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Violencia policial e impunidad en Honduras

Tegucigalpa. Agencias. | 16 de Abril de 2016 a las 16:19

El periódico internacional New York Times, sacó una publicación donde destaca información sobre la muerte del zar antidrogas, Arístides González y El asesinato de Alfredo Landaverde

La publicación dice: En julio de 2009, el narcotraficante hondureño Winter Blanco, un tipo gordito, rudo, de pelo rapado, prófugo de la justicia y jefe del Cartel del Atlántico, quiso tumbarle un cargamento de droga a Emilio Fernández Rosa, conocido como “Don H”, que tenía 143 kilos de cocaína en una casa de la Mosquitia, en la costa Caribe de Honduras.

Blanco llamó al General de la policía José Murillo López, orondo y con cara de bonachón, y le propuso un negocio. Si sus agentes conseguían la droga, se la compraría. Después de pedirle autorización al director general de la policía, el General Salomón Escoto Salinas, Murillo López envió a 12 de sus hombres al lugar.

Cumplieron su misión. Pero algo se torció.

La información llegó a manos del zar antidrogas, el General Julián Arístides González, y unos días después encabezó un operativo que terminó con el arresto de los policías y el decomiso de la cocaína.

Cumplir con su deber sería la sentencia de muerte para ese general retirado que Estados Unidos, en un cable enviado desde su Embajada en Tegucigalpa al Departamento de Estado, había calificado de “algo así como la última esperanza” de la lucha contra el narcotráfico en el país.

Los hechos que describe este reportaje han sido extraídos de dos informes de la Inspectoría General de la Policía de Honduras redactados en 2009 y 2011 a los que ha tenido acceso The New York Times y que incluyen testimonios de testigos, descripciones de videos y registros de llamadas telefónicas. Aquí pueden verse parte de los documentos.

Al General Arístides González lo mandaron a matar dos directores generales de la policía de Honduras que dirigieron la institución entre 2010 y 2013, los generales José Luis Muñoz Licona y José Ricardo Ramírez del Cid, que según la investigación de la propia policía, trabajaban para el Cartel del Atlántico junto con más de dos docenas de oficiales de diversos rangos. Recibieron la orden, organizaron el asesinato, lo ejecutaron y lo encubrieron. E hicieron lo mismo con el político de la Democracia Cristiana Alfredo Landaverde, que también había sido titular de la Dirección de Lucha contra el Narcotráfico.

El predecesor de Muñoz Licona y Ramírez del Cid, el Director General de la Policía Salomón Escoto Salinas, supo de sus actividades al punto de prestarles su despacho para coordinar el asesinato del General Arístides González.

Y sus dos sucesores al frente de la policía, los generales Juan Carlos Bonilla y Ramón Sabillón, que había dirigido la inspectoría general de la policía que hizo los informes que explicaban la cadena de responsabilidades en los asesinatos, recibieron y enviaron copias y órdenes de la Secretaría de Seguridad, dirigida entonces por el ministro Pompeyo Bonilla, de los documentos que implicaban a sus compañeros en los asesinatos y los señalaban como miembros del Cartel del Atlántico.

Pero nadie envió una copia al ministerio público para judicializar los casos ni adoptó medidas. Varios de los oficiales implicados siguen en posiciones de mando en la policía o han sido destinados a embajadas. Otros fueron ascendidos por el gobierno del Presidente Juan Orlando Hernández.

Los implicados lo han negado todo.

Además, todo esto sucedió mientras el gobierno de los Estados Unidos contribuía con una media de 15 millones de dólares al año provenientes de los contribuyentes estadounidenses a la institución policial, financiaba un proceso de depuración que terminó en fracaso y colaboraba –sin mucho éxito– con la investigación de los asesinatos desde 2015.

La maldición de la geografía

En 2009, Honduras se había convertido en el principal punto de paso para el tráfico de drogas desde Venezuela y Colombia hasta los Estados Unidos. Las lanchas y avionetas necesitaban detenerse en la costa Caribe hondureña, un lugar con poca vigilancia y casi deshabitado, para trasladar la droga por tierra hasta la frontera con Guatemala, desde donde sigue camino en dirección a México.

Otro cable de 2007 del Departamento de Estado de los Estados Unidos obtenido por The New York Times alertaba de que Honduras se estaba convirtiendo en un “narcoestado” debido a la falta de oficiales, de medios, los múltiples puntos ciegos en las fronteras, la colaboración de los bancos en el lavado de activos y la facilidad con que los políticos aceptan financiación del narco.

