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Manolo Morales, un titán de la lucha antisomocista

10 Agosto 2020
Manolo Morales, un titán de la lucha antisomocista

En la fotografía, de izquierda a derecha, los dos primeros son los héroes sandinistas Julián Roque Cuadra y David Tejada Peralta, después los hermanos Danilo y Sergio Aguirre Solís, el doctor Manolo Morales Peralta y manifestantes el 22 de enero de 1967.

El Nuevo Diario, 18 de agosto de 2005

– Tenga calma, señora, su esposo ha sufrido un infarto, pero lo mejor es que mantenga la calma. ¡Hágase de este lado!

– ¿Pero no ve, doctor, que se está muriendo? ¡Atiéndalo, por favor!

– Lo que pasa, señora, escuche...

– ¡No lo deje morir!

– Lo que pasa es que yo no atiendo estos casos, yo sólo atiendo partos.

– Pero lo tiene que atender, doctor, se lo ruego.

– Acompáñeme para que llene los requisitos y lo podamos trasladar al Vélez Paiz’".

– Se lo ruego, doctor, mi esposo se está muriendo, mire cómo se agarra el pecho, es su corazón… ¡Se está muriendo! ¡Enfermera, atiéndalo, enfermera..!

A las cuatro y treinta minutos de la mañana del 10 de agosto de 1975, justo en la entrada del entonces Hospital Oriental, el doctor Manolo Morales Peralta sucumbía ante un tercer y mortal infarto al corazón.

De haber sido atendido minutos antes, quizás habría sobrevivido. Pero en los tres hospitales a los que había llegado de emergencia, acompañado de su esposa y su cuñada, la infame burocracia y el ser reconocido como un férreo defensor de los derechos laborales y la justicia social, ayudaron a arrebatarle la vida.

Un "gordo bueno"

Manuel José Morales Peralta nació en casa de sus abuelos, en el barrio San Sebastián de Managua, el 17 de diciembre de 1939. Sus padres, Dionisio Morales Cruz y Salvadora Peralta, decidieron trasladarlo a Juigalpa, Chontales, de donde eran originarios. Pero cuando él tenía siete años, regresaron con él a la capital.

Desde jovencito fue muy obeso, y sus movimientos al hablar y caminar eran mansos y reposados. El "gordo bueno" le llamarían sus amigos años después.

En el Instituto Pedagógico de Managua cursó su primaria y la secundaria. Se destacó como Presidente de la Academia Literaria de ese centro de estudios, lo que le permitió estar muy vinculado con los círculos intelectuales del país. En esos años ya eran evidentes en él los atisbos de una inteligencia aguda y el carácter severo y correcto que le distinguirían luego como dirigente estudiantil.

En 1958, un año después de bachillerarse, ingresó a la carrera de Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, en León. Este ingreso a la casa de estudios no pudo ser más oportuno.

La UNAN de León atravesaba entonces una transformación ideológica hacia una apertura más humanista, infundida por el doctor Mariano Fiallos Gil, quien fungía como Rector desde 1957. Basta con señalar que el lema en latín de la universidad, Sic itur ad astra (Esto es la manera a las estrellas) se había cambiado por: "A la libertad por la Universidad"

Su lucha contra los Somoza

El ex ministro de Justicia y también ex embajador en Moscú durante el Gobierno sandinista, Ernesto "Tito" Castillo, conoció a Manolo Morales en sus días de estudiante, y aún mantiene vivo el testimonio de su lucha contra la dictadura.

"Cuando Somoza no asesinaba, mandaba a la cárcel a cualquiera por el delito de "subvertir el orden"; allí ibas a ver siempre a Manolo Morales, defendiéndolos en los tribunales", narra "Tito".

En una ciudad como León, celosa de sus costumbres y conservadora hasta el extremo, conseguir una pieza para dormir resultaba bastante difícil.

"Por eso siempre estábamos cambiando de domicilio, y fue en una de esas que me tocó compartir aposento con Manolo Morales y con el poeta Octavio Robleto", recuerda. Con el tiempo, los tres se hicieron amigos.

