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Cardenal de Guatemala: «No somos esclavos del pasado sino personas de futuro»

Zenit.org. Desde Guatemala. | 16 de Diciembre de 2007 a las 00:00
El cardenal arzobispo de Santiago de Guatemala, Rodolfo Quezada Toruño, ante la Navidad, con fecha 8 de diciembre de 2007, ha escrito una carta pastoral para «vivir la Navidad como tiempo de encuentro con Dios y abiertos a la esperanza cristiana». Comienza el cardenal Quezada explicando lo que significa este tiempo litúrgico que «trae consigo siempre un rayo de luz» que «no es sólo el recuerdo de momentos hermosos vividos en familia cuando éramos niños» sino algo más: «es la certeza de que Dios ha visitado a los hombres, asumiendo su propia realidad». Recuerda el cardenal que los textos de las celebraciones de Navidad resaltan su relación con el Misterio Pascual. El tiempo de Navidad es también, indica, «una invitación para la oración y la contemplación del misterio manifestado en el Hijo de Dios hecho hombre». Invita a «vivir la esperanza», citando la segunda encíclica de Benedicto XVI, «Spe salvi». Y recomienda, en este tiempo de Navidad, «leer detenidamente esta encíclica, donde el Papa muestra qué es la esperanza cristiana». Recuerda los cuatro «lugares» de aprendizaje y de ejercicio de la esperanza que ofrece Benedicto XVI: la oración, la acción, el sufrimiento, y el juicio de Dios. El cardenal Quezada aprovecha para agradecer «desde lo más profundo de mi corazón a todos, obispos auxiliares, sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y laicas comprometidos en la tarea de la evangelización, el esfuerzo que realizan en la pastoral arquidiocesana para ser signos de esperanza en las condiciones actuales de nuestra realidad». La reciente elaboración de la Relación Quinquenal de la Arquidiócesis de Santiago, dice el purpurado, le ha permitido hacerse «todavía más consciente de todo el esfuerzo evangelizador y misionero que, sin duda, es sumamente esperanzador». Cita el Documento de Aparecida, «que recoge las inquietudes y propuestas discernidas a la luz del Espíritu Santo en la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en el Brasil, y en particular la gran misión continental» que debe ser, indica, «un compromiso para ser testigos en nuestro país y en toda América, continente de la esperanza». La esperanza cristiana, añade, «debe ser motivo para animar la construcción de una nación en donde cada persona, cada familia, cada comunidad, encuentre las oportunidades para su realización en la dignidad que a todos nos corresponde como hijos de Dios que somos». Recuerda que la toma de posesión de un nuevo gobierno, «legítimamente electo por los guatemaltecos y guatemaltecas», el próximo 14 de enero, al final del tiempo litúrgico de Navidad, es ocasión para «invocar la gracia de la esperanza para nuestra nación». Se congratula por el clima de las elecciones y «el civismo ante las contrariedades y fallos del proceso, la significativa participación de las mujeres, la aceptación de los resultados» que, añade «se convierten para nosotros en un signo esperanzador del espíritu guatemalteco y, para las autoridades electas, en un llamado a la responsabilidad y al compromiso». Y siente la responsabilidad de proponer los que, a su juicio, «son los temas que deben ser tenidos en cuenta para responder a las expectativas populares con un plan de gobierno de la nación». En primer lugar, «los Acuerdos de Paz siguen siendo una referencia importante y necesaria para la identificación de las circunstancias históricas que nos impiden avanzar hacia un futuro más humano y más justo». En segundo, «la pobreza de tantas personas y familias es una situación inadmisible en una sociedad cristiana en la que todos nos sabemos hijos de Dios, con igual dignidad», dice el pastor de la diócesis de Santiago de Guatemala: «Como arzobispo tengo especial preocupación por las miles de personas que pueblan las áreas marginales de nuestra ciudad capital». «Una parte considerable del territorio de la Arquidiócesis --añade-- está habitada por población maya, principalmente cackchiquel; asimismo, la ciudad capital concentra personas procedentes de los diversos pueblos y culturas del país. Es necesario que los políticos escuchen lo que esta población reclama. No se pueden ofrecer recetas para problemas diagnosticados sin contar con ellos mismos. Voces muy claras han hablado para que se impulsen políticas de interculturalidad, inclusión y participación que deben ser atendidas» Denuncia que «la corrupción y la impunidad son los dos grandes males que han corroído la institucionalidad democrática». Y advierte que «todavía estamos a tiempo para sanarla y restaurarla». En este sentido, indica que «el sistema judicial ha de poder actuar de forma independiente del poder ejecutivo y del legislativo» y que «es perentorio que las nuevas autoridades apoyen financieramente el sistema judicial de modo que pueda actuar con libertad y eficacia». También es necesario, según el cardenal, la profesionalización de la Policía Nacional civil que «es un clamor público». «La ciudadanía exige --añade-- que el sistema penitenciario funcione con seguridad a la vez que se respeten los derechos humanos de los internos». Hablando a los creyentes, el cardenal indica que «nuestra fe en el Reino que viene debe darnos impulso, motivaciones y energía para transformar nuestras realidades, de modo que ofrezcamos nuestra colaboración eficaz a Dios en todo lo que está a nuestro alcance y dentro de nuestro poder». «No somos deudores ni esclavos del pasado para lamentarnos de nuestro presente -explica--. La resurrección de Cristo nos ha librado de la servidumbre del pasado. Somos personas de futuro, que encontramos en las promesas de Dios la energía, el vigor, la intrepidez y la valentía para crear un futuro mejor para todos». Y concluye dirigiéndose a sus «hermanos y hermanas: dondequiera que se encuentren», para «que llegue hasta ustedes este mensaje de alegría y de esperanza: Dios se ha hecho hombre en Jesucristo; ha nacido de la Virgen María y renace hoy en la Iglesia. Él es quien lleva a todos el amor del Padre celestial. ¡Él es el Salvador del mundo! No tengamos miedo; abrámosle el corazón y recibámoslo, para que su Reino de amor y de paz se convierta en herencia común de todos».

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