El golpe de Estado militar de junio de 2009 que derrocó al Presidente Manuel Zelaya no hizo más que empeorar las cosas. Según un informe de la Oficina de Naciones Unidas para la Prevención del Delito, “tras el golpe de Estado en Honduras, los encargados de aplicar la ley cayeron en el desorden, se desviaron recursos para mantener el orden, y se suspendió la asistencia antidroga de los Estados Unidos”.

De acuerdo con datos del Comando Sur de los Estados Unidos hechos públicos en 2012, por Honduras pasaba entonces el 79 por ciento de la cocaína que llegaba a los Estados Unidos.

 

La situación estaba tan fuera de control que el ministro de Seguridad en 2009, Óscar Álvarez, llegó a decir que los policías actuaban como controladores aéreos del narcotráfico.

Pocos meses después del decomiso de la cocaína que dirigió el General Arístides González en la Mosquitia, el 29 de noviembre de 2009, el director general de la policía, Salomón Escoto Salinas, entregó las llaves de su despacho en el cuartel general de Casamata, en Tegucigalpa, para que se celebrase una reunión que fue grabada y fotografiada por una unidad de inteligencia de la propia policía.

La reunión la dirigieron el director de servicios especiales de la policía, General José Luis Muñoz Licona, que sería el sucesor de Escoto Salinas al frente de la policía meses después (marzo de 2010) y el General Ramírez del Cid, entonces director de inteligencia de policía y que sería a su vez el sucesor de Muñoz Licona en la dirección general (mayo de 2012).

En el encuentro participaron 25 oficiales de todas las escalas de mando. El punto único era planear el asesinato del General Arístides por orden de Blanco, el capo que había ordenado el tumbado de la droga. Organizaron el seguimiento del general mientras dejaba a su hija en la escuela, proporcionaron los vehículos para el operativo, eligieron a los policías que estarían en cada punto de la ruta, a los que estarían en el lugar designado para la ejecución y a los que asesinarían al general.

Entre ellos había policías dados de baja por pertenecer a bandas del crimen organizado con antecedentes por secuestro, asalto a furgones blindados y extorsión a los que se uniformaba de nuevo para esa misión.

Estaban preocupados por el silencio.

“No quiero que alguno de ustedes mismos vaya a hablar papadas porque ya saben lo que les espera, aquí ya nos conocemos todos”, dijo el General Ramírez del Cid. “No hay que perdonar a Arístides, ese si nos agarra nos dobla a todos”, dijo el número dos de la inteligencia policial, Obdulio Sabillón Flores.

Fueron rápidos.

El 7 de diciembre se reunieron en el mismo lugar. El General Muñoz Licona sacó de una bolsa negra los dólares que le habían traído en un maletín desde la aldea de Planes en el departamento de Colón, donde Winter Blanco tenía su base de operaciones y los colocó sobre el escritorio por partes.

La mujer que trajo el dinero, Nancy Yessenia Cano, había sido detenida desembarcando droga de una avioneta en una operación en la que participó la DEA, según el informe de inteligencia de la policía, seguía desempeñando sus funciones. El dinero estaba organizado en bultos. Cada uno sabía lo que le tocaba. Guardaron la parte para los “gatilleros”, 20.000 dólares para tres sicarios, y encargaron a otro policía que se los entregara.

Tras el reparto, los generales Muñoz Licona, Ramírez del Cid y Murillo López llamaron a Blanco y le dijeron: “Esté pendiente de la noticia mañana, mañana haremos todo, esté pendiente, señor”.

Cumplieron su palabra.

Al día siguiente, el 8 de diciembre a las seis de la mañana en el puente de Guanacaste, a pocos minutos del cuartel general de la policía en Tegucigalpa, un subcomisario que había participado en las reuniones anteriores, Javier Leiva Gamoneda, colocó a cuatro agentes de tránsito en un puesto de control. Les dio instrucciones muy específicas. Llegaría una camioneta —de un delincuente, dijo en referencia al General Arístides González– seguida por otras tres y por una motocicleta de la policía con agentes encapuchados. “Ustedes no se metan a problemas, denle luz verde y cualquier cosa no han visto nada”.

Los encapuchados se presentaron en el lugar y les dijeron que “no fueran a reaccionar porque esperaban a alguien pa darle pa abajo y que eran órdenes del director general”, como recoge el informe. A pesar de las capuchas, los cuatro agentes de tránsito sabían con quién estaban lidiando.

