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Cumple un mes erupción de volcán en Guatemala

Ciudad Guatemala. Agencia PL | 3 de Julio de 2018 a las 09:09

Un día familiar y de oraciones se convirtió de pronto en un domingo de cenizas. Era el tres de junio de 2018 y las poblaciones cercanas al volcán de Fuego sintieron como nunca toda la furia ardiente de su vecino.

Las imágenes del coloso en plena erupción, la más potente desde 1974, quedaron como testimonio de la tragedia en los celulares de aquellos que a gritos de ¨salgan, salgan¨ y en plena huida, tuvieron el arrojo de grabar horas de desesperación.

Acostumbrados a los retumbos constantes del cono, algunos decidieron esperar a que se calmara, y la decisión fue fatal. A otros, ni siquiera les llegó el aviso de evacuar, y terminaron sepultados por la avalancha de lava y arena.

Las primeras semanas fueron para Guatemala de gran dolor y luto, pero también de solidaridad a raudales tanto de los connacionales como de la comunidad internacional.

Era casi imposible creer que las fotos mostradas de pueblos fantasmagóricos y familias enteras calcinadas correspondían a lugares donde antes había un verde intenso y la vida bullía, a pesar de la pobreza.

San Miguel Los Lotes y El Rodeo entraron de un plumazo a la historia no por ser ejemplos de la desatención del gobierno y su inexistente planificación habitacional, sino por quedar completamente borrados del entorno, recién declarado inhabitable.

Las casas, la escuela, los animales, los cultivos de café, los de piña, todo quedó enterrado bajo tres metros de sedimentos, contaban los pocos sobrevivientes de esas colonias, quienes daban gracias a Dios por el milagro, aunque continuaban buscando desesperadamente a sus muertos o desaparecidos.

Una imagen satelital divulgada por esos días mostró con toda crudeza la devastación causada en Escuintla, Sacatepéquez y Chimaltenango, los más golpeados por el cono que adorna el paisaje de esos departamentos.

Tampoco es imposible olvidar las escenas cotidianas de heroísmo que protagonizaron los rescatistas muchas veces sin tener los recursos adecuados y en medio de la constante actividad volcánica.

Entraban a las casas por los tejados, porque las puertas y ventanas estaban tapadas por ceniza, y seguían sacando cuerpos calcinados que solo eran huesos, pues al tratar de trasladarlos, se descomponían en pedazos.

Sus caras llenas de ceniza y los cuerpos marcadas por el cansancio cobraban mayor ímpetu cuando encontraban a niños con vida después de cuatro o cinco días de la tragedia, historias que quedaron impresas en las páginas de diarios nacionales e internacionales como ejemplo de voluntad a toda prueba.

Cada momento de búsqueda era una lucha contra el tiempo y la esperanza, que se perdió totalmente dos semanas después, cuando los peligros del terreno obligaron a detener las labores.

Más de 100 muertos, casi 200 desaparecidos y 1,7 millones de afectados es el saldo oficial de la catástrofe natural, aunque las cifras reales puede que jamás lleguen a conocerse.

A un mes del fatídico suceso, el Gobierno prorrogó por 30 días más el estado de calamidad pública y se comprometió a crear albergues temporales y viviendas dignas para los damnificados.

Más de tres mil personas permanecen en centros de evacuación habilitados en Escuintla, Sacatepéquez y Suchitepéquez en espera de tener condiciones mínimas para intentar rehacer sus vidas y trabajos.


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