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Pandilleros entregan sus armas y aceptan rehabilitarse en Guatemala

Agencia ACAN–EFE. Desde ciudad Guatemala. | 16 de Septiembre de 2007 a las 00:00
Un grupo de vecinos de una comunidad indígena ubicada en el noroeste de la capital guatemalteca, "convenció" el domingo a los pandilleros que sembraban el terror en ese lugar, a que entregaran sus armas y se rehabilitaran. "Nos costó mucho trabajo pero lo logramos. Les hablamos (a los pandilleros) y les advertimos que no estábamos dispuestos a tolerar más daño en nuestro pueblo y que ya no queremos más sangre", explicó a Acan-Efe Julio Luna, uno de los líderes del pueblo que organizó a sus vecinos para "ponerle fin a las maras". Luna, un obrero de 35 años de edad, logró en menos de una semana, lo que ninguna institución del Estado ha podido hacer en años: hacer desistir, en forma pacífica, a los integrantes de las temidas "Mara 18" y "Mara Salvatrucha", de la comunidad indígena de Cerro Alto, en la población de San Juan Sacatepéquez, a 35 kilómetro al noroeste de la capital, a que dejen "la vida loca". Todo empezó hace una semana, explicó Luna, "cuando hartos de las maras, los vecinos capturaron a dos pandilleros, los vapulearon y quemaron vivos en la plaza del pueblo". "Eso nos preocupó mucho, porque somos un pueblo pacífico, y no queremos que se llene de sangre. Por eso tomé la iniciativa. Hablé con el maestro del pueblo, y poco a poco se fueron uniendo el resto de vecinos", agregó Luna. A lo largo de la semana, los pobladores de Cerro Alto fueron de casa en casa, a advertir a los integrantes de las pandillas de que "sino entregan sus armas y se rehabilitan, les pasará los mismos que a sus compañeros". Es decir, serán linchados en la plaza del pueblo. "La verdad no creí que de esa forma lo íbamos a lograr, pero sucedió", relató Luna asombrado de ver como hoy, cerca de 300 pandilleros, de entre 15 y 35 años de edad, llegaron a la plaza, y dóciles, entregaron las armas con que cometían sus fechorías y aceptaron de forma voluntaria integrarse a un plan de rehabilitación. "Entregaron armas de todo tipo: desde bombas caceras, hasta pistolas automáticas, escopetas y tolvas de fusiles AK-47", detalló Luna. Agregó que la comunidad quisiera destruir allí mismo las armas, "pero el comisario de la Policía (Nacional Civil), nos ha pedido que las entreguemos al Ministerio Público", explicó. Uno a uno, los pandilleros fueron posando ante una cámara fotográfica que registró sus rostros para ilustrar los carnés que les entregó la comunidad, y que los identifica como "jóvenes en proceso de rehabilitación". Los vecinos no tienen aún planes concretos sobre cómo ayudarán a los muchachos a rehabilitarse, "sólo ideas sueltas", señaló Luna, pero esperan que el gobierno y los medios de comunicación "nos ayuden porque los patojos (muchachos) necesitan una oportunidad". La titánica tarea iniciada por Luna, le ha valido amenazas de muerte de parte de los supuestos líderes de las pandillas, que se han negado a imitar a sus compañeros. "He recibido muchas llamadas a mi celular, en donde me amenazan de muerte. Voy a llevar a mi familia a otro lugar más seguro, pero yo me voy a quedar acá. No voy a desistir de esto porque muchos de los patojos están agradecidos, y hasta han llorado porque esperaban una oportunidad como esta", concluyó Luna. Según cifras de las fuerzas de seguridad, en Guatemala más de 60.000 jóvenes integran las temidas pandillas juveniles, que se dedican a asaltar, extorsionar y asesinar a quienes se oponen a sus fechorías.

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