Lo que vieron poco después fue cómo desde una moto de la policía acribillaban al general. Y de las tres camionetas de alta cilindrada y sin placas se bajaron hasta 15 oficiales de policía, algunos uniformados y a los que pudieron identificar perfectamente.

Eran los que habían estado en las reuniones previas mencionadas en los informes. No solo miraron: entre otras cosas cambiaron los casquillos de bala utilizados para el asesinato para que no fueran rastreables. Allí estaban el Comisionado Kenneth Obdulio Sabillón Flores, el Subcomisionado Marco Tulio Cruz Aguilar, el Subcomisionado José Edgardo Ayala López, el Subcomisionado Mario René Chamorro Gotay y los comisarios Edilberto Brizuela Reyes, Eymer Moncada Martínez y Leonel Osmin Merlo Canales.

Ante la escena, los testigos optaron por irse. Todos los oficiales de la policía implicados en la organización del crimen regresaron al cuartel general tras comprobar que habían cumplido la misión que se les había encargado.

Pero con lo que no contaban los sicarios era con que los cuatro agentes de tránsito ofrecieron la misma versión de los hechos a los agentes de la Inspectoría General de la Policía que los interrogaron como parte de un protocolo habitual. “Yo no voy a tener problemas por lo que hagan otros compañeros que se dedican a delinquir”, dijo uno de ellos.

La policía de Honduras, cuando quiere, es efectiva. El 29 de diciembre de 2009, tres semanas después del crimen ya había escrito su informe y se lo había entregado al director general, Salomón Escoto Salinas. No pasó nada.

El mismo informe fue recibido dos años más tarde, el 27 de diciembre de 2011, por el Director General Ramírez del Cid. Nada.

Y nuevamente, a finales de 2013, como si se tratara de una tradición, Ramón Sabillón Pineda, ascendido días antes a director general de la policía, se encontró con el informe y lo reenvió a la inspectoría general con una instrucción clara: “Debe continuar con los expedientes investigativos importantes con un servicio de guardia de 24 horas compuesto por un oficial y un policía de la escala básica para evitar que sean extraviados”. Y con una línea de encubrimiento junto a su firma: “No registrar este documento en el libro de control y recepción de documentos”.

Sabillón Pineda, en su orden por escrito, añade información interesante. Junto al expediente de investigación del asesinato del General Arístides González, dice que adjunta varios más: el de Alfredo Landaverde; los de los asesinatos de los “estudiantes universitarios”, el hijo de la rectora de la Universidad Nacional, Julieta Castellanos, asesinado junto a un amigo por un grupo de policías; el del periodista Alfredo Villatoro; el del Juez José Paguagua Mejía, y el del Fiscal Raúl Enríquez Reyes. The New York Times no ha tenido acceso a esos expedientes.

El asesinato de Alfredo Landaverde

Pero The New York Times sí ha tenido acceso al informe realizado por la Inspectoría General de la Policía sobre el asesinato, en 2011, del político de la Democracia Cristiana Alfredo Landaverde, que había ocupado el mismo cargo que el General Arístides González y era uno de sus colaboradores. La misma cúpula policial vuelve a estar implicada en dar la orden, planificar, ejecutar y encubrir su asesinato.

Landaverde acudió a la televisión en noviembre de 2011. Estaba enfadado por lo que veía a su alrededor y decidió hablar, harto de la corrupción dentro de las fuerzas de seguridad.

Había dirigido la lucha contra el narcotráfico y conocía bien su contexto. Explicaba que el país había caído en manos del crimen organizado desde que fue utilizado en la década de los setenta como base de operaciones para las guerras irregulares de La Contra, una guerrilla que luchaba contra el gobierno sandinista en Nicaragua.

A cambio de acceso logístico, sucesivos gobiernos hondureños habían dado facilidades a los narcos para que pudieran llevar la droga de Colombia hasta los Estados Unidos. Esa decisión acabaría sumiendo a Honduras en una espiral de violencia sin fin.

Entre 2009 y 2014 fue el país con más asesinatos per cápita del mundo. Llegó a tener 91 homicidios por cada 100.000 habitantes. Zonas como San Pedro Sula o la Ceiba tenían 150 homicidios por cada 100.000 habitantes. La Organización Mundial de la Salud ha catalogado cualquier cifra que supere los 8 por cada 100.000 habitantes como “epidémica”.


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