Ahogados en el sopor etílico de las cantinas leonesas, Manolo y "Tito" Castillo intentaban descifrar los versos de Baudelaire, Rimbaud, Catulo y Alfonso Cortés, que el poeta chontaleño les recitaba como una lección de vida para enfrentar con dignidad los amores difíciles. Mientras, los anillos de bachillerato en manos de la usurera de la cantina, garantizaban la camaradería entre los muchachos y el dueño del local.

En las comiderías, sin embargo, el trato era distinto. Mientras "Tito", Octavio y otros compañeros tenían que rogar por una tajada extra de maduro frito, a Manolo Morales (de casi 300 libras de peso), las meseras siempre le servían un tazón de sopa y una docena de tortillas para que se mantuviera saludable. "Secretos de alcobas que solo él conocía", comenta "Tito".

Un conspirador nato

El poeta Luis Rocha también recuerda al gordo Morales paseándose por los pasillos de la UNAN-León. "Fue en toda su vida un conspirador nato, estuvo metido en todo lo que estuviera en contra de la dictadura de Somoza", señala.

El 23 de julio de 1959, las calles de León, aún impregnadas por el ambiente festivo y alegre por el desfile de "los pelones" (que los estudiantes organizaban como bienvenida a los alumnos de primer ingreso), se convertirían el escenario de la terrible e histórica masacre que determinaría en la comunidad estudiantil, la posición de lucha contra la dinastía sangrienta.

Al final de la tarde, un pelotón de guardias que apareció en la esquina oeste del Club Social de León, lanzó bombas lacrimógenas a los muchachos que, enardecidos por la captura de varios de ellos, clamaban en las calles por una patria libre y democrática. Ante las bombas, los jóvenes buscaron refugios donde protegerse, y fue en ese momento, al darle la espalda al cuerpo represivo, cuando empezó la masacre.

Sergio Saldaña, Mauricio Martínez, Erick Ramírez y José Rubí, murieron acribillados por la guardia. Otros 45 estudiantes resultaron gravemente heridos.

Con el coraje y la integridad que siempre le caracterizó, Manolo Morales, uno de los dirigentes de la marcha, emprendió una huelga de hambre, alimentándose únicamente de tajadas de limones tiernos y agua, para que los estudiantes somocistas fueran expulsados del recinto.

Tras obtener sus títulos de Abogado y Notario Público, Manolo Morales y "Tito" Castillo compartirían las aulas de otra universidad, pero esta vez como docentes en la Facultad de Derecho de la Universidad Centroamericana.

"Cuando el cansancio lo agotaba y se dormía en una silla, no faltaba quien le buscara un rinconcito donde pudiera descansar, procurando sí, que sus ronquidos no interrumpieran las interminables programaciones de jornadas de trabajo y protestas; sin embargo, el mejor ejemplo que tenían los maestros era ver al día siguiente al inmenso Manolo, como si nada, en las manifestaciones en las calles de Managua desafiando a la guardia somocista", relata "Tito".

Con los trabajadores de la salud

Pero el doctor Manolo Morales no sólo apoyó las luchas estudiantiles. Edgar Chávez, enfermero, recuerda con nostalgia las enseñanzas de coraje y valentía que el doctor Morales les infundió durante la lucha contra el dictador Anastasio Somoza Debayle. "Sólo nos pedía unidad y repetía sin cesar: «¡Somoza no nos va a vencer!», y por eso todavía los trabajadores de la salud seguimos dando «guerra»", señala.

Chávez conoció al doctor Manolo Morales en 1974, durante un paro que los trabajadores del Hospital "Fernando Vélez Paiz" efectuaron para exigir mejoras laborales. Recién firmado un acuerdo entre los empleados del hospital (asesorados por dirigentes de la Central de Trabajadores de Nicaragua) y Navarro Richardson, delegado de Somoza, los empleados fueron obligados a reintegrarse a sus puestos de trabajo, a las cinco de la tarde ese mismo día. "De lo contrario íbamos a ser despedidos", manifiesta Chávez.

