En Honduras, del total de tierras aptas para la agricultura, hay unas 400 mil hectáreas susceptibles de riego, pero solamente hay unas 60 mil con ese sistema. Los gobiernos poco se han preocupado por impulsar programas de riego. Otro problema que enfrentan los trabajadores del campo es que muchas veces las plantas no desarrollan o no producen lo necesario porque la semilla utilizada es de mala calidad. Miles de campesinos de tierra adentro ni siquiera conocen los insumos agrícolas. Ellos trabajan “a la mano de Dios”, ese líder espiritual que fija su destino. Ante la falta de insumos, el campesino suele utilizar sus viejas herramientas de trabajo para retirar la maleza de su milpa. En el sur es muy común ver a un labriego caminar con su cuma (machete curvo) en su mano que le sirve para desherbar su milpa. Otro desafío que enfrenta el campesino hondureño es el transporte. Sus siembros, por lo general, están lejos del lugar donde vive, en las montañas, donde no hay vías de acceso en carro. Desde aquí tiene que traer a lomo de mula, de burro, o en todo caso sobre sus hombros, el fruto de su esfuerzo. Los créditos En Honduras, los créditos agrícolas sólo incluyen a los grandes, medianos y pequeños productores que ofrecen garantía de pago. Si no hipoteca su tierra, con escrituras registradas bajo la modalidad de dominio pleno, no tiene acceso a financiamiento. Esto tiene su justificación porque en Honduras hay más de dos millones de predios que no tienen títulos de propiedad. Según el Censo Nacional Agropecuario, solamente el 6.7 por ciento de las explotaciones agrícolas trabajan con créditos y un 7.3 por ciento recibe asistencia técnica. Las condonaciones a los grandes y medianos productores, de las que se han beneficiado políticos de los dos partidos tradicionales, han sido puntos negativos para el desarrollo del agro. Sólo durante el gobierno de Ricardo Maduro fueron condonados unos cuatro mil millones de lempiras. Aún con sus puntos negativos, el agro hondureño se puede desarrollar, toda vez de que haya voluntad política en quienes tienen como responsabilidad dirigir los destinos de la nación. Mientras tanto, don Modesto Salinas seguirá madrugando para afilar su rudimentario machete y trasladarse a ver cómo crece su sembradío, confiando en que la Divina Providencia sea benévolo con él, haciendo llover para tener éxito en el cultivo.

Fuente: Diario El Heraldo, Honduras. Desde Las Cabezas, Choluteca.


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