"El doctor Manolo Morales llegó a la mesa de discusión a eso de las cinco de la tarde, y después de leer el acuerdo nos dijo lo que nunca olvidar: «Aquí no hay una mala intención, sino mala interpretación»".

Un aumento salarial y el cese de cobro del "impuesto por terremoto", fueron dos importantes logros para los trabajadores del hospital, gracias al asesoramiento de Manolo Morales. "Nos decía que nosotros no creamos el terremoto para pagarlo", recuerda Chávez.

"Fueron muchas veces las que la Guardia somocista nos reprimió. Nos sacó a penca de los hospitales. En una ocasión lo quisieron hacer con él. Pero les respondió: "Si me quieren sacar, sáquenme chineado. Como era muy pesado, ahí lo dejaron", recuerda doña María Díaz, enfermera jubilada.

Recuerdos de doña María

Ella rememora que la dictadura inventó cursos rápidos de seis meses de enfermería para desplazarlos por gente nueva. Cuenta también que en una ocasión llegaron hasta Ocotal miembros de la Oficina de Seguridad Somocista. "Querían ver nuestros movimientos para saber si el Frente nos asesoraba, pero nuestro movimiento no fue político, sino por nuestros derechos laborales", relata doña María.

Cada vez que el movimiento sindical de la salud ganaba una pelea contra Somoza, los trabajadores festejaban con recolectas e invitaban a comer al doctor Manolo Morales. Según cuenta, él siempre bailaba la canción Balada para un gordo, que el dúo argentino Juan y Juan popularizó en 1970 y que en su estribillo decía: "La pinta es lo de menos, vos sos un gordo bueno".

El 9 de agosto de 1975, Manolo Morales estaba terminando de organizar el sindicato de trabajadores de la Salud de Ocotal. Carlos García Caracas, un viejo amigo y compañero de lucha contra el régimen, recuerda apesadumbrado las horas aciagas que precedieron a su muerte.

"Él estaba platicando con gente del sindicato cuando lo aprehendieron guardias somocistas; su esposa y mi muy querida amiga, Yolanda Estela García, me dijo: ‘Hablé con Pedro Joaquín (Chamorro) para que vayamos por la mañana a verlo a Ocotal’".

Pero el viaje no fue necesario. Horas más tarde, Manolo Morales fue liberado y condujo de regreso hasta Managua durante toda la noche.

"Llegó noche a su casa –continúa don Carlos García–, se bañó y se fue con doña Yolanda para la Feria del Niño, porque ellos gustaban de colaborar en cualquier causa".

El infarto

La pareja regresó a casa cerca de las dos de la mañana. Ambos se disponían a dormir después de una larga jornada, cuando el doctor Manolo Morales empezó a sentir un agudo dolor en la espalda, justo sobre la faja.

Esa madrugada, acompañado de su esposa y de su cuñada Isaura, Manolo Morales llegó hasta el Centro de Cardiología ubicado en el Reparto Linda Vista, pero no había médico que lo pudiera atender. Isaura, detrás del volante, trataba de no perder el control del Toyota Crown, por la velocidad con que se dirigían hasta el Hospital "Fernando Vélez Paiz".

"Aquí no atendemos varones", contestó el portero del hospital, impasible ante la dramática escena de la muerte. El cuadro era absurdo e indignante, pero Manolo Morales tuvo que ser llevado de emergencia a otro hospital.

La respuesta del doctor, quien tuvo en sus manos al defensor de los derechos por la dignidad laboral, fue que él sólo atendía partos, y que lo mejor era trasladarlo hasta el Hospital Oriental. Para llevarlo en ambulancia era necesario llenar "ciertos requisitos".

A las 4:30 de la mañana, momentos antes de llegar al Hospital Oriental, el doctor Manolo Morales sucumbió por un fulminante tercer ataque cardíaco. Los masajes y golpes en el pecho, y la atención clínica que recibió para lograr una reacción, resultaron vanos. Manolo Morales tenía apenas 35 años.

Horas más tarde, miles de managuas desbordarían las calles para bailarle y pagar promesas a "Minguito" en su regreso a Las Sierritas de Managua. Era 10 de agosto de 1975.

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